El colegio

— Tendrá que quedarse a dormir la mayoría de los días, ¿está de acuerdo?

— No me importa estar interna con tal de poder trabajar.

Fui yo la que me postulé para el puesto; llevaba años esperando para poder desarrollar mi vocación docente.

En realidad, pensaba que ya no existirían internados como aquel. Todos eran niños ricos, pero muy disruptivos, tanto como para protagonizar cada uno varios episodios de “Hermano Mayor”.

Firmamos el contrato y yo feliz porque iba a poder por fin dar mis clases y el salario era francamente bueno.

Una noche entró un chico en mi habitación con las manos llenas de sangre.

— ¿¡Qué has hecho!?

— Ya no podía más, no podía más.

En la habitación ningún alumno dormía, todos gritaban: era el fin de Roberto, el Abusón.

Desde entonces decidí dejar de enseñar: la imagen de aquel camorrista con el cuchillo del almuerzo clavado en el corazón, me persigue todas las noches.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

𝗘𝗹 𝗼𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗶𝘀𝘁𝗮𝗹

A la madre de Antoñito no le gustaba que se pasara el día en el descampado con aquellos gamberros; prefería que estuviera las horas muertas con el móvil que le regalaron por la comunión.

Él era un niño como los de antes: de esos que les gusta hacer batallas de indios y vaqueros subiéndose a coches herrumbrosos y tomando a las tuberías por trincheras.

Un día jugando con sus amigos, la cara de Antoñito que estaba roja de tanta batalla, se puso tan blanca como la pared.

— ¡Aquí hay un ojo! —exclamó señalando agachado por detrás de las tuberías-trinchera.

Paco y Pepe, sus amigos de batalla, clavaron sus pupilas sobre la extraña pupila azul y se miraron con gesto grave; hasta que uno de ellos empezó a llorar.

Antonio tomó el móvil, casi por vez primera, y marcó el número de la Policía.

— ¿¡Policía!? En el descampado hay… un MUERTO.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

75 días

La línea A del subte llevaba a diario a Ernesto desde el porteño barrio de Montserrat hasta el de Flores. Allí trabajaba como profesor de formación profesional. El viaje solía resultarle anodino; ya que pocas veces se adentraba en conversación con algún desconocido y si lo hacía, era para hablar de asuntos triviales como el tiempo o cualquier noticia que leyera en el periódico.

Dispuesto a sentarse y quizás a dormitar, mientras pasaban las estaciones, no pudo evitar escuchar una conversación que se estaba dando a sus espaldas.

—¡Vos no sabés de lo que está hablando!

—¡Claro que sí lo sé!  Las Malvinas fueron muy necesarias para conseguir unirnos como Nación y recuperar lo que era nuestro. La pena es que los que fueron no tuvieron suficiente empuje contra los ingleses.

El anciano mirando con gesto de desprecio.

—¡Empuje dice, el boludo! Si eran muchachitos. Imagínese mandar a su nieto contra aguerridos militares profesionales. Eso es como mandar a un cordero al matadero.

—Usted no ama a su país. —respondió el anciano con la boca ladeada con gesto de desprecio.

El hombre más joven, de unos cincuenta y pico años, se levantó contrariado; tenía la cara rubicunda y sudorosa. Los ojos aguamarina, parecían salirse de sus órbitas. Se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo; andaba con prisas tropezándose sin disculparse con la gente. Todos los del vagón del subte lo miraron indiferentes, pero algo le dijo a Ernesto que aquel hombre tenía una mueca extraña, una expresión desgarrada y rota: no pudo evitar levantarse e ir tras él.

Una voz anunció la Plaza Miserere, él se bajaba en San José de Flores que estaba más adelante en el recorrido. Sin embargo, al ver la salida a la carrera del desconocido, se bajó también.

—¿¡Oiga!? ¿Qué le ocurre? —Ernesto le agarró de la camisa sudorosa.

—¡Déjeme en paz! Ya tuve bastante con el viejo y ahora con vos.

—Aquel viejo… No sabía lo que vivieron los muchachos de las Malvinas. — dijo Ernesto.

—¿¡Y vos lo sabes!?

—Por desgracia, sí. Tenía yo dieciocho años. Era un chico que por entonces estudiaba el bachiller cuando un día me llamaron para hacer la conscripción militar. El país estaba fatal: la economía era un total desastre y el nuevo presidente como bien sabrá, el general Galtieri, quiso crear una cortina de humo…

—Hacernos creer que íbamos a recuperar la soberanía de lo que era nuestro, darnos un sentimiento de patria por el que luchar todos a uno y, mientras tanto, nadie se daría cuenta del Gobierno fracasado que nos llevaba a la bancarrota.

—¡Exacto!

—Bueno, yo no estoy para más conversaciones, caballero. Encantado de conocerle, tengo prisa. Hoy es mi último día.

—Lo mismo digo, hasta otra, mi nombre es Ernesto. Hace tiempo que no hablaba con nadie sobre las Malvinas.

Cuando quiso darle la mano, en señal de despedida, advirtió que su interlocutor ya no estaba. 

Él también se encontraba sudoroso como aquel hombre, pero no tanto como para arrojar su chaqueta y quedarse sin abrigo en el frío del incipiente invierno argentino. Miró su reloj digital, para ver la hora, pero vio otro dato: era catorce de junio.

Su corazón comenzó a latir con fuerza y arrasando por donde pasaba sin mirar contra quién chocaba corrió por el andén en línea recta hasta que vio, a unos metros, a aquel rostro desencajado de mirada cristalina con los brazos en cruz en mitad de las vías del metro.

Corriendo por el andén del subte. Relato 75 días

—Por favor, venga aquí. Suba al andén. ¡No merece la pena hacerlo!

