Habemus Papam

— De este año no pasa.

—Estoy de acuerdo. ¿Qué te parece Georg, te unirás a nosotros? — dijo Angelo.

Georg estaba callado con los ojos perdidos en el horizonte. Escuchaba la conversación con atención pero no podía evitar pensar que aquello le sobrepasaba, sus voces retumbaban en la gran sala con un eco que parecía ajeno a él. Sin embargo, al estar presente, se estaba metiendo en el lodo casi sin darse cuenta. Aquellos príncipes de la Iglesia, estaban muy lejos de lo que debería de proceder de los continuadores de la obra de Cristo: eran una sucesión de caras regordetas, ambiciosas, grotescas que entre risas le llevaba a pensar que se comportaban como verdaderos representantes de Lucifer en la tierra.

— Sí, haré lo que me pidáis. —respondió intentando que su voz no flaqueara.

No podía negarse después de haber escuchado los planes que llevaban ejecutando durante el 2012 pues se exponía a que encargaran su final junto al de Su Santidad. Supo que fue en enero cuando empezó todo. El papa estaba resfriado y le estuvieron inyectando estreptozotocina, una sustancia que se usa en ratas de experimentación para inducir la aparición de diabetes. Tras un tiempo prudencial en el que el páncreas del papa hubiese dejado de funcionar lo único que tenían que hacer era servirle un café extremadamente dulce. La monja cocinera también estaba enterada: grandes cucharas de azúcar en todo lo que fuera necesario endulzar. Así sin dejar huellas, el papa cada vez estaba más cansado y delgado, pronto dormiría para siempre.
Disimuló lo que pudo. Y preguntó:

—Cuando Dios tenga a bien llevar a Su Santidad a su lado, ¿qué tenéis previsto?

Las risas estallaron en la sala.

El cardenal Angelo se acercó a Georg, rodeando con su brazo el hombro del secretario:

— Vendrá su sucesor ideal: viejo, italiano y de fácil manejo. Ya no tendremos que preocuparnos porque nos excomulguen; digamos ejem… que por salirnos de la senda correcta. Y si el nuevo, no se comporta, ya sabemos lo que hay que hacer. Necesitamos que nos ayudes.

—¿Cómo?

— Su Santidad, sospecha que algo le pasa. Llamará a un nuevo médico que no estará de nuestro lado como el actual. Y éste le dirá, la verdad sobre su analítica y le prescribirá insulina. Tienes que convencerlo de que está viviendo el proceso normal de la vejez. Que debe de resignarse. El papa confía en ti como si fueras su hijo.

La cara del secretario palideció. Se estaba poniendo enfermo ante el cinismo del cardenal. Cuando terminó la reunión intentó no ir directamente al despacho del papa. Sabía que todos sus movimientos serían vigilados.

Al finalizar el día, fue a su dormitorio.

— Tengo que contarle algo importante.

—Debes hacerlo pronto Georg, me muero de sueño.— le dijo con los ojos entreabiertos.

— Prepárese porque es muy duro… A ver cómo empiezo… Su cocinera, Sor Luciana, le está poniendo grandes cantidades de azúcar en la comida.

—Ya me he dado cuenta que todo está demasiado empalagoso. Se lo diré al mayordomo. ¿Nada más?

—No, se lo explicaré mejor; lo que quería decirle es que le están matando poco a poco. Hace un año le suministraron una droga para ratas de laboratorio. La droga le ha destruido sus islotes pancreáticos y por ello no producirá más insulina. El azúcar está actuando en su cuerpo como un veneno silencioso.

—¿Y qué puedo hacer?

Georg y Ratzinger estuvieron hablando toda la noche. A los pocos días, el papa consternó al mundo anunciando su renuncia.

—¿Qué es esto, Georg? ¿Tienes algo que ver con la renuncia de Su Santidad? — le preguntó Angelo.

—No, más bien el cansancio acumulado por los subidones de glucosa que le ha estado procurando Sor Luciana. —respondió el secretario sonriéndose.

El papa y él ya habían elegido sucesor. Era un cardenal de ojos rasgados y joven. Ni italiano ni manipulable.

La fumata blanca apareció a la tercera. Cómo consiguieron que de los 120 cardenales más de dos tercios lo eligieran ya es otra historia.

¡Habemus Papam! —anunció el cardenal protodiácono desde el balcón de la Basílica de San Pedro.
Eminentissimum ac reverendissimum Dominum,
Dominum Ludovicum,
Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Tagle,
Qui sibi nomen imposuit Ioannis Pauli tertii

Tenemos Papa:
El eminentísimo y reverendísimo Señor,
Don Ludovicum
Cardenal de la Santa Iglesia Romana Tagle,
Que se ha impuesto el nombre de Ioannis Pauli tertii

Los pequeños ojos de Juan Pablo III se llenaron de lágrimas, le dio incluso un mareo de alegría al tiempo que de ansiedad por la gran responsabilidad de tener que llevar las sandalias del pescador. Salió al balcón, pronunció unas tambaleantes palabras e impartió su primera bendición Urbi et Orbi.

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Para ti lector:

Espero que te haya gustado esta ficción que hipotetiza a modo de thriller sobre el motivo de la renuncia del papa Benedicto XVI y que vislumbra al nuevo papa de entre los papables. Si tuviera voto en la elección, mi papa sería Luis Tagle, el cardenal filipino de cara amable y que bien se podría llamar Juan Pablo III. La elección de este papa inesperado y atípico abriría, según mi punto de vista, un nuevo horizonte  al rumbo de la Iglesia.

