Solas

solas-Ya nadie te abrazará, ni te cambiará de vestido.
-¿Ni darnos de comer?- dijo llorosa.
-¿Ni llamar al médico cuando enfermemos?- dijo la otra con voz trémula.
-No. Las llamas acabaron con nuestras pequeñas.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©
Todos los derechos reservados

El valor de los libros

Mientras me acicalo mis alas grisyacoes, releo el libro que está sobre el aparador, junto a mi jaula. Pocos lo saben, pero soy loro ilustrado pues mi dueña me leía cuentos cuando aún era loro papillero. Gabriel convive conmigo, es el nieto de la que fue mi dueña. Cada vez que pasa por delante de mi jaula le narro un párrafo de Moby-Dick. Al principio no me escuchaba, pero ahora se para delante de mí esperando a que continúe la historia. Hoy ya no contaré nada nuevo; repetiré, como loro que soy, lo mismo de ayer.

— ¡Maldito loro! ¿Qué pasa con el capitán Ahab? ¿Se venga de la ballena?

Entonces, Gabriel, comprendiendo que no iba a conseguir nada del loro, bajó la mirada. En el aparador vio un libro que impreso en letras doradas tenía por título “Moby-Dick”.
Sonrió, cogió el libro, lo acarició. Buscó ansioso por sus páginas hasta encontrar el último párrafo que conocía. Poll se atusó las plumas contento: por fin la cría de humano había comprendido el valor de los libros.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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El caballero con chistera

El 18 de diciembre  he sido entrevistada en la radio ONDA CERO MÁLAGA en el programa “Málaga en la ONDA” porque he resultado ganadora del Concurso de Microrrelatos Radiofónicos Navideños. Emitirán el microrrelato “El caballero con chistera” durante dos semanas tanto en ONDA CERO como en Europa fm.

El caballero con chistera
Celia se había perdido; se soltó de la mano de su madre al ver al enorme Doraemon de la Cabalgata de Reyes. Cuando se dio cuenta que no veía a su familia, comenzó a correr por Calle Larios. Agotada, se sentó en un banco junto a un hombre.

— ¿Te has perdido?
—Sí. —contestó llorando.
—Quédate conmigo y verás que pronto te encuentran.
El caballero con chistera, sacó un libro de cuentos de su maleta y comenzó a leérselos uno detrás de otro.
— ¡Ahí está!—gritó la madre al policía.

Celia dormía sobre el regazo de la estatua de Andersen.

Victoria Eugenia Muñoz Solano

A Celia, mi sobrina y ahijada que inspiró este cuento navideño.

La autora con la estatua de Andersen

Victoria Eugenia Muñoz Solano con la estatua de Hans Christian Andersen Plaza de la Marina (Málaga)

ondaceroLink con el fallo del concurso aquí

 

El héroe de la línea 5

Era una mañana cualquiera de un día que parecía ser como otro cualquiera. Tomé la línea 5 del metro en la estación de Gavarra. Llevaba mi maletín y vestía un traje impecable de color gris marengo: soy representante de farmacia.

Al entrar en el vagón, me crucé con una muchacha que también solía subir a esa hora. Ella siempre me sonreía con ojos de deseo. Le devolví la sonrisa, la miré y pensé que un día de estos tenía que preguntarle si le apetecería salir. Dentro contemplé las extrañas caras conocidas de todas las jornadas y a las que no había visto nunca y que quizás no volvería a ver. Suele pasar en las grandes ciudades como Barcelona, dónde hay un eterno trasiego de transeúntes que vienen y vuelven en el día. Miré al que estaba sentado delante de mí. Era un hombre de raza negra acompañado por un pequeño de tres años. A mi lado, una mujer que de cuando en cuando, se sonreía leyendo una novela de Terenci Moix. El hombre que tenía al pequeño, lo tomó en brazos y lo puso delante de la webcam de su portátil. Me fijé en la pantalla, y vi que tenía abierta una ventana del programa Skype. Con esfuerzo evitando el brillo del lcd, pude vislumbrar a una bella mujer del mismo color de “La Moreneta”. La chica lloraba a lágrima viva. “Será la madre del chavalín. Deben de estar lejos y se conectan por internet”, pensé. Pero al tiempo, me chocó su gesto; pues en lugar de emoción y alegría, su cara estaba llena de angustia y de miedo. Agucé el oído, pero no pude entender lo que decían. El niño comenzó a llorar también. Levanté la vista y vi los fuertes brazos del hombre rodeando el cuerpecito del niño. Él le indicó con su mano abierta el número cinco. Ella movió la cabeza positivamente, y sin más, acabó la conversación cerrando con brusquedad la pantalla del portátil. En el fondo del vagón vi providencialmente a Jordi, un Mosso d’Esquadra que vivía en mi barrio. Fui hacia él, le dije que se fijara en el individuo del ordenador; puesto que sospechaba que algo raro tenía entre manos.