—Soy un perdedor. No levanto cabeza desde entonces. Murió mi mejor amigo en aquella guerra. Luego me tuve que ganar la vida como remisero*; entonces tenía dos niñitos. Si no hubiese sido por ellos, hace tiempo hubiera hecho esto. Ahora son ya mayores y yo voy a ver mi fin, el día de la derrota.

—¡¡¡D-E-M-E  L-A  M-A-N-O!!!

Ernesto se inclinó y con una fuerza que no sabía que ni tuviera, arrebató a aquel hombre del abrazo de la Parca. El otro, destrozado por el miedo, se ciñó a él llorando como si fuese un niño pequeño.

—Estuviste en la guerra, ¿verdad? Me he dado cuenta lo que ibas a hacer porque hoy es el día del aniversario.

Tembloroso y afirmando con la cabeza, reconoció que había sido soldado en aquella inútil cruzada. 

Ernesto lo miró y, después, lo volvió a mirar. Esta vez con los ojos del pasado: aquella mirada azul como la bandera Argentina, de tez colorada e inocente y con piel pincelada con numerosas pecas que ahora se esparcían entre incipientes arrugas. No, no podía ser cierto. —pensó.

—¿No serás Rossi?

—Sí, me apellido Rossi. —respondió con voz trémula. — ¿Y usted quién es? ¿No será un agente del Gobierno?

El síndrome postraumático había destrozado la vida de su compañero. Ni lo pudo reconocer, qué pena. Eran amigos inseparables. Rossi era tan patriota que se tiraba hacia las balas. Quería recuperar las Malvinas y no le importaba que fuera a costa de su sangre. A él, por el contrario, que se sintió arrebatado de su familia, le daba igual aquella “lucha patriota”; lo que más quería era volver con sus padres y comenzar a estudiar una ingeniería. Le decía a Rossi que todo era un engaño que aquello iba a ser una carnicería. Efectivamente, 649 fue el número de compañeros que cayeron en solo setenta y cinco días.

—Dime cómo era el compañero que perdiste.

—Era un pibe flaco, desgarbado por lo alto y moreno. Yo le llamaba el antipatriota y siempre discutíamos. Pero un día, a mediación de la contienda, él se interpuso entre la bala inglesa y mi cuerpo y me salvó y condenó mi vida.

—El antipatriota, el antipatriota. —dijo Ernesto con voz emocionada llorando y riendo. — El antipatriota soy yo, Rossi. Me hirieron y unos compañeros me quitaron del fuego cruzado y me sacaron de la isla. Estuve la mitad de la guerra y ya no volví. No tuve que pasar por aquella noche del 14 de junio en la que a los soldados los devolvieron a Buenos Aires como de tapadillo por la “vergüenza” de haber sido derrotados.

La cara de Rossi pareció de repente mutar de la desesperanza a la ilusión; de la tristeza al summum del alborozo. Ernesto sonrió como nunca, su sonrisa brilló con el regocijo de la adolescencia. Rossi y Ernesto se fundieron en un abrazo apretado que pareciera no querer terminar. Era la muerte esquiva la que les había devuelto esa parte que faltaba de sus vidas.

Abrazo tras mucho tiempo sin saber uno del otro.

 Los alumnos del instituto del barrio de Flores se quedaron ese día esperando la clase con el profesor de Tecnología porque los dos amigos salieron juntos del subte a recuperar el tiempo perdido: charlar sin parar, compartir sus penas y sus alegrías, y degustar, a boca llena, el mejor choripán porteño y la propia vida.

Los dos amigos querían recuperar el tiempo perdido.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© Todos los derechos reservados

remisero*: en Argentina persona que lleva pasajeros en su coche particular, de función similar a un taxista. Estos coches son coches que no tienen un color que los identifique como tales, se diferencian de los demás por tener una placa especial.

Agradecimientos:

Quiero dar las gracias a mi amigo en la distancia, Ernesto Fucile: animador de radio, autor de ficción y productor de formatos de entretenimiento que me ha aportado no solo datos fidedignos sobre Malvinas si no otros que no se pueden encontrar en la Wikipedia como son los sentimientos y el recuerdo amargo de esta guerra en el corazón de los argentinos.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

https://www.elmundo.es/cronica/2002/330/1013413872.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Monserrat_(Buenos_Aires)

Perdida en la selva (Parte III)

Si no has leído la primera parte: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/04/perdida-en-la-selva-parte-i/

La segunda parte: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/05/perdida-en-la-selva-parte-ii/

Perdida en la selva (PARTE III)

Los cazadores no podían creer que una manada de elefantes tuviera un ritual funerario y encima con un ser que no era ni de su especie.

Denali, como si fuese un caballo desbocado, salió al galope con sus orejas desplegadas de par en par, amenazantes. Asía a cada hombre como si fuese un muñeco de trapo. Los zarandeaba con su trompa y los iba tirando uno a uno por la ladera.

Ladera abajo había un Jeep y dentro dos guardas del parque. Atónitos habían presenciado la escena. Tenían preparadas las esposas para ir colocándoselas a su respectivo furtivo conforme iban cayendo: no era la primera vez que los detenían.

—Quédate aquí que voy a ver si han hecho algo a los elefantes.

—Ten cuidado, Rahul. Uno de ellos, parece estar poseído por la diosa Kali.

Rahul llevaba un maletín con material para hacer curas. Silencioso y con lentitud se acercó al grupo que había hecho un círculo en torno al tigre. Denali sabía que no era un cazador e hizo una señal a su manada para que lo dejaran pasar a donde descansaba, Shauri.

El hombre tocó la suave y rayada piel. El animal estaba todavía caliente. Tenía la mano apoyada sobre su lomo cuando de forma inesperada, ésta se levantó…

—¡No estás muerto, compañero! ¡Qué alegría! La herida de tu costado es grande, pero te vendaré para que pares de sangrar y te llevaré a que te curen. —dijo el guarda al tiempo que se abrazó a su lomo en un gesto de cariño.