Quisiera poder leer tus comentarios y críticas, siempre que sean constructivas.  Te recuerdo, querido lector, que esto es una FICCIÓN pues yo ni vivo en Roma ni estoy en las conversaciones entre los cardenales y el secretario del papa. Mi imaginación me ha llevado a esta historia de conspiraciones y ambiciones; que plasmo en mi blog para que tú también la disfrutes

Un fuerte abrazo

Victoria Eugenia

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La mudanza (Parte II)

Si no has leído la primera parte aquí tienes el link: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza/

LA MUDANZA (PARTE II)

James, recorría las carreteras pisando el acelerador a fondo. Las curvas las tomaba como si estuviera compitiendo en un rally. “Menos mal que a esta hora apenas hay circulación”—se dijo James secando el sudor que recorría su cara. El corazón golpeteaba su pecho de forma insistente.

Acababa de cargarse a su vecina y a una de las niñas, con las que llevaba conviviendo más de diez años. Un nudo se le hizo en el estómago recordando el olor de la cara ensangrentada de la madre bajo la lona recalentada de la caseta. Paró la camioneta en el arcén y vomitó toda la merienda que tan ricamente le había servido Kate: los crêpes con mermelada de arándanos y el estimulante té, dulce invierno.

Así, mientras su boca se quedó con el regusto amargo de la hiel, su conciencia se encontraba totalmente vacía. Un rato después, consiguió relajarse mientras escuchaba la canción “Love me tender” que sonaba en la radio y que tarareó con gusto y añoranza del que fuera “El Rey”. Además ya se encontraba casi en la calle de atrás de su casa.
“Espero que Kate no haya dejado que las niñas sospechen nada”. —se dijo.

Una vez bajó del coche y tras lavarse bien sus manos polvorientas y con restos de sangre, entró en el jardín dónde se encontraban jugando Susie y Abbie con Capitán. Se acercó con gesto distendido y sonriente.

—Niñas, he tenido que llevar a vuestra madre y a vuestra hermana al hospital a visitar a una tía vuestra que se ha puesto muy enferma.
—¿Por qué no nos han dicho que se iban?—inquirió Susie.
—Por lo visto, era muy urgente. No sé como decíroslo… pero vuestra tía está muy grave y no va aguantar mucho más. Por ello, les he ofrecido llevarlas yo mismo en la camioneta. — “En eso no estaba mintiendo”, pensó.
—¿Con quién nos quedaremos?—dijo Susie preocupada.
— Ya todo está acordado. Os quedaréis con nosotros. Ahora, vamos a viajar; subid a la camioneta.
—¿Y Kate? ¿No viene? —preguntó Abbie con ojos llorosos.
El hombre les contestó que ya vendría luego y que no preguntaran tanto, que esto iba a ser un par de días a lo sumo. Las subió en el coche, le dio un beso a su mujer y arrancó el vehículo con cierta brusquedad. Las niñas miraron por la ventanilla despidiéndose de su casa sin saber cuál iba a ser su destino. Estaban relajadas, dentro de lo que cabía, ya que confiaban en la pareja; después de todo, habían crecido teniéndolos como vecinos.

Habían pasado unos días desde que llegaron a aquella casa entre montañas. James las distraía para que no pensaran, contándoles cuentos y enseñándoles los animales que vivían en su pequeña granja en medio de la nada.

—El lugar dónde estamos es precioso, ¿verdad Abbie? ¡Qué pena que Mary se fuera con mamá al funeral de la tía! James se está portando muy bien con nosotras, casi mejor que mamá; nos trae hasta el desayuno a la cama…Crepês y zumo de naranja.

Abbie no lo estaba pasando tan bien. Aunque era más pequeña tenía la sensación de que algo iba mal. Su madre nunca las había dejado anteriormente con nadie. Encima ya había pasado casi una semana. Quería ver a mamá y si tenía que acribillar a James a preguntas lo haría hasta que le dijera algo.

— Susie, creo que a mamá le ha pasado algo. Yo quiero ver a mamá. —Abbie comenzó a llorar desconsoladamente—. ¿Te acuerdas cuando papá se puso malito? Mamá nos dejó con los abuelos, y estuvimos casi un mes con ellos. Y todo porque papá se había ido al cielo… Y sí…y sí mamá…

Susie aunque era la hermana mediana, ahora actuaba como la hermana mayor, le dijo a Abbie que se dejara de tonterías. Que a mamá no le iba a pasar como a papá y que ella estaba tranquila porque mamá no estaba sola sino que la acompañaba Mary.

Abbie se abrazó a su hermana. Susie, que quería aparentar tranquilidad, comenzó a sentir una zozobra que no podía soportar. James había ido a comprar comida, y cuando volviera no le iba a dejar bajar de la camioneta sin que le diera noticias de su madre y de su hermana.

En el colegio de primaria de Nevada habían estado durante varios días llamando al móvil de Christine pero sólo conseguían escuchar el mensaje del buzón de voz. Como habían pasado varios días desde que Christine tenía que haberse incorporado a su trabajo, decidieron denunciarlo a la policía de Las Vegas, la cual se puso rápidamente en contacto con la de Montana.

El Sheriff del condado fue personalmente a la casa de los Smith. Al ver que no había nadie, llamó a la puerta de los Robinson para preguntar si sabían algo del paradero de Christine Smith y de su familia. Kate estaba prevenida de que llegaría el momento de que esto ocurriera, así que cuando Peter Duncan le dijo que la vecina llevaba en paradero desconocido una semana, puso una fingida cara de sorpresa que luego trocó en cara de consternación.