—Lo siento, no puedo detenerle por hablar con alguien que llora a través de internet.
—Entonces, ¿no vas a hacer nada? —mi voz se llenó de indignación.

Volví a mi asiento; el corazón comenzó a latirme fuerte. Estaba muy nervioso. Sin pensarlo, me levanté, y le pedí el portátil. El individuo me mostró sus grandes músculos. Yo le enseñé un carné de mi empresa como si fuera un carné de la interpol. Forcejeamos. El metro se paró en una estación y, aprovechó para apearse. Corrí tras él.

Para darle alcance, tiré mi maletín con mi muestrario de psicofármacos. De repente, el hombre se precipitó al suelo al tropezarse con un banco de la estación. El niño también cayó violentamente y lloraba con tanta fuerza que rápidamente se hizo un corro de curiosos alrededor. Le chillé pidiéndole el portátil. Sacó una pistola. Aunque parezca cobarde, salí huyendo, pues no estaba dispuesto a perder la vida. Sentí un bocado a la altura de mi muslo izquierdo. Toqué mi pierna y estaba empapada. Me derrumbé. Después de eso, sólo me acuerdo de esta habitación de hospital.

La enfermera que había escuchado toda mi historia, sonriéndose, me traía La Vanguardia. El titular rezaba: “Héroe en la línea 5: salva a un niño del secuestro y a su madre de la prostitución forzada”.

Más abajo contaba pormenorizadamente lo que me había ocurrido. Mis ojos miraban atónitos el artículo del diario; mientras tanto, la enfermera tomó mi mano sonriéndome con los mismos ojos de deseo de todas las mañanas. Finalmente hoy no iba a ser otro día cualquiera.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Al final del pasillo

(Link de la dramatización radiofónica al final del post)

Ya han pasado diez años y lo sigo recordando como si fuera hoy a pesar de que entonces tan sólo era una pequeña preadolescente de once años. Cuando aquello ocurrió no tuve más remedio que madurar de golpe, sin duda os preguntareis el motivo, os contaré qué me pasó y entenderéis lo duras que fueron aquellas circunstancias para mí…

Mi familia estaba formada únicamente por mis padres y yo. Aunque sabía que anteriormente a mí tuvieron otro hijo que desgraciadamente murió.

Por entonces, mi padre se dedicaba a la compra de casas en subastas. Un día nos anunció que había comprado, a muy bajo precio, una casa enorme que estaba a las afueras de la ciudad. Luego nos dijo, al ver nuestras caras, que no nos preocupáramos que con un poco de arreglo aquella casona se convertiría en una mansión maravillosa y afirmó que nos mudaríamos pronto.

A mí, chica de ciudad, la nueva situación me ilusionó muchísimo. Sin embargo, a mi madre acostumbrada al ajetreo de la urbe, aquello le pareció un auténtico encierro.  ¿Qué creéis que pasó? Pues que definitivamente y pese a todo, nos fuimos a vivir allí.

La casa, tenía una lánguida belleza victoriana: con un estanque lleno de nenúfares y una vegetación que escalaba las paredes produciendo una bucólica sensación de retiro… Aunque me pareció que aquella era una tranquilidad irreal debido a que aquel sosiego, se percibía extraño; como de ultratumba…

Mi casa—pensé—. Allí, sobre la colina. Única en el horizonte; sin atisbo de vecindad.

Al entrar, era fácil desorientarse. Sobre todo en la distribución del piso superior que tenía cuatro pasillos tan largos que no se llegaba a ver el final ni siquiera de día.

 Mi padre dijo tras recorrer todas las estancias:

—Tengo que poner lámparas en estos pasillos cuanto antes—. su voz sonaba trémula y vacía en la oscuridad; mientras decía esto, el vaho iba emergiendo de su boca como si fuera un torrente fantasmagórico. Lo cierto es que la soledad de aquella negrura me inspiraba una inquietud febril y primitiva.

