Perdido en la nieve

El frío quemó sus manos. Un saco enorme lo había envuelto durante horas, hasta que sintió cómo su cuerpo caía a plomo en la blandura de la nieve. A duras penas arrastraba sus piernas dolorosas y pesadas por la falta de circulación; sus pies le hormigueaban. Los frotó para que recuperaran el movimiento. A su alrededor, la prístina blancura: ni una pisada, ni un camino al que seguir, ni una señal que le dijera en qué pueblo se hallaba.

El aliento hacía escarcha alrededor de sus labios. Se levantó, cerrándose como pudo las escasas ropas que le dejaron. Si no se movía, la muerte era segura.

Vislumbró en el horizonte un jinete vestido de blanco, sobre un caballo blanco a todo galope. Movió sus manos para llamar su atención, pero tuvo que apartarse de su camino para evitar que lo arroyara. El sol comenzaba a emerger de entre las montañas. Colocó la mano sobre su estómago que increpaba hiriente que estaba vacío; se preguntó qué podría comer: allí no se distinguía ni una rata.

La espesura no terminaba nunca: la nieve enfriaba su cabello fino; sus pisadas se habían desdibujado cuando miró hacia atrás. Habían transcurrido horas desde que logró librarse del saco en el que había estado encerrado. Ahora venía a todo galope otro jinete todo de rojo y esta vez él gritó y alzó más las manos pidiendo ayuda, pero pasó como una exhalación al igual que el anterior; sin siquiera mirarlo. En realidad, no sabía si tenía cara.

El sol hirió sus ojos.

— Debe de ser mediodía. — se dijo con voz trémula.

Encontró una piña y sacó afanoso sus piñones. Era lo primero que se llevaba a la boca después de casi un día sin comer. Una auténtica ignominia para él que estaba acostumbrado a tener una cocinera que le preparaba opulentos guisos. ¡Nunca había sentido aquella necesidad!

Un jinete de negro, a lomos de un corcel de azabache, relinchaba salvaje galopando hacia él. El manto oscuro de la noche cayó sobre el paisaje nevado. Y por fin vio una especie de choza. Si llegaba hasta allí, estaba salvado.

La choza era muy extraña: construida sobre unas patas enormes de gallina, con unas paredes conformadas por fémures y calaveras de cuencas encendidas que miraban sin mirar con fijeza. El pánico le cubrió de sudor el rostro, a pesar del viento helado que silbante, parecía una persona que le advertía del ocupante de aquella morada.

— ¡¿Quién vive?! — escuchó la voz temblorosa, pero terrible de una vieja iracunda.

— Estoy perdido, señora. Vengo a pedir ayuda. Si no me deja entrar, moriré.

— Siempre he sido hospitalaria, pero estar en mi casa no es gratis.

Entonces, él se sonrió. Si era cuestión de dinero, no habría problema. Llevaba encima cierta cantidad de oro.

Baba-Yaga era el nombre de la bruja que vivía en mitad de aquel bosque negro y espeso. Nadie sabía cuántos años tenía, pero de seguro que era más que centenaria porque sería inmortal, como los cuentos.

La bruja tenía fama de comer hombres, a pesar de su cuerpo enjuto, se daba verdaderos festines de carne. Cuando no podía comer carne humana lo hacía de todo tipo de animales: ciervos, zorros, liebres, jabalíes y aves que eran cazadas por tres pares de manos: sus descarnados sirvientes. Leyéndole la mente supo que aquel hombre de tez pálida y cérea, lo que quería era pagarle con unas monedas.

— ¡No, señor! — gritó con mirada furibunda. ¡El dinero no significa nada para mí! Quiero que me hagas unos trabajitos y si no los haces, te comeré sin ningún tipo de remordimiento. — los dientes de bruja se entreabrieron macilentos; con la lengua hecha agua de imaginar el sabor de aquél forastero.

— Señora, no soy yo muy bueno haciendo trabajos. Aunque si hay que matar a alguien, no tendré problema de conciencia. Con eso le pagaré para comer algo y pasar la noche.

Las manos sirvientes sacaron del horno gran cantidad y variedad de carnes con sus respectivas guarniciones. Él ya se veía saciando su hambre, pero la bruja se puso toda la bandeja por delante. Mientras la veía comer, ella comenzó a indicarle lo que debía de hacer:

Quiero que barras la casa, limpies el establo y el trigo de impurezas; además me prepararás la comida. Ahora puedes comer lo que queda de mi cena.