Le contó al Sheriff que Christine había emprendido un viaje hacia Nevada con toda la familia pues la habían contratado como maestra en un colegio de primaria de Las Vegas. Luego, apesadumbrada contó que los Smith habían perdido hacia cosa de un año, al cabeza de familia debido a una larga enfermedad.
El policía interrumpió el amago de llanto de Kate:

—Señora, ¿su perro tenía algún contacto con las niñas?
—Sí, a las niñas les encanta Capitán. Aunque vea que impone por su tamaño, en realidad es muy juguetón… —Kate se mordió los labios.
—Entonces, el perro podría ayudarnos. Si le damos ropita de las niñas nos podría conducir hasta dónde estén. Hemos encontrado muchos objetos en el coche que creo que nos valdrán para que el perro siga el rastro.

La cara de Kate se tornó pálida como la luna. Nunca hubiese imaginado que iba a flaquear su plan por algo tan tonto; no debería haber dicho que el perro jugaba con las niñas. Aunque, todo no estaba perdido puesto que no confiaba que Capitán fuera capaz de orientar a la policía hacia ningún lugar: era un animal torpe y un tanto bobalicón.

El Sheriff le enseñó un osito, una camiseta y una cazadora vaquera que se encontraban sueltas en la parte trasera del coche de Christine. Primero, las miró curioso. Parecía que pensaba que el Sheriff iba a jugar con él a su pasatiempo favorito: perseguir cosas que le arrojaran lejos. Sin embargo, como si el Gran Danés fuera un perro policía veterano, comenzó a husmear las prendas con total dedicación.

—Creo que es una pérdida de tiempo, Sheriff.— advirtió Kate—. El perro no sabe rastrear. Apenas sale del jardín. No se le puede pedir tanto.

Aunque Kate no dejaba de dar a entender que su perro era un inútil, Capitán comenzó a husmear el suelo con fruición; se fue directamente al coche de los Smith. Con su húmedo hocico recorrió el automóvil desde la parte delantera a la trasera; parecía que quería confirmar que el olor que había detectado procedía de allí, tras esto, se dio la vuelta. Corrió hacia la puerta trasera de la casa de los Robinson. Kate miraba incrédula a su perro con los ojos abiertos de par en par, pues el animal se estaba dirigiendo sin titubeos hacia dónde estuvo aparcada la camioneta de James.

“Por favor, que sea una simple casualidad”—se decía horrorizada.

Pero no existía casualidad en su instinto y ahora olisqueaba la carretera. Capitán empezó a tironear de la correa como un potro desbocado. El Sheriff, que la sostenía, no tuvo más remedio que correr a galope.

—Subamos al coche, Taylor. ¡No puedo más! —dijo a su subordinado con la camisa pegada al cuerpo por el sudor.

Siguieron a un ritmo frenético. Capitán, sólo quería volver a “jugar” a la pelota con sus amigas. Tras un cuarto de hora de camino, inopinadamente, el perro se paró en seco entre dos bifurcaciones de la carretera. Miraba a derecha e izquierda; estaba indeciso, en un lado el rastro era más penetrante que en otro. Sintió la aromática humedad típica de cuando desenterraba en el jardín huesos con restos de carne que él mismo escondía cuando estaba harto de comer. También ese olor punzante, olía a una de sus queridas amiguitas…

CONTINUARÁ…

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

LINK DE LA TERCERA PARTE: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/05/la-mudanza-parte-iii/

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Espero que estés más enganchad@ a la historia y vengas a leer el post de mañana. Si os está gustando dejadme un mensaje 😉

La mudanza

—¿Queréis que os ayude con la mudanza? Estoy de vacaciones y después de tantos años… creo que es lo menos que puedo hacer.
—No te preocupes, James. Nosotras nos apañamos bien. No tenemos tanto que guardar. Gracias de todos modos.
—Nevada está lejísimos y si nadie te echa una mano acabarás cansada antes de tiempo y no podrás conducir toda la noche. Además ahora que no está George… Creo que os hace falta la ayuda de un hombre.—dijo James sonriendo.
Kate se asomó por la valla que separaba ambos jardines y le dijo a Christine que por favor dejara que su marido acarreara todos los bártulos.
—Es una pena que os vayáis tan lejos. Seguramente no volvamos a vernos. Anda, deja que las niñas jueguen por última vez con “Capitán”.
Capitán era un Gran Danés que siempre que veía entrar a las hijas de Christine a su jardín, las tiraba al suelo con sus lametazos; a pesar de que su tamaño era imponente, era un animal bonachón que quería a las niñas con devoción, ya que eran las únicas que tenían la paciencia de tirarle sus juguetitos y volvérselos a tirar cuando los recogía.

James se acercó al coche y fue colocando cajas en la parte superior. Mientras que Christine lo miraba agradecida pensando que por lo menos cuando llegara la noche podría conducir durante algunas horas más de las que había calculado en un principio. Sabía que las Vegas no era el mejor sitio para criar a tres niñas, dos de ellas ya adolescentes, pero era el lugar dónde estaba su nuevo trabajo como maestra de un colegio de enseñanza primaria y no podía rechazar aquella oferta de empleo aunque ello significara alejarse muchos kilómetros de su querida y tranquila Montana.
Cuando todo estaba colocado y las niñas dispuestas, se escuchó la voz de Kate llamando a Christine desde el interior de su casa.
“Seguramente los Robinson quieran darme algún regalo de despedida.”—pensó Christine. Mary, la hija mayor de Christine, que también tenía mucho afecto a los vecinos entró en la casa junto a su madre.