Esa tristeza, se palpaba sobre todo en uno de los cuatro pasillos; allí pensó mi padre que la disposición de luces urgía más ya que para llegar a la planta baja había que pasar forzosamente por parte de éste…

Ya en el primer día de vivir allí, me di cuenta de que al final de ese pasillo se vislumbraba una pesada puerta que no tenía nada que ver con las del resto de la casa. Era como uno de esos portones medievales que se ven en las películas: rematados con clavos y refuerzos de hierro.

—Oye papá, ¿ has visto esa puerta del final del pasillo?

—No, no me he fijado, ¿qué le ocurre?

— Que es diferente. Podríamos mirar a ver qué hay dentro. —repliqué.

—Claro hija, vamos a ver qué hay.

Mi padre lo intentó una vez, pero no pudo; más tarde trajo todo su arsenal de herramientas. Sin embargo, todo fue en vano.
—Mira, hija… Lo siento pero desisto. Ya mañana la abriremos.

El sol caía sobre el horizonte y agotados, nos acostamos. Era la primera noche en nuestra nueva casa; noche en la que pasó lo más extraño…

Estaba durmiendo tranquilamente pero me entró mucha sed y decidí ir a la cocina. Sin saber el motivo me estremecí; quizás era porque sabía que para llegar hasta allí, tendría que atravesar el pasillo.

Iba recta y rígida e hice lo que no tenía que haber hecho: mirar hacia la puerta del final del pasillo…

—¡La puerta está abierta! —grité en el éter de la noche. Escuchando la reverberación de mi voz recorriendo las estancias de la casa.

Mi curiosidad podía más que el miedo atenazante que estaba sintiendo y con paso inseguro decidí acercarme, para ver qué guardaba la misteriosa habitación. Pero escuché algo que me paró en seco…

Era un niño sollozando y que con voz casi ininteligible decía:

–Estoy pero no estoy… Estoy pero no estoy y luego, volvía a llorar.
Entonces, inevitablemente, tuve que acercarme más pues me dije que debían de haber encerrado a un niño dentro de aquel cuarto. Cuando estaba ya a dos pasos de mirar la habitación, la puerta se cerró de golpe.  Le pregunté al niño del otro lado de la puerta si estaba bien, como respuesta sólo obtuve silencio. Le llamé otra vez, y me despedí diciéndole que no se preocupara que mi padre lo sacaría de allí.

Ni que decir tiene que me fui directa al cuarto de mis padres para sacar a mi padre de la cama. Lo zarandeé tirándole del pijama hasta que conseguí despertarlo al tiempo que le explicaba atropelladamente lo que acababa de sucederme. Mientras que con ojos somnolientos él me decía:

—Hija, eso es que has debido soñarlo; estas impresionada por la novedad de vivir en esta casa tan antigua.

—¡No papá! —le miré con impotencia—.He escuchado a un niño que lloraba desconsolado.— musité como si quisiera evitar que mi voz llegara al final del pasillo.

Al oír todo esto mi madre se mostró muy nerviosa y empezó a gritarle a mi padre:

—Me voy a marchar de esta casa. ¡Nunca debimos mudarnos!
—Cariño, tranquilízate de una vez. Seguramente ha sido un sueño de la niña.

De acuerdo, hija, — se volvió hacia mí—, vamos a ir juntos a ver esa puerta para cerciorarnos que no hay nadie.

Pero la puerta se mostró igual que el día anterior: inexpugnable.
—¿¡Qué ha ocurrido!?—me pregunté. ¿Todo había sido fruto de mi imaginación?
—Ves, ¿Carmen? Sólo fue un mal sueño. —me contestó con tono paternal.

La siguiente noche ocurrió lo mismo, pero esta vez fue mi padre el que tuvo la amarga visión del niño llorando al final del pasillo. Corrió sin pensarlo para sacarlo de aquella habitación, pero la puerta volvió a cerrarse delante de sus narices.
—¡ Cielo santo! Carmen tenía razón esto debe de ser algo más que una horrible pesadilla.

Mi padre echó a correr a la alcoba a buscar a mi madre y se lo contó, pero no le quiso creer. Ella aprovechó para volver a recriminarle el error del cambio de casa. Yo los escuchaba discutir al otro lado de la habitación pues sus voces acaloradas parecían ladridos. Me sentí en cierto modo culpable de aquella discusión.