La bruja le había dejado dos muslos de pollo esmirriados y un poco de menestra.

Cuando ella se acostó y se puso a roncar, el forastero no sabía por dónde empezar. Si la vieja encontraba las cosas sin hacer, se lo iba a comer. No podría dormir en toda la noche para hacer las tareas encomendadas. Se puso a limpiar el establo, llenándose las manos de mierda. Se cayó al suelo agotado, pero empezó a clarear el día y se acordó del trigo y de la comida.

Cuando terminaba con los últimos granos, Baba-Yaga llegaba subida en un enorme mortero. Se abrió la cancela y el viento sopló anunciando que la bruja avanzaba arrastrando todo a su paso.

— ¡Huelo a derrota! — se dijo mientras se relamía.

No había empezado a poner el pollo, el pato, el venado en el horno cuando supo que tras de sí tenía ya la nariz azulada de la bruja.

— ¡Vladímir! ¿ A que es así como te llamas?

— Pero, ¿¡cómo!? — le miró sorprendido.

— ¿Crees que no tengo televisión? No podría vivir por tantos años sin un entretenimiento; aparte de comer a las personas que el propio diablo me manda. Te crees el zar de Rusia y no llegas ni a porquerizo. Porque tú eres un pobre diablo que acabarás pronto en mi panza.

Vladímir se arrodilló suplicante. Con las manos entrelazadas pedía piedad. Le prometió todo el oro de Moscú, bellos vestidos, incluso le dijo que cogería a los más fornidos hombres de su ejército para que ella hiciera con ellos lo que gustara.

— El trato era que hicieras los trabajos. No implores piedad ni invoques a Dios. Yo sé que matas familias y que has mandado a tu ejército bombardear hospitales. Si te como libraré al mundo de un monstruo peor que yo. Soy malvada, pero tengo sentido de la justicia y la decisión está tomada.

Baba-Yaga se le abalanzó. Sus dientes se clavaron en la yugular como si fuera un leona atacando a una gacela. Su sangre fluía con fuerza rítmica.

Las tres pares de manos estuvieron un rato esperando a que lo desangrara para tomar su cuerpo y meterlo en el horno infernal.

FIN

Victoria Eugenia Muñoz Solano© Todos los derechos reservados.

Este cuento está basado en el cuento popular ruso, Basilisa la bella en dónde la bruja Baba-Yaga es uno de los personajes protagonistas.

Si te ha gustado este cuento, te animo a que me dejes algún comentario para animarme a seguir escribiendo. Muchas gracias, querido lector, por tu tiempo.

Perdida en la selva (parte I)

Daya era una pequeña elefantita que desde que comenzó a existir nunca se había separado de su madre. Sus ojos eran negros como el azabache, parecían hechos de ónice. Su piel, a pesar de ser muy joven, ya era arrugada y áspera; aunque al tiempo, tan tierna como su inocencia.

La elefantita, Daya junto a su madre.

Denali era la madre de Daya y la matriarca de un clan de elefantes que habitaban en un valle del norte de la India, en el estado de Uttarakhand.  Sus vidas transcurrían con calma: rodeados de una gran espesura vegetal que consistía en una cobertura de pastos, arboledas y matorrales. 

Los días pasaban con sosiego entre el deambular, el degustar de las más frescas ramas, y el descansar, tras relajantes baños de barro.

Estaba de conversación la elefanta Denali con su hermana Puya; hablaban sobre un grupo de hombres que habían amanecido en el valle y que hacían imposibles posturas manteniendo el equilibrio, mientras el sol surgía en el horizonte. 

En ese momento, Daya, escuchando a su tía embelesada e imaginando cómo eran esos hombres, dio un resbalón y cayó al río; se trataba del río Ramganga, afluente del Ganges; el cual estaba más caudaloso que nunca. Sus aguas arrastraron con fuerza a la pequeña que no podía ni barritar del pánico que estaba sintiendo.

Denali bajó la cabeza porque dejó de notar a Daya entre sus patas. La subió con rapidez y vio a su cría en el río agitando la trompa de un lado a otro; haciendo lo posible para mantenerse a flote.  Pasó de la tranquilidad a la angustia suprema y empezó a correr con todas sus fuerzas, a la vez que de su garganta emergía un grito de auxilio.

—¡Daya, Dayaaa! — estiraba la trompa para que Daya se asiera a ella.

—¡No puedo, mamá! —la elefantita aún no manejaba su apéndice nasal como para poder aferrarse con fuerza al de su madre.