En cuanto estuvieron en el hall no les dio tiempo a mirar nada más, ya que repentinamente, sus ojos fueron tapados al tiempo que sus bocas amordazadas. Ambas, asustadas, sin saber qué era lo que ocurría alrededor golpeaban el aire dando brazadas inútiles rebelándose en contra de quienes las estaban agarrando. Mary notó el tacto de un pañuelo de seda recorriendo su cuello; y luego, la sequedad de las manos encallecidas de James en torno a su nuca. Christine que escuchaba los gritos ahogados de su hija se tiró al suelo intentando zafarse de las cuerdas que Kate estaba disponiendo alrededor de su cuerpo.
—¡Ten cuidado con la puta de la madre!—gritó James a su esposa.
— ¡Mata ya a la niña! No podré sujetar a Christine por mucho tiempo.
Se escuchó un crujido horripilante de huesos. El cuerpo, cayó al suelo como si fuera el de una muñeca de trapo.

La madre que lo escuchó todo, comenzó a patear sin ton ni son. Los Robinson que estaban hipnotizados contemplando su “obra”, al ver que su prisionera escapaba de las cuerdas, dejaron de mirar el cuerpo de la chica; para abalanzarse sobre la madre. Mientras Kate sujetaba a la mujer postrada en el suelo, James no paraba de reír a carcajadas histriónicamente. Parecía uno de esos “malos” enajenados de las películas batiendo con sus risotadas el aire, abría y cerraba la mandíbula con la cara desencajada.
Mientras tanto, Kate llena de odio la insultaba sin piedad:
—Tenías que haber entrado solita, ¡zorra! —Le dio una patada en la cara.—Ahora tu hija está muerta, ¿sabes? Y no hacía falta matarla a ella: sólo queríamos matarte a ti.
Las lágrimas y la sangre de Christine habían empapado el pañuelo que le tapaba los ojos; gracias a esto, se le había caído parcialmente, pudiendo ver por un pequeño resquicio; incrédula, contempló que era cierto… En frente tenía el cuerpo sin vida de Mary.
Sacando fuerzas de flaqueza, a pesar del pánico atroz que estaba sufriendo, en un descuido de Kate, consiguió liberar una de sus piernas y de una patada la derribó contra el suelo. Ahora había logrado soltar sus dos piernas y comenzó a golpear salvajemente el vientre de su vecina con la intención de reventarla por dentro. James, auxiliando a su esposa, sólo tuvo que agacharse hacia la cabeza de Christine…
Un crujido largo y seco y luego todo quedó en silencio.
—¡Bien!— dijo Kate, mientras se acariciaba el vientre asustada y dolorida por las patadas proferidas por Christine—. Llévatelas en la camioneta a la finca de tu madre. Mientras, iré a la casa de los Smith para distraer a las niñas con Capitán. Sal por atrás, así no te podrán ver y creerán que la madre y la hermana están de cháchara contigo.

James metió los cuerpos en su vehículo. Condujo unos kilómetros; entrando por una parte alejada de la casa con el objeto de que su “vieja” no lo viera. Llegó hasta la caseta de las herramientas y allí escondió bajo unas lonas y un montón de utillaje a la madre y a la muchacha.


“Tendré que volver para enterrarlas pero por ahora aquí estarán bien”.—se dijo James sudoroso tras terminar el trabajo.
Rápidamente volvió a la camioneta. Kate no podía estar entreteniendo eternamente a las niñas, además sabía que eran lo suficientemente avispadas como para olerse algo más pronto que tarde.
—¿Dónde están mamá y Mary?— preguntó a Kate con voz angustiada la pequeña Abbie de siete años—. ¡Se nos va a hacer tarde!
—Es verdad, ya llevan casi una hora en vuestra casa. Y mamá dijo que teníamos que salir cuanto antes.—replicó Susie, la hermana mediana, haciendo ademán de ir a buscarlas.
—Están despidiéndose de James. —se interpuso la mujer en el camino—.¿No os gustaría que mientras estén dentro, juguemos un rato más con Capitán? Mira, que ya no volveréis a verlo.
Las niñas se miraron. Y sin hablar, decidieron que seguirían correteando por el césped un rato más junto al incansable Gran Danés.

CONTINUARÁ ….

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano

La mudanza (PARTE II) LINK: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza-parte-ii-2/

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Este es un relato largo de intriga (12 páginas) que voy a publicar por entregas en  días consecutivos. Espero que os enganche y queráis descubrir el final.

Os agradeceré vuestros comentarios para saber vuestras impresiones.

Un saludo

Victoria Eugenia

El héroe de la línea 5

Era una mañana cualquiera de un día que parecía ser como otro cualquiera. Tomé la línea 5 del metro en la estación de Gavarra. Llevaba mi maletín y vestía un traje impecable de color gris marengo: soy representante de farmacia.