Le dijo mi madre:

—No vuelvas a asustarme si no quieres que coja las maletas y te abandone a ti y a la niña a vuestra suerte en esta horrible casa.
Sin duda esa forma tan extraña de actuar de mi madre a mi padre le afectó y ya no volvió a mencionarle aquel fenómeno que seguía aconteciendo todas las noches…

Una mañana mi padre empezó a quejarse del estómago cosa que no era normal en él. Vomitó todo el desayuno. Después le vinieron unos dolores tan grandes que terminó retorciéndose por el suelo; comenzó a convulsionar, saliéndole por la boca una saliva espumosa y rosada. Me miró sin mirarme y los ojos se le quedaron casi fuera de las órbitas, estrábicos. Su cara estaba desencajada…

Mi madre chillaba y lloraba y yo, no sabía qué hacer ante aquella dantesca situación.
Pronto se recompuso y rápidamente llamó al médico; más tarde, a la funeraria y luego a todos los familiares.  Muy segura y sin expresar toda la pena que sería lo normal para semejante catástrofe…

Entonces pensé que si perdió a mi hermano siendo él un niño ella debía de estar endurecida ante tan luctuosas circunstancias.

Tras la salida del cuerpo sin vida de mi querido padre me dijo :

—Nos vamos de la casa esta misma noche, ni una más.

—“Normal que no quiera permanecer aquí más tiempo”. —pensé.

Cuando ya salíamos por el umbral de la puerta, de vuelta a nuestro pisito, aquel que dejamos para vivir en aquella casona; una lluvia torrencial nos sorprendió, mi madre tiró de mí con fuerza para que subiéramos pronto al coche, pero éste no arrancaba…

—¡¿Se habrá descargado la batería?! ¡Maldito coche! –exclamó mirando al vehículo y dándole una patada a una de sus ruedas mientras la lluvia burbujeaba en los charcos formados en el jardín.

Ante tanta contrariedad no tuvimos más remedio que pernoctar una vez más en la casa.
Mi madre estaba fuera de sí e irreconocible, se metió en su cuarto y se escuchaba desde fuera cómo maldecía y arrastraba muebles.

—¿Qué estará haciendo? ¿Es que se ha vuelto loca con la muerte de papá?

Otra vez en medio de la noche tuve la acuciante necesidad de beber agua, pero tenía que atravesar aquel pasillo. ¿Estaría abierta la puerta? Mis pasos fueron lentos y sonaban amortiguados como las saetas de un reloj, ya llegaba ALLÍ. No me atrevía pero inconscientemente miré de reojo…

—¿¡Qué es esto¡? …

El niño no estaba solo sino que estaba acompañado por un hombre y repetían al unísono:

—ESTAMOS PERO NO ESTAMOS… ESTAMOS PERO NO ESTAMOS…

Entonces lo comprendí todo…

Aquel niño era mi hermano fallecido y el hombre, era mi padre. Pero, ¿por qué se aparecían a mí y no a mi madre? ¿Querrían avisarme de algo?

Sonó el teléfono en la planta baja… Dando pasos hacia atrás, corrí por las escaleras. Al contestar, me dijo una voz de hombre que llamaban de la comisaría:

—Pequeña, sólo podemos decirte que no tomes nada que tu madre te ofrezca, llegaremos en cuanto las carreteras dejen de estar cortadas y sobre todo no digas que hemos llamado; di a tu madre que se han equivocado, ¿lo prometes chiquilla?

—Sí, claro. — le contesté al policía asustada.

—Hija, aquí tienes un cacao caliente para que duermas bien…

Escuché a mi madre en la lejanía.

Mi madre había asesinado a mi hermano y también a mi padre. Mi hermano persiguió después de muerto a mi madre; atormentándola a todo lugar donde ella iba, pero el caso es que sólo lo veía ella…

Hasta que llegamos a la casona dónde se nos hizo presente a mi padre y a mí. Para avisarnos del inminente peligro que nos acechaba… En parte todo había sido inútil…

A la mañana siguiente mientras ella preparaba el desayuno la policía irrumpió en la cocina .La detuvieron y la sacaron esposada. Según el informe que leí años después, mi padre fue envenenado con cicuta menor. Esta planta la hallaron en su contenido estomacal y en los aledaños del jardín…

En el caso de mi hermano, ni se sabe que mortífero veneno preparó para acabar con su vida. ¿Y ustedes? Se preguntarán cuál fue el motivo de tamaña locura. Mi madre se hacía llamar la sierva de Luzbel.