Rahul , un indio de unos cuarenta años, de complexión atlética y aguerrida, bajó la ladera con el animal sobre los hombros: le esperaba su compañero en el coche y otro guarda que venía en un nuevo jeep, que había sido avisado por radio, para llevar a los cazadores a la Policía.

Madre e hija contemplaron cómo se llevaban al tigre; frotaron sus trompas y volvieron a su valle, felices por estar de nuevo juntas y por saber que su amigo, sobreviviría.

El hombre es el único animal que caza sin tener verdadera necesidad; los demás no son ni buenos ni malos, simplemente son depredadores que cazan para vivir.  El altruismo* y el instinto de conservación entre especies, también es parte de ser un depredador y este fue el caso de Shauri: aquel tigre de corazón noble y valiente  que salvó la vida a la pequeña elefanta.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

*Altruismo: significa en Biología sacrificar el bienestar de uno mismo por beneficiar a un tercero. Existe altruismo intraespecífico, en la misma especie, e interespecífico entre especies diferentes; este último sucede en menos ocasiones. 

Bibliografía:

https://elpais.com/elpais/2016/11/29/ciencia/1480417791_588797.html

https://www.seeker.com/helpful-humpback-whales-altruistic-animal-photos-1769918539.html

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Perdida en la selva (parte II)

Si no has leído la primera parte, aquí tienes el link:

https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/04/perdida-en-la-selva-parte-i/

Perdida en la selva (parte II)

Al día siguiente estuvieron andando largo rato y en un momento, el tigre cambió su postura, aplanándose sobre el terreno, casi desapareciendo de su vista. Tras esto movió sus cuartos traseros y asaltó a una gacela; engulléndola con voracidad al cabo de que ésta abandonara la vida.

A la pequeña le tembló el cuerpo de arriba a abajo por la terrible visión del tigre comiendo la carne de otro animal. Ahora era cuando se percataba de lo peligroso de su osadía.

—¿Por qué no me comiste?

—Porque yo, a diferencia de los hombres, cazo cuando tengo hambre: acababa de comer cuando te vi en el río y, además no lo hice, porque tengo corazón.

Tras una larga jornada caminando con cierta dificultad para Daya, ya que el terreno de la vereda del río estaba lleno de rocas y era resbaloso, el día al fin volvía a declinar. Sin embargo, el tigre y la elefanta no pudieron esta vez tumbarse a descansar porque la brisa les trajo el sonido de las voces humanas…

 Eran los cazadores furtivos que aprovechaban el anochecer para poder cazar sin ser vistos por los guardas del Parque Nacional de Jim Corbett. El encargo era traer un tigre de Bengala: con lo que les pagaban podrían vivir todo un año sin dar golpe.

—¡Mira, Ajay! Un tigre joven y una cría de elefante. Podríamos dar caza a los dos.

—¡Challó, challó*! —exclamó en un susurro excitado el otro para no espantarlos.

Las balas comenzaron a rasgar el aire por todas partes, cercando a los dos animales, con un silbido de muerte.

Tigre y elefanta corrieron hacia la espesura, los proyectiles seguían silbando y las voces se escuchaban de fondo contrariadas. Abrazados y aplastados contra el suelo se quedaron por largo rato. Daya temblaba y gemía hacia adentro.

—No hagas ruido, pequeña. Los conozco y seguirán dando vueltas por aquí. Al menos hasta el amanecer. Apriétate junto a mí como si fuera yo tu madre. Los hombres van a por mí:  me quieren matar porque mi piel es para ellos hermosa.

—Es muy bella, señor. En eso tienen razón los hombres.

—Una vez, una de las que cosas que lanzan los hombres, me mordió en la pata y sangré. La herida no fue grave, pero aún la tengo ahí, incrustada, y a veces me duele hasta tal punto que cojeo. Te llevaré hasta tu madre, no moriremos; así que silencio.

Cuando el día comenzó a despuntar los furtivos ya se habían ido. Ahora les tocaba reanudar el camino y seguir remontando el río.

Fue al atardecer cuando vieron los primeros elefantes. Caminaron un poco más metiéndose entre los árboles. Daya no podía creerlo, al distinguir de entre el grupo a su madre. Los elefantes se mostraron agitados ante la presencia de tigre de Bengala.

Denali, no se lo pensó y fue directa hacia ellos. Su cría estaba junto a un tigre y tenía que salvarla del peligro al precio que fuera.

—Por favor, no se coma a mi Daya. Doy mi vida por ella. Cómame a mí.

—¡No me interesa! —gritó el tigre. — Me llamo, Shauri. Sí, soy un tigre y lo normal es que me coma crías despistadas, pero tengo corazón y quise traérsela.

Los dos hombres no se rindieron la noche anterior y esta vez se juntaron con otros cazadores haciendo la incursión en el valle:  habían seguido las huellas que el tigre y la cría de elefante habían dejado en el limo, mientras anduvieron por el margen del río Ramganga.

La elefanta barritó con fuerza nada más ver a los furtivos, pero la bala ya había alcanzado su objetivo: Shauri, el valiente tigre de corazón noble, caía y quedaba desparramado en el suelo. Los elefantes lo rodearon y comenzaron, con sus cabezas gachas, a depositar ramitas verdes sobre su cuerpo inerte.

*Challó: palabra procedente del hindi que significa, vamos.

CONTINUARÁ…

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

El desenlace aquí :

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Perdida en la selva (parte I)

Daya era una pequeña elefantita que desde que comenzó a existir nunca se había separado de su madre. Sus ojos eran negros como el azabache, parecían hechos de ónice. Su piel, a pesar de ser muy joven, ya era arrugada y áspera; aunque al tiempo, tan tierna como su inocencia.