Al entrar en el vagón, me crucé con una muchacha que también solía subir a esa hora. Ella siempre me sonreía con ojos de deseo. Le devolví la sonrisa, la miré y pensé que un día de estos tenía que preguntarle si le apetecería salir. Dentro contemplé las extrañas caras conocidas de todas las jornadas y a las que no había visto nunca y que quizás no volvería a ver. Suele pasar en las grandes ciudades como Barcelona, dónde hay un eterno trasiego de transeúntes que vienen y vuelven en el día. Miré al que estaba sentado delante de mí. Era un hombre de raza negra acompañado por un pequeño de tres años. A mi lado, una mujer que de cuando en cuando, se sonreía leyendo una novela de Terenci Moix. El hombre que tenía al pequeño, lo tomó en brazos y lo puso delante de la webcam de su portátil. Me fijé en la pantalla, y vi que tenía abierta una ventana del programa Skype. Con esfuerzo evitando el brillo del lcd, pude vislumbrar a una bella mujer del mismo color de “La Moreneta”. La chica lloraba a lágrima viva. “Será la madre del chavalín. Deben de estar lejos y se conectan por internet”, pensé. Pero al tiempo, me chocó su gesto; pues en lugar de emoción y alegría, su cara estaba llena de angustia y de miedo. Agucé el oído, pero no pude entender lo que decían. El niño comenzó a llorar también. Levanté la vista y vi los fuertes brazos del hombre rodeando el cuerpecito del niño. Él le indicó con su mano abierta el número cinco. Ella movió la cabeza positivamente, y sin más, acabó la conversación cerrando con brusquedad la pantalla del portátil. En el fondo del vagón vi providencialmente a Jordi, un Mosso d’Esquadra que vivía en mi barrio. Fui hacia él, le dije que se fijara en el individuo del ordenador; puesto que sospechaba que algo raro tenía entre manos.

—Lo siento, no puedo detenerle por hablar con alguien que llora a través de internet.
—Entonces, ¿no vas a hacer nada? —mi voz se llenó de indignación.

Volví a mi asiento; el corazón comenzó a latirme fuerte. Estaba muy nervioso. Sin pensarlo, me levanté, y le pedí el portátil. El individuo me mostró sus grandes músculos. Yo le enseñé un carné de mi empresa como si fuera un carné de la interpol. Forcejeamos. El metro se paró en una estación y, aprovechó para apearse. Corrí tras él.

Para darle alcance, tiré mi maletín con mi muestrario de psicofármacos. De repente, el hombre se precipitó al suelo al tropezarse con un banco de la estación. El niño también cayó violentamente y lloraba con tanta fuerza que rápidamente se hizo un corro de curiosos alrededor. Le chillé pidiéndole el portátil. Sacó una pistola. Aunque parezca cobarde, salí huyendo, pues no estaba dispuesto a perder la vida. Sentí un bocado a la altura de mi muslo izquierdo. Toqué mi pierna y estaba empapada. Me derrumbé. Después de eso, sólo me acuerdo de esta habitación de hospital.

La enfermera que había escuchado toda mi historia, sonriéndose, me traía La Vanguardia. El titular rezaba: “Héroe en la línea 5: salva a un niño del secuestro y a su madre de la prostitución forzada”.

Más abajo contaba pormenorizadamente lo que me había ocurrido. Mis ojos miraban atónitos el artículo del diario; mientras tanto, la enfermera tomó mi mano sonriéndome con los mismos ojos de deseo de todas las mañanas. Finalmente hoy no iba a ser otro día cualquiera.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Al final del pasillo

(Link de la dramatización radiofónica al final del post)

Ya han pasado diez años y lo sigo recordando como si fuera hoy a pesar de que entonces tan sólo era una pequeña preadolescente de once años. Cuando aquello ocurrió no tuve más remedio que madurar de golpe, sin duda os preguntareis el motivo, os contaré qué me pasó y entenderéis lo duras que fueron aquellas circunstancias para mí…

Mi familia estaba formada únicamente por mis padres y yo. Aunque sabía que anteriormente a mí tuvieron otro hijo que desgraciadamente murió.

Por entonces, mi padre se dedicaba a la compra de casas en subastas. Un día nos anunció que había comprado, a muy bajo precio, una casa enorme que estaba a las afueras de la ciudad. Luego nos dijo, al ver nuestras caras, que no nos preocupáramos que con un poco de arreglo aquella casona se convertiría en una mansión maravillosa y afirmó que nos mudaríamos pronto.

A mí, chica de ciudad, la nueva situación me ilusionó muchísimo. Sin embargo, a mi madre acostumbrada al ajetreo de la urbe, aquello le pareció un auténtico encierro.  ¿Qué creéis que pasó? Pues que definitivamente y pese a todo, nos fuimos a vivir allí.

La casa, tenía una lánguida belleza victoriana: con un estanque lleno de nenúfares y una vegetación que escalaba las paredes produciendo una bucólica sensación de retiro… Aunque me pareció que aquella era una tranquilidad irreal debido a que aquel sosiego, se percibía extraño; como de ultratumba…

Mi casa—pensé—. Allí, sobre la colina. Única en el horizonte; sin atisbo de vecindad.

Al entrar, era fácil desorientarse. Sobre todo en la distribución del piso superior que tenía cuatro pasillos tan largos que no se llegaba a ver el final ni siquiera de día.

 Mi padre dijo tras recorrer todas las estancias:

—Tengo que poner lámparas en estos pasillos cuanto antes—. su voz sonaba trémula y vacía en la oscuridad; mientras decía esto, el vaho iba emergiendo de su boca como si fuera un torrente fantasmagórico. Lo cierto es que la soledad de aquella negrura me inspiraba una inquietud febril y primitiva.

Esa tristeza, se palpaba sobre todo en uno de los cuatro pasillos; allí pensó mi padre que la disposición de luces urgía más ya que para llegar a la planta baja había que pasar forzosamente por parte de éste…

Ya en el primer día de vivir allí, me di cuenta de que al final de ese pasillo se vislumbraba una pesada puerta que no tenía nada que ver con las del resto de la casa. Era como uno de esos portones medievales que se ven en las películas: rematados con clavos y refuerzos de hierro.