El agua la llevaba con demasiada rapidez y los metros que la distanciaban de Denali, se convirtieron pronto en kilómetros. La elefantita miraba para todos lados. Tratando de encontrar a alguno de sus congéneres que pudiese socorrerla, pero solo veía pradera y algunos árboles salpicando el paisaje; aquello ya no era el valle en el que nació.

La pequeña pensó que ya no sobreviviría y que jamás volvería a ver a su madre. De repente quedó varada en unas rocas y una silueta desconocida para ella, se recortó en el ocaso.

Bajaba la cabeza y tomaba con parsimonia agua del río. Era fuerte, potente, elegante y rayado. Daya nunca había visto a nadie tan especial y majestuoso. Aquel ser debía de ser suave y sus ojos eran tan bellos como enigmáticos.

—Hola… señor. —dijo, Daya tímidamente. —Me gustaría saber si me puede decir dónde queda el valle.

—¿¡Quién eres tú!? —bramó. —¿Acaso no me tienes miedo?

—¿Debo de tenerlo? Yo solo veo al ser más hermoso que he visto en mi vida.

—Soy un tigre y deberías temerme. Los tigres comemos carne.

—¿Carne? ¿Qué tipo de árbol se llama carne?

—Carne es cualquier animal indefenso que pueda cazar; sobre todo si se trata de una cría despistada como tú.

—Es verdad que ando perdida, pero no creo que le guste mi carne porque es demasiado áspera. Por favor, no me coma y ayúdeme a volver con mi madre.

Daya acarició con su trompa el suave lomo del tigre de Bengala; éste se arqueó de placer como si fuese un gatito.

—Está bien, está bien. —respondió casi ronroneando. — Subiremos el río. En algún lugar, río arriba, estará tu familia.

El tigre miró aquellos inocentes ojos de azabache, duros como el cristal, y frotó su cabeza contra la cabeza de la pequeña elefanta. Daya, barritó de la emoción y se tumbó a dormir junto al tigre resguardada por el manto estrellado de la noche.

CONTINUARÁ…

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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El barco

Desde la isla del reino de Vicoranmar se avistó en el horizonte un barco de bandera extranjera que parecía no pertenecer a ningún país conocido. Desde el faro, el vigilante, avisó al general del reino para que diera la orden de que una tropa de marineros saliera a abordar al navío extranjero antes de que éstos llegaran a la costa.

Cuando el barco de defensa alcanzó su destino, observaron asustados, que lo que había en la cubierta eran piratas de aspecto consumido; algunos con manchas oscuras por toda la piel y otros tantos muertos.

—¿¡Quién vive!? —gritó enardecido un viejo pirata cuya voz ronca y jadeante espantó al marinero más joven de la tripulación.

—Las preguntas las hacemos nosotros, estáis en aguas gubernamentales del reino de Vicoranmar. ¿Qué os pasa? ¿Por qué tantos muertos?

—Atrapamos a una sirena. El capitán, que es más malo que el diablo, me obligó a convertirla en un exquisito bocado. Yo no quería acabar con la vida de aquella hermosura; así que el jefe le disparó y finalmente, la guisé. —miró hacia abajo con la cara compungida. 

Esta vez se acercó al pirata, el almirante de la tripulación de Vicoranmar.

—¿Todos comisteis a la sirena?

—Con toda la vergüenza por la atrocidad que hemos cometido debo de reconocer, que hasta yo la degusté. Su cola era una mezcla de sabores: atún del más jugoso y pez espada de la textura más fina, y no solo eso, su vientre sabía a la mejor carne que se pueda soñar saborear. Llevábamos muchos días sin víveres y ya abrigábamos la idea de comernos los unos a los otros.

—Según lo que veo la sirena debía de tener una toxina venenosa en su sangre.

—¡No! Estamos muriendo de algo parecido a una neumonía. No es veneno, debe ser algo infeccioso. Queríamos ir a vuestra isla para que, los que quedamos en el barco, podamos sobrevivir con el cuidado de vuestros médicos.

Almirante y marineros se miraron sin saber qué decisión tomar: por un lado, era de falta de humanidad dejar a los diez hombres morir, pero por otro, si llegaban a tierra con una enfermedad desconocida estaban poniendo en peligro al millón de personas que vivían en el reino.

En Vicoranmar había una cueva dónde habitaba un dragón.  Era como deben ser los dragones: verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. Sin embargo, no era un dragón que se dedicara a sembrar el terror, si no que tenía como ocupación ser científico. 

