Perdida en la selva (parte I)

Daya era una pequeña elefantita que desde que comenzó a existir nunca se había separado de su madre. Sus ojos eran negros como el azabache, parecían hechos de ónice. Su piel, a pesar de ser muy joven, ya era arrugada y áspera; aunque al tiempo, tan tierna como su inocencia.

La elefantita, Daya junto a su madre.

Denali era la madre de Daya y la matriarca de un clan de elefantes que habitaban en un valle del norte de la India, en el estado de Uttarakhand.  Sus vidas transcurrían con calma: rodeados de una gran espesura vegetal que consistía en una cobertura de pastos, arboledas y matorrales. 

Los días pasaban con sosiego entre el deambular, el degustar de las más frescas ramas, y el descansar, tras relajantes baños de barro.

Estaba de conversación la elefanta Denali con su hermana Puya; hablaban sobre un grupo de hombres que habían amanecido en el valle y que hacían imposibles posturas manteniendo el equilibrio, mientras el sol surgía en el horizonte. 

En ese momento, Daya, escuchando a su tía embelesada e imaginando cómo eran esos hombres, dio un resbalón y cayó al río; se trataba del río Ramganga, afluente del Ganges; el cual estaba más caudaloso que nunca. Sus aguas arrastraron con fuerza a la pequeña que no podía ni barritar del pánico que estaba sintiendo.

Denali bajó la cabeza porque dejó de notar a Daya entre sus patas. La subió con rapidez y vio a su cría en el río agitando la trompa de un lado a otro; haciendo lo posible para mantenerse a flote.  Pasó de la tranquilidad a la angustia suprema y empezó a correr con todas sus fuerzas, a la vez que de su garganta emergía un grito de auxilio.

—¡Daya, Dayaaa! — estiraba la trompa para que Daya se asiera a ella.

—¡No puedo, mamá! —la elefantita aún no manejaba su apéndice nasal como para poder aferrarse con fuerza al de su madre.

El agua la llevaba con demasiada rapidez y los metros que la distanciaban de Denali, se convirtieron pronto en kilómetros. La elefantita miraba para todos lados. Tratando de encontrar a alguno de sus congéneres que pudiese socorrerla, pero solo veía pradera y algunos árboles salpicando el paisaje; aquello ya no era el valle en el que nació.

La pequeña pensó que ya no sobreviviría y que jamás volvería a ver a su madre. De repente quedó varada en unas rocas y una silueta desconocida para ella, se recortó en el ocaso.

Bajaba la cabeza y tomaba con parsimonia agua del río. Era fuerte, potente, elegante y rayado. Daya nunca había visto a nadie tan especial y majestuoso. Aquel ser debía de ser suave y sus ojos eran tan bellos como enigmáticos.

—Hola… señor. —dijo, Daya tímidamente. —Me gustaría saber si me puede decir dónde queda el valle.

—¿¡Quién eres tú!? —bramó. —¿Acaso no me tienes miedo?

—¿Debo de tenerlo? Yo solo veo al ser más hermoso que he visto en mi vida.

—Soy un tigre y deberías temerme. Los tigres comemos carne.

—¿Carne? ¿Qué tipo de árbol se llama carne?

—Carne es cualquier animal indefenso que pueda cazar; sobre todo si se trata de una cría despistada como tú.

—Es verdad que ando perdida, pero no creo que le guste mi carne porque es demasiado áspera. Por favor, no me coma y ayúdeme a volver con mi madre.

Daya acarició con su trompa el suave lomo del tigre de Bengala; éste se arqueó de placer como si fuese un gatito.

—Está bien, está bien. —respondió casi ronroneando. — Subiremos el río. En algún lugar, río arriba, estará tu familia.

El tigre miró aquellos inocentes ojos de azabache, duros como el cristal, y frotó su cabeza contra la cabeza de la pequeña elefanta. Daya, barritó de la emoción y se tumbó a dormir junto al tigre resguardada por el manto estrellado de la noche.

CONTINUARÁ…

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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