—Oye papá, ¿ has visto esa puerta del final del pasillo?

—No, no me he fijado, ¿qué le ocurre?

— Que es diferente. Podríamos mirar a ver qué hay dentro. —repliqué.

—Claro hija, vamos a ver qué hay.

Mi padre lo intentó una vez, pero no pudo; más tarde trajo todo su arsenal de herramientas. Sin embargo, todo fue en vano.
—Mira, hija… Lo siento pero desisto. Ya mañana la abriremos.

El sol caía sobre el horizonte y agotados, nos acostamos. Era la primera noche en nuestra nueva casa; noche en la que pasó lo más extraño…

Estaba durmiendo tranquilamente pero me entró mucha sed y decidí ir a la cocina. Sin saber el motivo me estremecí; quizás era porque sabía que para llegar hasta allí, tendría que atravesar el pasillo.

Iba recta y rígida e hice lo que no tenía que haber hecho: mirar hacia la puerta del final del pasillo…

—¡La puerta está abierta! —grité en el éter de la noche. Escuchando la reverberación de mi voz recorriendo las estancias de la casa.

Mi curiosidad podía más que el miedo atenazante que estaba sintiendo y con paso inseguro decidí acercarme, para ver qué guardaba la misteriosa habitación. Pero escuché algo que me paró en seco…

Era un niño sollozando y que con voz casi ininteligible decía:

–Estoy pero no estoy… Estoy pero no estoy y luego, volvía a llorar.
Entonces, inevitablemente, tuve que acercarme más pues me dije que debían de haber encerrado a un niño dentro de aquel cuarto. Cuando estaba ya a dos pasos de mirar la habitación, la puerta se cerró de golpe.  Le pregunté al niño del otro lado de la puerta si estaba bien, como respuesta sólo obtuve silencio. Le llamé otra vez, y me despedí diciéndole que no se preocupara que mi padre lo sacaría de allí.

Ni que decir tiene que me fui directa al cuarto de mis padres para sacar a mi padre de la cama. Lo zarandeé tirándole del pijama hasta que conseguí despertarlo al tiempo que le explicaba atropelladamente lo que acababa de sucederme. Mientras que con ojos somnolientos él me decía:

—Hija, eso es que has debido soñarlo; estas impresionada por la novedad de vivir en esta casa tan antigua.

—¡No papá! —le miré con impotencia—.He escuchado a un niño que lloraba desconsolado.— musité como si quisiera evitar que mi voz llegara al final del pasillo.

Al oír todo esto mi madre se mostró muy nerviosa y empezó a gritarle a mi padre:

—Me voy a marchar de esta casa. ¡Nunca debimos mudarnos!
—Cariño, tranquilízate de una vez. Seguramente ha sido un sueño de la niña.

De acuerdo, hija, — se volvió hacia mí—, vamos a ir juntos a ver esa puerta para cerciorarnos que no hay nadie.

Pero la puerta se mostró igual que el día anterior: inexpugnable.
—¿¡Qué ha ocurrido!?—me pregunté. ¿Todo había sido fruto de mi imaginación?
—Ves, ¿Carmen? Sólo fue un mal sueño. —me contestó con tono paternal.

La siguiente noche ocurrió lo mismo, pero esta vez fue mi padre el que tuvo la amarga visión del niño llorando al final del pasillo. Corrió sin pensarlo para sacarlo de aquella habitación, pero la puerta volvió a cerrarse delante de sus narices.
—¡ Cielo santo! Carmen tenía razón esto debe de ser algo más que una horrible pesadilla.

Mi padre echó a correr a la alcoba a buscar a mi madre y se lo contó, pero no le quiso creer. Ella aprovechó para volver a recriminarle el error del cambio de casa. Yo los escuchaba discutir al otro lado de la habitación pues sus voces acaloradas parecían ladridos. Me sentí en cierto modo culpable de aquella discusión.

Le dijo mi madre:

—No vuelvas a asustarme si no quieres que coja las maletas y te abandone a ti y a la niña a vuestra suerte en esta horrible casa.
Sin duda esa forma tan extraña de actuar de mi madre a mi padre le afectó y ya no volvió a mencionarle aquel fenómeno que seguía aconteciendo todas las noches…

Una mañana mi padre empezó a quejarse del estómago cosa que no era normal en él. Vomitó todo el desayuno. Después le vinieron unos dolores tan grandes que terminó retorciéndose por el suelo; comenzó a convulsionar, saliéndole por la boca una saliva espumosa y rosada. Me miró sin mirarme y los ojos se le quedaron casi fuera de las órbitas, estrábicos. Su cara estaba desencajada…

Mi madre chillaba y lloraba y yo, no sabía qué hacer ante aquella dantesca situación.
Pronto se recompuso y rápidamente llamó al médico; más tarde, a la funeraria y luego a todos los familiares.  Muy segura y sin expresar toda la pena que sería lo normal para semejante catástrofe…

Entonces pensé que si perdió a mi hermano siendo él un niño ella debía de estar endurecida ante tan luctuosas circunstancias.

Tras la salida del cuerpo sin vida de mi querido padre me dijo :

—Nos vamos de la casa esta misma noche, ni una más.

—“Normal que no quiera permanecer aquí más tiempo”. —pensé.