El dragón, con su fuego esterilizaba sus materiales: probetas y buretas. Tenía un potente microscopio de barrido y una campana de flujo laminar para hacer cultivos celulares y para ensayar drogas contra el cáncer.

Sonó el teléfono de la cueva… Era el almirante Hawkins hablándole exaltado. Solo había escuchado: piratas, neumonía y muertos.  El dragón gritó enojado exhalando una llamarada de fuego que iluminó hasta el último recoveco de la cueva.

—¡¡¡No entiendo nada!!! Como no se explique mejor, no puedo ayudar.

Entonces, el almirante, le contó al dragón verde esmeralda todo lo que ocurría en el barco.

—¿Era entonces una sirena?

—Sí, eso fue lo que les ha enfermado.

—No les dejéis entrar a la isla; si entran todos los habitantes morirán. Tengo la solución, pero debo de investigar.

Aquella noche en alta mar, se desató la tormenta perfecta: olas como rascacielos que penetraban en ambos navíos, corrientes que parecían querer succionar hasta el abisal a los barcos, cielos lechosos por la iluminación producida por los relámpagos y estruendo ensordecedor.

Mientras tanto, el dragón-biólogo estudiaba antiguos legajos sobre las enfermedades de las sirenas. Los compró en un mercado de Grecia; acusándole en su día, los políticos de la isla, de haber invertido el dinero del estado en absurdas leyendas. Sin embargo, él era un dragón verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. ¿No debería él también ser una leyenda?

 Al día siguiente, aún estaban los barcos sobre la mar.  Los marineros estaban exhaustos de achicar agua y luchar por mantener ambos navíos a flote. El almirante había comenzado a sentirse enfermo y su pañuelo estaba húmedo y encarnado por la sangre procedente de sus pulmones.

El cielo seguía plomizo, aunque la tormenta hubiese amainado. Un grumete subido al palo mayor, gritó:

—¡Ahí está el dragón!

El dragón venía cargado de cajas.

—Estuve estudiando sobre las enfermedades de las sirenas y descubrí que los dragones tenemos un virus bacteriófago que puede acabar con las infecciones bacterianas de los pulmones de las sirenas. Por mor del destino, hace tiempo, lo aislé y lo guardé en mi colección del laboratorio.
Solo he tenido que cultivar al virus bacteriófago de dragón en bacterias pulmonares que atacan a los humanos:  son bacterias similares a las que enferman a las sirenas; puesto que los pulmones de humanos y sirenas son órganos homólogos.

—¿Cuál es la solución? —inquirió el joven marinero sin comprender casi nada de lo dicho por el dragón.

—La solución es infectaros con el bacteriófago de dragón y que éste haga su trabajo. No podéis llegar a tierra hasta asegurarnos de que estéis sanos. He traído conmigo un alimento especial que hacemos los dragones cuando las personas están muy debilitadas. Te aseguro que todos, tanto marineros como piratas, vais a sobrevivir.

El dragón ,después de haber infectado a ambas tripulaciones con el virus, comenzó con sus anchos brazos llenos de escamas de dinosaurio a repartir el batido hiperproteico  vitaminado que él mismo había confeccionado durante toda aquella noche de tormenta.

Un arco iris se dibujó ante la salida de un sol abrumador…
El dragón verde esmeralda había conseguido el antídoto para la enfermedad, pero nada de esto hubiera sucedido, si el Rey de Vicoranmar, se hubiera decidido por mandar a algún valiente soldado a matar al dragón en lugar de darle sustento, asignación estatal y una cueva adaptada en un magnífico laboratorio para trabajar.

Apostando por la Ciencia, el buen Rey, salvó no solo a sus súbditos si no a la humanidad : gracias a no escuchar a las alimañas que acusaban al dragón de haber comprado “dispendiosos” legajos sobre biología y anatomía de sirenas en un perdido mercado de Miconos.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

Este relato fue inspirado en mi imaginación a partir de un juego de dados para escribir cuentos. Con gusto os muestro la foto de los dados que dieron como resultado esta historia.

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Dados para contar cuentos que usé para crear la historia de "EL BARCO"
Orden de los dados seguido escrupulosamente

Juego de creatividad: Un cuento a partir de titulares

Hola a tod@s:

Os propongo una idea que se me acaba de ocurrir y que usamos los escritores como ejercicio de creatividad. Consiste en crear un cuento a partir de varios titulares de periódicos. Pueden ser titulares de periódicos españoles o extranjeros, sobre cualquier tipo de noticia. Lo importante es crear una historia.

