El barco

Desde la isla del reino de Vicoranmar se avistó en el horizonte un barco de bandera extranjera que parecía no pertenecer a ningún país conocido. Desde el faro, el vigilante, avisó al general del reino para que diera la orden de que una tropa de marineros saliera a abordar al navío extranjero antes de que éstos llegaran a la costa.

Cuando el barco de defensa alcanzó su destino, observaron asustados, que lo que había en la cubierta eran piratas de aspecto consumido; algunos con manchas oscuras por toda la piel y otros tantos muertos.

—¿¡Quién vive!? —gritó enardecido un viejo pirata cuya voz ronca y jadeante espantó al marinero más joven de la tripulación.

—Las preguntas las hacemos nosotros, estáis en aguas gubernamentales del reino de Vicoranmar. ¿Qué os pasa? ¿Por qué tantos muertos?

—Atrapamos a una sirena. El capitán, que es más malo que el diablo, me obligó a convertirla en un exquisito bocado. Yo no quería acabar con la vida de aquella hermosura; así que el jefe le disparó y finalmente, la guisé. —miró hacia abajo con la cara compungida. 

Esta vez se acercó al pirata, el almirante de la tripulación de Vicoranmar.

—¿Todos comisteis a la sirena?

—Con toda la vergüenza por la atrocidad que hemos cometido debo de reconocer, que hasta yo la degusté. Su cola era una mezcla de sabores: atún del más jugoso y pez espada de la textura más fina, y no solo eso, su vientre sabía a la mejor carne que se pueda soñar saborear. Llevábamos muchos días sin víveres y ya abrigábamos la idea de comernos los unos a los otros.

—Según lo que veo la sirena debía de tener una toxina venenosa en su sangre.

—¡No! Estamos muriendo de algo parecido a una neumonía. No es veneno, debe ser algo infeccioso. Queríamos ir a vuestra isla para que, los que quedamos en el barco, podamos sobrevivir con el cuidado de vuestros médicos.

Almirante y marineros se miraron sin saber qué decisión tomar: por un lado, era de falta de humanidad dejar a los diez hombres morir, pero por otro, si llegaban a tierra con una enfermedad desconocida estaban poniendo en peligro al millón de personas que vivían en el reino.

En Vicoranmar había una cueva dónde habitaba un dragón.  Era como deben ser los dragones: verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. Sin embargo, no era un dragón que se dedicara a sembrar el terror, si no que tenía como ocupación ser científico. 

El dragón, con su fuego esterilizaba sus materiales: probetas y buretas. Tenía un potente microscopio de barrido y una campana de flujo laminar para hacer cultivos celulares y para ensayar drogas contra el cáncer.

Sonó el teléfono de la cueva… Era el almirante Hawkins hablándole exaltado. Solo había escuchado: piratas, neumonía y muertos.  El dragón gritó enojado exhalando una llamarada de fuego que iluminó hasta el último recoveco de la cueva.

—¡¡¡No entiendo nada!!! Como no se explique mejor, no puedo ayudar.

Entonces, el almirante, le contó al dragón verde esmeralda todo lo que ocurría en el barco.

—¿Era entonces una sirena?

—Sí, eso fue lo que les ha enfermado.

—No les dejéis entrar a la isla; si entran todos los habitantes morirán. Tengo la solución, pero debo de investigar.

Aquella noche en alta mar, se desató la tormenta perfecta: olas como rascacielos que penetraban en ambos navíos, corrientes que parecían querer succionar hasta el abisal a los barcos, cielos lechosos por la iluminación producida por los relámpagos y estruendo ensordecedor.

Mientras tanto, el dragón-biólogo estudiaba antiguos legajos sobre las enfermedades de las sirenas. Los compró en un mercado de Grecia; acusándole en su día, los políticos de la isla, de haber invertido el dinero del estado en absurdas leyendas. Sin embargo, él era un dragón verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. ¿No debería él también ser una leyenda?

 Al día siguiente, aún estaban los barcos sobre la mar.  Los marineros estaban exhaustos de achicar agua y luchar por mantener ambos navíos a flote. El almirante había comenzado a sentirse enfermo y su pañuelo estaba húmedo y encarnado por la sangre procedente de sus pulmones.

El cielo seguía plomizo, aunque la tormenta hubiese amainado. Un grumete subido al palo mayor, gritó:

—¡Ahí está el dragón!

El dragón venía cargado de cajas.

—Estuve estudiando sobre las enfermedades de las sirenas y descubrí que los dragones tenemos un virus bacteriófago que puede acabar con las infecciones bacterianas de los pulmones de las sirenas. Por mor del destino, hace tiempo, lo aislé y lo guardé en mi colección del laboratorio.
Solo he tenido que cultivar al virus bacteriófago de dragón en bacterias pulmonares que atacan a los humanos:  son bacterias similares a las que enferman a las sirenas; puesto que los pulmones de humanos y sirenas son órganos homólogos.

—¿Cuál es la solución? —inquirió el joven marinero sin comprender casi nada de lo dicho por el dragón.

—La solución es infectaros con el bacteriófago de dragón y que éste haga su trabajo. No podéis llegar a tierra hasta asegurarnos de que estéis sanos. He traído conmigo un alimento especial que hacemos los dragones cuando las personas están muy debilitadas. Te aseguro que todos, tanto marineros como piratas, vais a sobrevivir.

El dragón ,después de haber infectado a ambas tripulaciones con el virus, comenzó con sus anchos brazos llenos de escamas de dinosaurio a repartir el batido hiperproteico  vitaminado que él mismo había confeccionado durante toda aquella noche de tormenta.

Un arco iris se dibujó ante la salida de un sol abrumador…
El dragón verde esmeralda había conseguido el antídoto para la enfermedad, pero nada de esto hubiera sucedido, si el Rey de Vicoranmar, se hubiera decidido por mandar a algún valiente soldado a matar al dragón en lugar de darle sustento, asignación estatal y una cueva adaptada en un magnífico laboratorio para trabajar.

Apostando por la Ciencia, el buen Rey, salvó no solo a sus súbditos si no a la humanidad : gracias a no escuchar a las alimañas que acusaban al dragón de haber comprado “dispendiosos” legajos sobre biología y anatomía de sirenas en un perdido mercado de Miconos.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

Este relato fue inspirado en mi imaginación a partir de un juego de dados para escribir cuentos. Con gusto os muestro la foto de los dados que dieron como resultado esta historia.

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Dados para contar cuentos que usé para crear la historia de "EL BARCO"
Orden de los dados seguido escrupulosamente

4 comentarios en “El barco

  1. Qué interesante historia. Me encanta cómo, a partir de los dados, has creado la historia con todo lujo de detalles y de paso, reflejas tu amor y conocimiento sobre la ciencia ❤️👏👏👏

    • Muchas gracias, Lupe. Los dados me lo ponían complicado, pero he logrado sacar una historia. No solo es mostrar conocimiento sobre Ciencia si no que lo he pensado también como un relato-denuncia.

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