La elefantita, Daya junto a su madre.

Denali era la madre de Daya y la matriarca de un clan de elefantes que habitaban en un valle del norte de la India, en el estado de Uttarakhand.  Sus vidas transcurrían con calma: rodeados de una gran espesura vegetal que consistía en una cobertura de pastos, arboledas y matorrales. 

Los días pasaban con sosiego entre el deambular, el degustar de las más frescas ramas, y el descansar, tras relajantes baños de barro.

Estaba de conversación la elefanta Denali con su hermana Puya; hablaban sobre un grupo de hombres que habían amanecido en el valle y que hacían imposibles posturas manteniendo el equilibrio, mientras el sol surgía en el horizonte. 

En ese momento, Daya, escuchando a su tía embelesada e imaginando cómo eran esos hombres, dio un resbalón y cayó al río; se trataba del río Ramganga, afluente del Ganges; el cual estaba más caudaloso que nunca. Sus aguas arrastraron con fuerza a la pequeña que no podía ni barritar del pánico que estaba sintiendo.

Denali bajó la cabeza porque dejó de notar a Daya entre sus patas. La subió con rapidez y vio a su cría en el río agitando la trompa de un lado a otro; haciendo lo posible para mantenerse a flote.  Pasó de la tranquilidad a la angustia suprema y empezó a correr con todas sus fuerzas, a la vez que de su garganta emergía un grito de auxilio.

—¡Daya, Dayaaa! — estiraba la trompa para que Daya se asiera a ella.

—¡No puedo, mamá! —la elefantita aún no manejaba su apéndice nasal como para poder aferrarse con fuerza al de su madre.

El agua la llevaba con demasiada rapidez y los metros que la distanciaban de Denali, se convirtieron pronto en kilómetros. La elefantita miraba para todos lados. Tratando de encontrar a alguno de sus congéneres que pudiese socorrerla, pero solo veía pradera y algunos árboles salpicando el paisaje; aquello ya no era el valle en el que nació.

La pequeña pensó que ya no sobreviviría y que jamás volvería a ver a su madre. De repente quedó varada en unas rocas y una silueta desconocida para ella, se recortó en el ocaso.

Bajaba la cabeza y tomaba con parsimonia agua del río. Era fuerte, potente, elegante y rayado. Daya nunca había visto a nadie tan especial y majestuoso. Aquel ser debía de ser suave y sus ojos eran tan bellos como enigmáticos.

—Hola… señor. —dijo, Daya tímidamente. —Me gustaría saber si me puede decir dónde queda el valle.

—¿¡Quién eres tú!? —bramó. —¿Acaso no me tienes miedo?

—¿Debo de tenerlo? Yo solo veo al ser más hermoso que he visto en mi vida.

—Soy un tigre y deberías temerme. Los tigres comemos carne.

—¿Carne? ¿Qué tipo de árbol se llama carne?

—Carne es cualquier animal indefenso que pueda cazar; sobre todo si se trata de una cría despistada como tú.

—Es verdad que ando perdida, pero no creo que le guste mi carne porque es demasiado áspera. Por favor, no me coma y ayúdeme a volver con mi madre.

Daya acarició con su trompa el suave lomo del tigre de Bengala; éste se arqueó de placer como si fuese un gatito.

—Está bien, está bien. —respondió casi ronroneando. — Subiremos el río. En algún lugar, río arriba, estará tu familia.

El tigre miró aquellos inocentes ojos de azabache, duros como el cristal, y frotó su cabeza contra la cabeza de la pequeña elefanta. Daya, barritó de la emoción y se tumbó a dormir junto al tigre resguardada por el manto estrellado de la noche.

CONTINUARÁ…

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

YA PUEDES LEER LA SEGUNDA PARTE :

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El barco

Desde la isla del reino de Vicoranmar se avistó en el horizonte un barco de bandera extranjera que parecía no pertenecer a ningún país conocido. Desde el faro, el vigilante, avisó al general del reino para que diera la orden de que una tropa de marineros saliera a abordar al navío extranjero antes de que éstos llegaran a la costa.

Cuando el barco de defensa alcanzó su destino, observaron asustados, que lo que había en la cubierta eran piratas de aspecto consumido; algunos con manchas oscuras por toda la piel y otros tantos muertos.

—¿¡Quién vive!? —gritó enardecido un viejo pirata cuya voz ronca y jadeante espantó al marinero más joven de la tripulación.

—Las preguntas las hacemos nosotros, estáis en aguas gubernamentales del reino de Vicoranmar. ¿Qué os pasa? ¿Por qué tantos muertos?

—Atrapamos a una sirena. El capitán, que es más malo que el diablo, me obligó a convertirla en un exquisito bocado. Yo no quería acabar con la vida de aquella hermosura; así que el jefe le disparó y finalmente, la guisé. —miró hacia abajo con la cara compungida. 

Esta vez se acercó al pirata, el almirante de la tripulación de Vicoranmar.

—¿Todos comisteis a la sirena?

—Con toda la vergüenza por la atrocidad que hemos cometido debo de reconocer, que hasta yo la degusté. Su cola era una mezcla de sabores: atún del más jugoso y pez espada de la textura más fina, y no solo eso, su vientre sabía a la mejor carne que se pueda soñar saborear. Llevábamos muchos días sin víveres y ya abrigábamos la idea de comernos los unos a los otros.

—Según lo que veo la sirena debía de tener una toxina venenosa en su sangre.

—¡No! Estamos muriendo de algo parecido a una neumonía. No es veneno, debe ser algo infeccioso. Queríamos ir a vuestra isla para que, los que quedamos en el barco, podamos sobrevivir con el cuidado de vuestros médicos.