Si quieres participar responde al post con un titular que encuentres.(Pueden ser del Sur, La opinión de Málaga, ABC, El País, El Mundo, The Guardian, Die Welt o incluso del Daily Mirror 🙂

periodicos

Usaré el contenido de los 10 primeros titulares que me mandéis como respuesta a este post.

Muchos besos a tod@s

Victoria Eugenia

Es todo un reto que espero superar 😉

«El monje»: microrrelato al paso de Zamarrilla

Hola a tod@s:

El presentador del especial de Semana Santa de PTV, Coco, tuvo la deferencia de leer mientras pasaba la Virgen de Zamarrilla mi microrrelato «El monje». Su locución sentida y pausada le da una gran emotividad al texto que escribí un buen día para un concurso de microrrelatos del periódico la Opinión de Málaga.

La imaginación se abre camino ante cada frase pronunciada y la imagen de la Virgen con sus ojos al cielo hacen el resto.

Un abrazo para Coco y espero que disfrutéis como hice yo de la lectura del microrrelato «El monje»EL MONJE Espero que os haya gustado 🙂 A mí me ha hecho mucha ilusión.

Para los que no conozcáis la leyenda de Zamarrilla en la que se basa mi microrrelato y queráis entender quienes son los personajes principales y su sentido, os pongo el link de la Leyenda de la Virgen de la Amargura o Zamarrilla.( Leed con atención la sección «Penitencia y muerte»)  :
http://www.gibralfaro.uma.es/leyendas/pag_1646.htm

Uno de mis microrrelatos publicado en el periódico SUR

Querido lector:

Acabo de conectar el ordenador y como siempre, lo primero que he hecho es mirar mi correo electrónico. Uno de los correos que me ha llegado a las 18:28  me ha llenado de alegría e ilusión: me han publicado uno de mis microrrelatos en la edición dominical del periódico SUR de Málaga.

Hicieron una convocatoria en la que me presenté con el microrrelato «Francamente».
El microrrelato fue publicado el día 18 de agosto. Os pongo el link que me han enviado hoy:

http://bit.ly/1a5X10H

Ya he conseguido que uno de mis microrrelatos sea microrrelato del «verano SUR». Y por eso estaré feliz hasta que termine el día.

Un abrazo

Victoria Eugenia

El perro del cable

Cuando vuelvo a mi apartamento tras estar toda la mañana en el laboratorio, paso por delante de una casa que tiene un perro ; la dueña lo tiene atado con un horrible y corto cable no sé yo si para que no se escape o para mortificarlo. Todos los días él me ladra inquieto, me mira, se mueve de un lado a otro y por evitar sus ladridos, procuro pasar rápido.

Aquella mañana estaba exhausta. Había estado testando un nuevo y caro antibiótico y encima se me había derramado parte del mismo sobre mis manos. De vuelta, pasé por delante de la casa del perro del cable. El animal me miró y en lugar de ladrarme, comenzó a decirme en perfecto español:

—Mi dueña ha matado a mi amo. ¡También a los niños!
—¿Cómo? ¡No, no puede ser! ¿Te oigo hablar? Estoy perdiendo el juicio de tanto trabajo de laboratorio.
Pero el animal siguió:
— Están enterrados en el jardín. No me mires así; ya que por fin me escuchas, ¿avisarás a la policía?

No sabía si correr o si seguir dialogando con el perro. Pensé que lo de su voz tenía que ser causado por el nuevo antibiótico, que procedía de un extracto de planta amazónica cuyos efectos podrían ser también alucinógenos.

—Necesito una prueba para poder denunciar. No, no me vale con tu palabra de perro.
Tras colarme y quitarle el cable, el can empezó a sacar montones de tierra; mientras yo lo miraba incrédula.
Perro buscando

Levantando la cabeza aulló:

—¡Ahí los tienes! Mi amo y los niños.

¿Y qué hice? Pues denunciar. La policía se llevó a mi vecina y yo, me quedé con el perro.
Os dejo, estoy terminando mi artículo para Nature sobre una planta amazónica.
Quién sabe si me llevaré el Nobel…

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Querido lector:

Espero que te haya gustado «El perro del cable». Si te gustan mis cuentos suscríbete al blog 🙂
Un abrazo
Victoria Eugenia Muñoz Solano