 Y yo quedé sola en el mundo hasta que una buena familia me acogió en su seno. Me criaron lo mejor que supieron e hicieron que con su cariño olvidara la mayor parte de aquellos horribles sucesos.

Pero…  ¿Saben lo que nunca olvidaré?

Lo que había al final del pasillo.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano.

Esta historia ha sido dramatizada en una grabación magistral por Carlos San José de Camelot Radio. Y fue emitida por Radio Betis de Sevilla. Si queréis escuchar “Al final del pasillo” el link es:

http://www.ivoox.com/cuentos-de-terror-al-final-del-pasillo-audios-mp3_rf_1185311_1.html
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Reputación mancillada

¿Puedo quedarme con sus juguetes? – preguntó Sam.

–Sí, puedes ir metiéndolos en estas bolsitas trasparentes. Uno por uno, que luego no digan que se han recogido mal las pruebas.

– ¿Sabes…? A veces las cosas no son lo que parecen: es demasiado fácil matar a un tío poniéndole una bolsa en la cabeza, decorar la escena con unos cuantos objetos fetichistas, y encima mancillar su nombre por los siglos de los siglos. ¿Sabes si tenía enemigos? – Sam, miró a su compañero. – Pero…, ¿qué estás pensando!? –, su voz sonó entrecortada.

John, llevaba rato esbozando una sonrisilla sádica e inquietante…

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Francamente…

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento. Los recuerdos llenaban su mente. Esbozó una sonrisa al rememorar su único momento feliz: el día que atravesó en brazos el umbral de aquella humilde vivienda. Luego todo fue dolor, amargura y miedo.

Tras la puerta,estaba aquel extraño: flácido y rígido. Coagulado en un charco inmundo; aunque no tanto como lo fue él. “Las moscas, pulularán por la ventana y atiborraran de gusanos su cuerpo”, pensó.

El viento, que soplaba por el pasillo levantó su pelo, obligándola a volver la cara nuevamente hacia la puerta, que llena de coraje golpeó diciendo: “Francamente, querido, me importa un bledo”.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

Sigue este link si quieres escuchar “Francamente…” en audiocuento :

Francamente (audiocuento)


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Parálisis

Se encontraba en un diván de piel resbalosa y verde mirando cara a cara a un psiquiatra que apuntaba todo lo que de su boca emergía. Hacía meses que el espanto llegaba por las noches. Ocurría tras apagar la luz. Al repasar, sin proponérselo, los avatares del día: el trabajo, el colegio de los niños, el hastío en su matrimonio y en su vida…

Llegado un momento, el cansancio le vencía, y percibía un vacío que le hacía sentir como si estuviera subida en un ascensor en caída libre; después, pasaba lo que más temía: aparecía él. Desconocía qué o quién era. Un espíritu, un diablo o bien una mezcla de los dos. Su cuerpo era pequeño; parecía un infante de ojos rojizos y maléficos.Luego, notaba cómo poco a poco y silenciosamente se iba acercando por su lado de la cama y se encaramaba hacia ella, cerniéndose sobre su pecho. El ser, comenzaba a presionar con sus manitas el cuello; impidiéndole la respiración. Ella luchaba inútilmente, pues sus músculos, no se movían; estaba rígida. Abría los ojos, y lo seguía viendo allí, en la oscuridad, impertérrito y constante. Así, mientras su corazón estaba taquicárdico, su marido roncaba a placer; ajeno al hombrecillo diabólico que quería acabar con su vida. El médico miró con serenidad a su paciente; no era la primera vez que le habían descrito esta experiencia. Con voz pausada le indicó su diagnóstico: “Sufre de parálisis del sueño, en cuanto se convenza de la inexistencia de su visitante nocturno, se le pasará la sensación de ahogo paralizante.”

Llegó la noche y se tumbó. Esta vez, se reiría en la cara del enano. Miró al techo, aguardando su aparición. No tuvo que esperar mucho. El personaje hizo lo de todas las noches, peroesta vez, ella estaba preparada.

Lo peor fue por la mañana, cuando vio que su cama estaba llena de sangre.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano


Espero que os haya gustado

Saludos

Victoria E.

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