Almirante y marineros se miraron sin saber qué decisión tomar: por un lado, era de falta de humanidad dejar a los diez hombres morir, pero por otro, si llegaban a tierra con una enfermedad desconocida estaban poniendo en peligro al millón de personas que vivían en el reino.

En Vicoranmar había una cueva dónde habitaba un dragón.  Era como deben ser los dragones: verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. Sin embargo, no era un dragón que se dedicara a sembrar el terror, si no que tenía como ocupación ser científico. 

El dragón, con su fuego esterilizaba sus materiales: probetas y buretas. Tenía un potente microscopio de barrido y una campana de flujo laminar para hacer cultivos celulares y para ensayar drogas contra el cáncer.

Sonó el teléfono de la cueva… Era el almirante Hawkins hablándole exaltado. Solo había escuchado: piratas, neumonía y muertos.  El dragón gritó enojado exhalando una llamarada de fuego que iluminó hasta el último recoveco de la cueva.

—¡¡¡No entiendo nada!!! Como no se explique mejor, no puedo ayudar.

Entonces, el almirante, le contó al dragón verde esmeralda todo lo que ocurría en el barco.

—¿Era entonces una sirena?

—Sí, eso fue lo que les ha enfermado.

—No les dejéis entrar a la isla; si entran todos los habitantes morirán. Tengo la solución, pero debo de investigar.

Aquella noche en alta mar, se desató la tormenta perfecta: olas como rascacielos que penetraban en ambos navíos, corrientes que parecían querer succionar hasta el abisal a los barcos, cielos lechosos por la iluminación producida por los relámpagos y estruendo ensordecedor.

Mientras tanto, el dragón-biólogo estudiaba antiguos legajos sobre las enfermedades de las sirenas. Los compró en un mercado de Grecia; acusándole en su día, los políticos de la isla, de haber invertido el dinero del estado en absurdas leyendas. Sin embargo, él era un dragón verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. ¿No debería él también ser una leyenda?

 Al día siguiente, aún estaban los barcos sobre la mar.  Los marineros estaban exhaustos de achicar agua y luchar por mantener ambos navíos a flote. El almirante había comenzado a sentirse enfermo y su pañuelo estaba húmedo y encarnado por la sangre procedente de sus pulmones.

El cielo seguía plomizo, aunque la tormenta hubiese amainado. Un grumete subido al palo mayor, gritó:

—¡Ahí está el dragón!

El dragón venía cargado de cajas.

—Estuve estudiando sobre las enfermedades de las sirenas y descubrí que los dragones tenemos un virus bacteriófago que puede acabar con las infecciones bacterianas de los pulmones de las sirenas. Por mor del destino, hace tiempo, lo aislé y lo guardé en mi colección del laboratorio.
Solo he tenido que cultivar al virus bacteriófago de dragón en bacterias pulmonares que atacan a los humanos:  son bacterias similares a las que enferman a las sirenas; puesto que los pulmones de humanos y sirenas son órganos homólogos.

—¿Cuál es la solución? —inquirió el joven marinero sin comprender casi nada de lo dicho por el dragón.

—La solución es infectaros con el bacteriófago de dragón y que éste haga su trabajo. No podéis llegar a tierra hasta asegurarnos de que estéis sanos. He traído conmigo un alimento especial que hacemos los dragones cuando las personas están muy debilitadas. Te aseguro que todos, tanto marineros como piratas, vais a sobrevivir.

El dragón ,después de haber infectado a ambas tripulaciones con el virus, comenzó con sus anchos brazos llenos de escamas de dinosaurio a repartir el batido hiperproteico  vitaminado que él mismo había confeccionado durante toda aquella noche de tormenta.

Un arco iris se dibujó ante la salida de un sol abrumador…
El dragón verde esmeralda había conseguido el antídoto para la enfermedad, pero nada de esto hubiera sucedido, si el Rey de Vicoranmar, se hubiera decidido por mandar a algún valiente soldado a matar al dragón en lugar de darle sustento, asignación estatal y una cueva adaptada en un magnífico laboratorio para trabajar.

Apostando por la Ciencia, el buen Rey, salvó no solo a sus súbditos si no a la humanidad : gracias a no escuchar a las alimañas que acusaban al dragón de haber comprado “dispendiosos” legajos sobre biología y anatomía de sirenas en un perdido mercado de Miconos.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

Este relato fue inspirado en mi imaginación a partir de un juego de dados para escribir cuentos. Con gusto os muestro la foto de los dados que dieron como resultado esta historia.

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Dados para contar cuentos que usé para crear la historia de "EL BARCO"
Orden de los dados seguido escrupulosamente

Storytelling y marketing olfativo

El marketing olfativo es una forma de publicidad offline; consistente en conectar un aroma a una marca. Es una forma de marketing no intrusivo ya que conlleva emociones y es evocador de recuerdos positivos en el receptor.

 En este proceso está implicado el bulbo olfatorio que conecta con determinadas áreas cerebrales que te trae a la mente esos recuerdos nostálgicos que se han ido almacenando en la memoria a lo largo de la vida.

Existen empresas de marketing olfativo dedicadas a crear olores para las diferentes marcas. Las marcas consiguen ser apreciadas por el cliente y crear en ellos una experiencia agradable y memorable durante la compra. Las tiendas de Zara Home tienen un aroma mezcla de las fragancias “White Jasmine” y “Black Vainilla” que a su vez están disponibles en forma de ambientadores mikado, esto crea un sentimiento de fidelización del cliente ya que cuando vuelve a la tienda se sentirá como en casa.

En los parques temáticos de Disney el olor que la gente puede percibir al pasear por sus calles, es un intenso aroma a palomitas de maíz; práctica que también es llevada a cabo en las salas de cine: provocando en los espectadores el deseo de degustarlas durante la proyección de la película.