Cuando ya salíamos por el umbral de la puerta, de vuelta a nuestro pisito, aquel que dejamos para vivir en aquella casona; una lluvia torrencial nos sorprendió, mi madre tiró de mí con fuerza para que subiéramos pronto al coche, pero éste no arrancaba…

—¡¿Se habrá descargado la batería?! ¡Maldito coche! –exclamó mirando al vehículo y dándole una patada a una de sus ruedas mientras la lluvia burbujeaba en los charcos formados en el jardín.

Ante tanta contrariedad no tuvimos más remedio que pernoctar una vez más en la casa.
Mi madre estaba fuera de sí e irreconocible, se metió en su cuarto y se escuchaba desde fuera cómo maldecía y arrastraba muebles.

—¿Qué estará haciendo? ¿Es que se ha vuelto loca con la muerte de papá?

Otra vez en medio de la noche tuve la acuciante necesidad de beber agua, pero tenía que atravesar aquel pasillo. ¿Estaría abierta la puerta? Mis pasos fueron lentos y sonaban amortiguados como las saetas de un reloj, ya llegaba ALLÍ. No me atrevía pero inconscientemente miré de reojo…

—¿¡Qué es esto¡? …

El niño no estaba solo sino que estaba acompañado por un hombre y repetían al unísono:

—ESTAMOS PERO NO ESTAMOS… ESTAMOS PERO NO ESTAMOS…

Entonces lo comprendí todo…

Aquel niño era mi hermano fallecido y el hombre, era mi padre. Pero, ¿por qué se aparecían a mí y no a mi madre? ¿Querrían avisarme de algo?

Sonó el teléfono en la planta baja… Dando pasos hacia atrás, corrí por las escaleras. Al contestar, me dijo una voz de hombre que llamaban de la comisaría:

—Pequeña, sólo podemos decirte que no tomes nada que tu madre te ofrezca, llegaremos en cuanto las carreteras dejen de estar cortadas y sobre todo no digas que hemos llamado; di a tu madre que se han equivocado, ¿lo prometes chiquilla?

—Sí, claro. — le contesté al policía asustada.

—Hija, aquí tienes un cacao caliente para que duermas bien…

Escuché a mi madre en la lejanía.

Mi madre había asesinado a mi hermano y también a mi padre. Mi hermano persiguió después de muerto a mi madre; atormentándola a todo lugar donde ella iba, pero el caso es que sólo lo veía ella…

Hasta que llegamos a la casona dónde se nos hizo presente a mi padre y a mí. Para avisarnos del inminente peligro que nos acechaba… En parte todo había sido inútil…

A la mañana siguiente mientras ella preparaba el desayuno la policía irrumpió en la cocina .La detuvieron y la sacaron esposada. Según el informe que leí años después, mi padre fue envenenado con cicuta menor. Esta planta la hallaron en su contenido estomacal y en los aledaños del jardín…

En el caso de mi hermano, ni se sabe que mortífero veneno preparó para acabar con su vida. ¿Y ustedes? Se preguntarán cuál fue el motivo de tamaña locura. Mi madre se hacía llamar la sierva de Luzbel.

 Y yo quedé sola en el mundo hasta que una buena familia me acogió en su seno. Me criaron lo mejor que supieron e hicieron que con su cariño olvidara la mayor parte de aquellos horribles sucesos.

Pero…  ¿Saben lo que nunca olvidaré?

Lo que había al final del pasillo.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano.

Esta historia ha sido dramatizada en una grabación magistral por Carlos San José de Camelot Radio. Y fue emitida por Radio Betis de Sevilla. Si queréis escuchar “Al final del pasillo” el link es:

http://www.ivoox.com/cuentos-de-terror-al-final-del-pasillo-audios-mp3_rf_1185311_1.html
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Reputación mancillada

¿Puedo quedarme con sus juguetes? – preguntó Sam.

–Sí, puedes ir metiéndolos en estas bolsitas trasparentes. Uno por uno, que luego no digan que se han recogido mal las pruebas.

– ¿Sabes…? A veces las cosas no son lo que parecen: es demasiado fácil matar a un tío poniéndole una bolsa en la cabeza, decorar la escena con unos cuantos objetos fetichistas, y encima mancillar su nombre por los siglos de los siglos. ¿Sabes si tenía enemigos? – Sam, miró a su compañero. – Pero…, ¿qué estás pensando!? –, su voz sonó entrecortada.

John, llevaba rato esbozando una sonrisilla sádica e inquietante…

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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El corazón decide y no se equivoca