¿No habéis visto gente levantarse con apremio en medio de la película para volver corriendo con un buen cubo de palomitas? ¿A que sí?

¿Qué tiene que ver el storytelling con el marketing olfativo?

Hablábamos del storytelling y su uso en el marketing en el post anterior pero, ¿pueden utilizarse juntos una buena historia y el marketing olfativo?

Yo creo que sí. Las historias pueden ser cortas en forma de microrrelatos o nanorrelatos.

Una idea de marketing y storytelling sería que en una ciudad fuera de España se pusiera una valla publicitaria con una frase que aludiera a la capital de la Costa del Sol, Málaga.  Sería  un cartel austero de letras negras impresas sobre fondo blanco en el que se leyera :

¿Te acuerdas?  Y debajo en letras mayúsculas, MÁLAGA.

  Y que un difusor estratégicamente dispuesto, liberara aroma a jazmines, la flor que conforma la bella biznaga malagueña. Si esta valla estuviera en Londres, Berlín, Roma…
Más de un turista que estuvo en Málaga se conectaría emocionalmente con el mensaje.

La valla es storytelling simplificado quizás en una palabra o una frase, sin imágenes que sobreestimulen al cerebro. El bulbo olfatorio transmitiendo el mensaje y éste llegando al cerebro.

En un minuto, nuestro querido turista, está en mi ciudad: Málaga. Reviviendo la comida en la playa, el paseo por la Calle Larios en feria o la hermosa puesta de sol en el Paseo Marítimo.

Esto es storytelling, marketing olfatorio y emoción. Esto es vender la marca Málaga por el mundo.

Si necesitas ideas que atraigan a clientes, que potencien tu marca, aquí estoy:

Victoria Eugenia Muñoz Solano©, copywriter y escritora.

Créditos de imagen: 

<a href=”https://www.freepik.es/fotos/marco”>Foto de Marco creado por user15285612 – http://www.freepik.es</a&gt;

¿Para qué sirve el storytelling en el marketing ?

El storytelling o saber contar historias parece que es un oficio antiguo que poco tiene que ver con el marketing. Siempre pensamos en los cuentos y los relatos cortos, como forma de entretenimiento primero en la infancia, y más tarde, en la adultez.

Nuestro cerebro está hecho para contemplar el mundo de forma ordenada: para que todo tenga introducción, nudo y desenlace; así, sin darnos cuenta, estamos rodeados de historias. Con ellas aprendemos, crecemos y nos desarrollamos.

Los cuentos son necesarios para poder conocer y aprehender nuestro mundo y esto, no puede pasar desapercibido por los expertos en marketing.

¿Cómo empezó el storytelling?


El storytelling empezó hace siglos en la tradición oral; con el contador de historias en el centro de una hoguera y su público alrededor escuchando con atención. Estos cuentos inspiran, hacen pensar y generan acción en el receptor.  

Los anuncios de internet: los banners, anuncios en apps y ads de Google son mucho menos efectivos que una buena historia; los bloqueadores de anuncios y los servicios premium para evitarlos hacen que ya no sean tan útiles para el marketing. La alternativa más plausible para llegar al cliente es un buen storytelling.

¿Cómo hacer efectivo el storytelling?

El storytelling necesita que el cliente se sienta identificado con el protagonista de la historia y que la historia y su conclusión le hagan ejercer una acción que es la que busca el publicista: vender su producto.

Una historia que se podría usar para vender un servicio de coaching sería por ejemplo la historia de Rocky Balboa.  ¿Quién no pierde la ilusión ante las vicisitudes de la vida? Cualquiera puede sentirse identificado con Rocky al perder frente a su oponente Apollo Creed. Cualquiera, pierde “la mirada de tigre”.

Y la historia te cuenta que estés como estés, si quieres resurgir de las cenizas, debes volver a tener la ilusión. Esto le llevará al cliente a la acción y a pedir el servicio de coaching para tener el apoyo que sintió Rocky cuando Apollo Creed pasó de ser oponente a entrenador.

Ahora es el momento en el que los publicistas recurren más a los storytellers : contadores de historias que no solo transmiten y que entretienen, si no que a través de sus personajes son especialistas en vender el producto.

Y yo, humilde storyteller, estoy dispuesta a atraer a tus clientes a mi fogata.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

El lugar del eterno silencio

El viento silbaba como un ser vivo en la oscuridad del camposanto. Los cipreses negros carraspeaban con sus ramas, meciéndose una y otra vez en el éter de la noche. La necrópolis, océano de almas durmientes, había recibido nuevas incorporaciones: dos jóvenes que un día salieron de sus casas sin saber que seguirían un camino de no retorno. Hacía poco tiempo que tuvieron lugar sus respectivos velatorios y misas corpore insepulto. En el solitario lugar, dos pequeñas almas se contaban sus penas:

—Recuerdo que la misa fue interrumpida muchas veces por los llantos desgarrados. Sus padres y hermanas se abrazaban una y otra vez. Parecía que intentaran espantar a la muerte; pero todo esfuerzo fue inútil: Marta no abriría más sus preciosos ojos.
Al salir de la iglesia, en dirección al lugar de la inhumación pude ir siguiendo al séquito, siempre unos pasos más atrás, como me corresponde. Iba con la cabeza gacha; llorando por dentro. Aún no entiendo esto de la muerte, soy demasiado joven; de vez en cuando musito al cielo sollozando para que lo que ha ocurrido sea tan solo una mala pesadilla. Pero como bien sabes las súplicas no sirven de nada.

—Lo siento mucho por ti. A mí me ha pasado lo mismo y te entiendo…
Permíteme que te cuente mi historia:
El muchacho que aquí descansa, falleció hace poco como tu amiga; era hijo único. Con su muerte, desaparece para siempre la continuación de una importante estirpe de médicos. En la casa, ajeno a todo, aguardaba yo amodorrado a los pies de su cama. Era un día tan soleado y tranquilo como otro cualquiera. Nada hacía presagiar que todo cambiaría de esa forma. Los pájaros seguían trinando, la casa estaba como siempre pero desde aquel día ya nada sería igual…

Éramos tan felices. —suspiró—. Puedo afirmar con orgullo que juntos hemos estudiado la carrera de medicina. Le gustaba tenerme sobre su regazo, a pesar de lo gordo que estoy. Acariciar mis orejas, tirarme pelotas de papel, jugar a perseguirnos… Pero lo que más le gustaba de mí, era escuchar mi ronroneo satisfecho como soniquete de acompañamiento en sus noches en vela…

Ese día había estado tan tranquilo como siempre: durmiendo. Pero comencé a dejar de estarlo al ver que pasaban las horas y mi amigo seguía sin volver. Además era muy extraño que no hubiera nadie que me cambiara el agua o que me suministrara mi alimento. “No, definitivamente no es normal”, pensé. Así que dejé de reposar y de un salto me puse de pie sobre una mesa para ver a través de la ventana del piso superior.
El coche familiar no estaba y tampoco la moto de él. El tiempo había volado y no podía calcular desde qué momento me había quedado solo. Luego, cuando por fin volvió el coche pude ver que los que bajaban tenían sus ropas tan oscuras como mi pelaje. Y él no estaba: solo sus padres. No olvidaré la cara de la madre de Antonio: tenía marcados, profundamente, los rastros de haber llorado y el padre, parecía de corcho; simplemente había dejado de hablar.
Por eso decidí venir hasta aquí junto a él .Cambio con gusto mi cama blanda por esta dura losa. Pues por lo menos, no lo dejo solo.

—Deberías marcharte. Los gatos no siguen a sus amos a los cementerios.

—Pues vete tú. ¿Desde cuándo estás aquí?

— Estoy aquí desde que la enterraron. Pasaré todas las noches junto a ella. ¿Sabes que aún puedo sentir sus manos acariciando mi cabeza? Los perros no dejamos a nuestros dueños y como perrita bodeguera que soy, es inevitable que aquí me quede.

Pasaron los días. El gato gordo cada vez estaba más flaco y la perrita, antes tan parlanchina, apenas quería hablar. Se alimentaban de lo que pillaban, que era más bien poco en aquel lugar del silencio. El otoño languidecía, los días cada vez eran más cortos. El termómetro bajaba más y más. Los dos animales que al principio discutían y se miraban de reojo, comenzaron a apreciarse. Dormían pegados el uno al otro. Una noche, sobre la losa del muchacho; otra, sobre la de la chica.

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El viento silbaba como un ser vivo en la oscuridad del camposanto. Los dos temblaron abrazados. El frío mordía sus huesos de forma hiriente. Los cipreses carraspeaban con sus ramas meciéndose una y otra vez.

La perrita se despertó y vio sentada junto a ella a su querida Marta. Primero, no quiso parpadear por miedo a dejar de verla. Después, su rabo se movió con un ímpetu olvidado. La mano de la muchacha, antes cálida, le tocó el lomo con un tacto sutil y etéreo. El corazón le vibró como nunca: la espera había dado sus frutos. Miró a su izquierda y pudo ver a su amigo ronroneando sobre el regazo de Antonio. Otra vez la mano de su dueña rozó su cabeza:

—Mi querida Manchita, no sabes lo que te he echado de menos. Ese chico que está con el gato murió el mismo día que yo. Fue por una camioneta a la que le fallaron los frenos.
Él iba en moto y cayó. Yo, mejor… no te lo cuento. Nos conocíamos, ¿sabes? Nos queríamos con nuestras miradas. Cuando cruzábamos la calle siempre nos sonreíamos. Pero nunca llegamos a hablar. Es extraño: la muerte nos unió. Hasta estamos enterrados el uno junto al otro. ¿Ves ese resplandor? Es un ángel que nos ha permitido bajar. Nos está esperando para devolvernos al cielo.

El gato que escuchó a Marta dijo con apremio:
—¡Antonio, llevo pasando frío muchas noches! Apenas hay comida en este cementerio. Tal vez alguna rata que comparto con esa perrita. ¡Quién me iba a decir a mí, con una perrita! Con lo pendenciero y buscabocas que soy; pero es que a ella le pasó lo mismo que a mí: perdió a su dueña. ¿Sabes que he dejado de dormir en tu cama para hacerlo sobre tu losa? ¡No quiero separarme de ti!

—Lo siento, Bola. Sé que me quieres, pero hemos venido para que abandonéis este sitio. Bajo esta losa ya no estamos nosotros. Nuestras almas están muy lejos de este cementerio. Marta y yo somos felices en el cielo. Nos conocíamos de vernos en la calle. Pasaba ella y yo la miraba. Luego otro día, ella me sonreía… Nunca llegamos a conocernos. ¿Comprendes? La muerte no es el fin: ha sido nuestro comienzo.

—Es hora de que os despidáis de vuestros compañeros. —se escuchó una voz que procedía de una luz diáfana y brillante—. Si no dejan pronto este lugar, la Muerte se presentará de un momento a otro.
—¿Has escuchado, Manchita?
—Sí, mi querida Marta. —dijo manchita gimoteando.
—Tenemos que marcharnos. No es un adiós: más bien… un hasta luego. Juega a la pelota con mis hermanas y no te olvides de consolar a mamá cuando se acuerde de mí.
—Lo mismo te digo, Bola. Disfruta de nuevo de la comida y de tus siestas: ahora tendrás toda la cama para ti. Haz compañía a papá. Ronronéale, para que sienta de nuevo su corazón.