Algunas veces lo confiamos todo en las personas que llevamos más tiempo conociendo; pero ocurre que a veces, aquellos que conocemos nos traicionan. Y, esa traición, es precisamente la que más daño nos puede llegar a hacer…
Era Nochevieja. Sol y Antón estaban pasando la noche de Fin de Año con sus antiguos compañeros de carrera. Las serpentinas, danzaban en todas direcciones al tiempo que caían grávidas. La penumbra, se intercalaba con los haces luminosos e intermitentes; mientras los matasuegras, herían los oídos entre bromas y jolgorio.
El cava como no podía ser de otra forma, corría por doquier pero en esta ocasión especialmente; ya que la pareja, cumplía un año de haber decidido marcharse a vivir juntos y además, hacía justo siete desde que comenzaron su relación. Así pues, las primeras horas de fiesta transcurrieron rápido: entre congas y milongas acompañadas por los soniquetes de las canciones veraniegas del año que se acababa de marchar. Tras el trasiego de felicitaciones, abrazos y besos, Sol decidió ir al servicio para retocar su maquillaje. Llevaba un rato tras aquella puerta de color musgo y, comenzaba a contemplar intranquila cómo las manecillas de su reloj se movían. Mientras los minutos seguían transcurriendo, notó cómo los tacones empezaban a hacerle daño. Para colmo, se estaba formando tras ella una nutrida cola que increpaba, cansada de esperar, diciendo que les iban a dar las uvas, pero no del Nuevo sino del próximo año. Como el tiempo pasaba y la puerta seguía sin abrirse, después de haber llamado dos veces de forma discreta, azuzada por la multitud que tras ella aguardaba, lo hizo cada vez más enérgicamente.
De repente, se percató que la puerta no estaba del todo cerrada; así que enojada por el tiempo de espera, empujó con todas sus fuerzas y notó, cómo caían pesadamente los que ocupaban indiscriminadamente el deseado habitáculo. Al mirar al suelo, vio en posición comprometida a su querido Antón junto a una mujer. Las lágrimas al igual que las serpentinas, cayeron grávidas chorreándole por las mejillas. La traición más vil e inesperada estaba ante sus bellos ojos. “¡No es lo que parece!”-gritó él. “¡¡No vuelvas a mi casa!!” – le dijo llena de rabia.
Tomó un taxi, y cuando por fin llegó a su hogar, sacó de la nevera una botella de cava que reservaba especialmente para su llegada con Antón después de la fiesta. La abrió quizás para confortarse. O quizás, para embriagar su mente y olvidar con su aroma, su finura, y su frutosidad el desengaño amoroso. La puso en la cubitera, para que conservara el frescor, y, sentada en el sofá tomó unos sorbos de la copa. Contempló a las burbujas que subían a la superficie bailoteando alegres, sin saber que su destino era desaparecer para siempre en el aire. Sintió, que había sido como una burbuja de cava que había bailado feliz e inocente durante todos esos años hasta llegar a aquella noche. Estuvo entregada a estos pensamientos durante poco tiempo ya que su cuerpo había vivido demasiadas emociones contrapuestas: alegría y tristeza; amor y odio. Se quedó dormida vestida sobre el sofá…

Fuera, en la entrada de la casa, había alguien. Se movía sigilosamente y estaba vestido de negro. En ese momento empleaba toda su maña en abrir la puerta. El intruso, sabía que esa madrugada de Nochevieja nadie le molestaría, pues no estaba el coche aparcado en la puerta y, desde fuera apenas se veía luz. Tenía una linterna que accionó una vez logró franquear la entrada. Dio un barrido con el foco para asegurarse de que estaba solo. En la segunda pasada, pudo contemplar el cuerpo dormido de una hermosísima mujer. Se acercó. Parecía Blancanieves en su urna de cristal; pero su vestido en lugar de tener tanto colorido, era de negro terciopelo que marcaba su sinuosidad de mujer.

“– ¡Dios! ¡Qué guapa es!” –exclamó con voz casi imperceptible. Junto a ella había una botella de cava casi entera. El olor suave y deleitoso le hizo tomar la copa usada por la joven y llenarla del maravilloso líquido. Aspiró el aroma lentamente y lo degustó; olvidando que había entrado para robar.
Sol sin que lo percibiera el ladrón, entreabrió los ojos y vio al extraño. Con ojos somnolientos y confundidos, por el calor de la calefacción y por el cansancio; contempló al hombre que bebía a su lado: su mirada profunda, su pelo brillante y negro, la voluptuosidad de sus labios y la fortaleza de su cuerpo. Pensó que era una ilusión, una falacia de sus pensamientos; pensó, que él era un príncipe y que estaba en el mejor de sus sueños. Así que tomó la mano del extraño, y sin mediar palabra alguna le dio un apasionado beso.
El hombre sorprendido, no hizo más que dejarse llevar y estrecharla entre sus brazos, emocionado y casi sin aliento. Pero como las ensoñaciones no respiran con tal agitación, Sol se percató de que él no era un príncipe sino un intruso que se había colado en su salón. El miedo se hizo superior al deseo, de forma que le empujó con violencia tirándolo al suelo. El ladrón, conmocionado, se levantó trabajosamente para acto seguido taparle la boca:
– “¡No grites por favor! No te voy a hacer daño. Pensaba que estaba solo. Sí, iba a robar, pero es la primera vez que lo hago. Soy informático. Llevo parado demasiado tiempo y, el pago de la hipoteca no espera. Me voy… Por favor, no llames a la policía porque prefiero que me embarguen antes de volver a robar.” Soltó a Sol que impresionada, fue incapaz de articular palabra. Así que el ladrón decidido se marchaba. Sin embargo, cuando estaba ya fuera de la casa, recordó aquel beso cuyo maridaje con el cava fue perfecto y sin más se volvió. Tomó con timidez temblorosamente, el anillo de plata que llevaba en su dedo y al tiempo que se lo ponía a Sol le dijo:
–“Me llamo Vicente, y me encantaría besarte y despertar junto a ti todos los días que me queden de vida.”
A veces confiamos en las personas que conocemos durante años y nos traicionan. Por eso a veces, el corazón antes que la razón decide y no se equivoca. Sol supo que él nunca la traicionaría, por ello tomó la mano de Vicente y, tras beber de la copa de cava se volvieron a besar prometiéndose mutuamente amor eterno.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano
¡ESPERO QUE OS HAYA GUSTADO ESTE CUENTO DE NOCHEVIEJA!
¡FELIZ AÑO 2012!

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