La luz envolvió a las dos tumbas. Las siluetas de Marta y Antonio se difuminaron junto a la gran luminaria. La bodeguera y el gato negro se quedaron solos; la oscuridad era total. El viento seguía soplando, cada vez más fuerte…

El gato se puso en pie. No tenía muchas fuerzas para sostenerse: mezcla de la debilidad de su cuerpo y de la impresión de haber visto a su dueño. Sin embargo, con una agilidad inusitada se bajó de la tumba.

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— ¿Adónde vas, gato?
—A casa. Tengo un trabajo muy importante que hacer con el padre de Antonio. Y tú, deberías hacer lo mismo.
Entonces la bodeguera dio una última ojeada a la foto de su amiga Marta. —volvió a gimotear—.Y de un gracioso brinco bajó de la tumba.

El sol emergía en el camposanto. A lo lejos, las siluetas de las dos pequeñas criaturas que volvían al hogar, dejando atrás, el lugar del eterno silencio.

 

Victoria Eugenia Muñoz Solano©
Este relato está registrado en la propiedad intelectual, cualquier copia o difusión sin el permiso de la autora estará infringiendo los derechos de autor.

He querido compartir este relato en la noche de Todos los Santos. Espero que os haya gustado y que quérais compartir conmigo vuestras impresiones. 

La amapola

Fue al amanecer cuando me encaramé sobre el trigo para olisquear el perfume a tierra mojada que manaba de los campos debido a la finísima lluvia. La primavera, hacía brotar las amapolas que semejaban a las arreboladas mejillas de las chiquillas que las recogían al borde de los caminos.AMAPOLA1

 

Yo, que soy nuevo en este mundo, recién llegado a la madurez, oteaba el horizonte buscando a una compañerita con la que compartir mi recién estrenado nido. De tanto apoyarme en la espiga me caí a la zona embarrada y las patas y todo el pelaje se me ensuciaron. Decidí que así no podía presentarme ante una damisela de preciosas y curvadas orejas. Tendría que dejar mis tentativas de cortejo para más adelante. Volví hacia mi gramínea pero al subir, resbalé.

Entre las ramas secas del suelo, una sibilante serpiente apareció no sé yo de dónde. Abrió y descoyuntó  su boca y me quedé encajado dentro. Nunca había estado tan apurado, ni siquiera con los gatos que rondaban por las noches. Mi corazoncillo gritaba encerrado en mi cuerpo. Mi cabeza ya no pensaba, del miedo sentí desmayarme.

Súbitamente el cielo se trasformó en plomo. Un trueno hizo que la serpiente se moviera agitada. El suelo que ya estaba algo encharcado, ahora rezumaba agua  y la “bicha” tuvo que soltarme para no ahogarse. La mano de Dios tenía que estar en la providencial tormenta, porque,  ¿quién si no iba a salvar a un humilde ratoncillo de aquel súbdito de Satán?

Era el atardecer. Los vencejos bailoteaban contentos. El cielo se tornó trasparente, y unos colores lo llenaron: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Por delante, pasó un mirlo dando pequeños saltitos, hincaba su pico en el suelo sacando lombrices con gran rapidez y maestría.

Me fui directo a él pues al tener más edad que yo, tenía que haber visto antes ese espectáculo de color:

-¿Qué es esto que hay en el cielo, señor?- le pregunté aún asombrado mientras señalaba.

– Es el arco iris, que siempre surge justo después de perder la esperanza.

  Feliz tras contemplar tanta belleza, y con la ilusión por vivir recuperada, pues prácticamente me daba por muerto; comí un poco de grano, respiré hondo y me acicalé lo mejor que pude. Estaba dispuesto a encontrar a la amapola de mis sueños: de bellas orejas curvas y pelaje argénteo como la luna.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

Vuelta al blog

Queridos lectores:

Hace tiempo que no publico mis cuentos y relatos en el blog, pero quiero retomarlo y espero que con ilusiones renovadas y con todo el empuje. Me gustaría que esta vez colaboréis opinando y no solo leyendo, pues un escritor necesita del feedback de los lectores. (Si me decís que no os llego con la historia, haré mayor esfuerzo por llegar y si por el contrario me respondéis que sí os gusta, tendré una auténtica motivación para continuar y seguir mejorando.

Un abrazo

Victoria Eugenia Muñoz Solano

Vídeo reseña de “Las puertas de la literatura”

Carlos Mauricio Jr. es un booktuber mexicano que tiene, en mi opinión, el mejor canal de reseñas de Youtube. Carlos es un ávido lector que lee con pasión y que disfruta verdaderamente de la literatura. Es por todo ello,  por lo que le sigo desde hace tiempo.

Recuerdo que mientras escribía “El senderista” soñaba con terminarla cuanto antes porque quería que este booktuber leyera mi novela y opinara sobre ella. Le tengo en gran estima y para mí su opinión es más que válida.

Para los que quieran reír viendo reseñas ingeniosas, salpicadas de buen humor y amor a los libros, les recomiendo que se suscriban a “Las puertas de la literatura” de Carlos Mauricio Jr.
Y ahora, queridos lectores, les invito a que disfruten de su vídeo reseña sobre “El senderista”:

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Reseña de “El senderista” en el blog “Mis queridos sabuesos”

Queridos lectores:

Hoy me he encontrado con la sorpresa de una magnífica reseña de mi novela, El senderista, en el blog de novela negra “Mis queridos sabuesos“. Un blog llevado magistralmente por Julio de Mingo González y que cada vez cuenta con más y más seguidores.

Os pongo el link de la reseña que ha tenido la deferencia de hacerme este lector incansable de novela policíaca; que decidió un buen día comprar mi novela en formato papel. (Se nota que es un romántico de la literatura.)

Seguid el link para ver su reseña:

http://misqueridossabuesos.blogspot.com.es/2015/12/el-senderista.html

El senderista