La mudanza (parte III)

Si no has leído la primera parte aquí tienes el link: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza/
Y también el de la segunda parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza-parte-ii-2/

LA MUDANZA (parte III)

Kate marcaba el teléfono con manos temblorosas. Se estaba viendo en prisión alejada de su marido; condenados ambos al corredor de la muerte. Se equivocó dos veces para lograr marcar bien el número. Tras esperar un rato, consiguió hablar con él:
—¡James! El Sheriff ha estado en casa.
—Bueno, sabías que vendría. ¿Qué ha ocurrido? Te noto muy nerviosa.
—Capitán está siguiendo el rastro de las niñas. ¡Debes marcharte de ahí!—gritó desesperada.

Abbie, al ver a James colgando el teléfono, preguntó si era su madre que vendría a recogerlas. El hombre, le contestó que tenían que viajar otra vez, que su madre le había pedido que las llevara a Las Vegas para reencontrarse allí con ellas. Las niñas sonrieron felices.

Los policías al apearse del coche, se encontraron un portalón correspondiente a una finca; tras una caminata entre árboles, se quedaron parados frente a una rústica casona de madera; tuvieron que esperar un rato para que les abriera la puerta una señora mayor.

—Estamos buscando a unas niñas y a su madre desaparecidas. Este perro nos ha llevado hasta aquí.
—No creo que encuentren nada, aquí sólo viene mi hijo a verme de vez en cuando. De todas formas, busquen por dónde quieran.

Los policías agradecieron la buena disposición de la señora. Al aflojar la mano de la correa, el perro que llevaba rato tirando se le escapó al Sheriff. Ansiosamente husmeaba el terreno, luego elevaba la cabeza arrugando su hocico y abriendo su boca.
—Es el movimiento de Flehmen, señor. —dijo Taylor con voz queda—. Lo que sea que busque debe de estar muy cerca, se ve que quiere captar mejor las partículas de olor con su órgano vomeronasal.

—¿También sabes de Zoología, Taylor?

Al final del bosquecillo, se vislumbraba una caseta. Capitán corrió hacia la puerta y comenzó a rasparla con sus patas delanteras al tiempo que gimoteaba.

El Sheriff intentó abrirla, pero tenía cerradura. Cogió impulso y con toda su fuerza se abalanzó sobre ella derribándola. El olor era nauseabundo. Capitán, entró sin titubear directo a una lona azulada moviendo su largo rabo nerviosamente. Sin embargo, luego se quedó parado en una posición extraña que el Sheriff no había visto antes en un perro. Duncan miró a Taylor de forma interrogante porque pensó que quizás su compañero sabría qué significaba.

Sin mediar palabra, Taylor levantó lentamente la lona. Aquello era el foco del hedor y el movimiento del perro les había estado indicando que debajo debía de haber un cadáver; encontraron a dos. Eran la madre y la hija mayor desaparecidas. Al Sheriff se le encogió el corazón ante el desenlace y a Taylor, le dio un ataque de rabia.

—¡Señor, tenemos que coger a ese maldito cabrón!
—¡Lo cogeremos!—respondió el Sheriff aún impresionado por la cara coagulada de Christine y el cuello amoratado de Mary.

Capitán volvió a tirar de la correa. Todavía tenía que seguir al rastro más débil: el de las dos niñas. Dicen que los animales no tienen sentimientos, pero los ojos de Capitán expresaban una emotividad, que hacían pensar todo lo contrario.

—El perro quiere que lo sigamos. Debe de saber dónde están las otras niñas.— apremió Taylor a su jefe, corriendo hacia el vehículo.

Arrancaron el coche y estuvieron varias horas de camino hasta que llegaron a una granja que se encontraba en mitad de un bosque. Llamaron a la puerta pero no respondía nadie. Taylor, se coló por una ventana a pesar de no tener orden del juez y en contra de los consejos de Duncan que quería llamar por teléfono para conseguirla.

El policía encontró primero los restos del desayuno de tres personas, y en la parte superior de la casa, las camas desechas y dos maletas con ropas de niña. Taylor llamó a su jefe a voces y éste al entrar y ver el interior de la casa dijo colérico:

—¡Se han marchado! El secuestrador sabe que vamos tras su pista.

Capitán, incansable, ya estaba esperándolos metido en el coche de la policía. Quería continuar con la búsqueda. Aunque su actitud era diferente ya que si antes, buscaba a las pequeñas para jugar, ahora quería lamerles las caritas y verlas vivas. A su manera, el Gran Danés estaba preocupado.

James conducía pisando el acelerador sin miramientos. Susie que ya estaba preocupada por lo que había hablado con Abbie sobre su madre, empezó a sospechar que el comportamiento de su vecino no era normal. Nunca había visto a nadie conducir así.
—James, ¿no vamos demasiado rápido? ¿Por qué no nos hemos llevado las maletas?
—Vuestra madre os quiere ver cuanto antes y ya os comprará ropa nueva. No, niña ahora no empieces a llorar tú que paro la camioneta y te doy un sopapo. —le dijo a Abbie que lloraba porque sabía que les estaba mintiendo—. Sin embargo, con su brusquedad, James sólo consiguió que la pequeña llorara con más intensidad.

Con los nervios, tomó la curva con demasiada fuerza, y el coche dio un respingo y volcó… Las niñas quedaron arriba y James se había quedado inconsciente por el golpe.

—¡Rápido, Abbie! Abre la puerta si puedes…

EL DESENLACE…

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Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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MAÑANA EL DESENLACE. ¡NO TE LO VAYAS  A PERDER! 😉

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La mudanza (Parte II)

Si no has leído la primera parte aquí tienes el link: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza/

LA MUDANZA (PARTE II)

James, recorría las carreteras pisando el acelerador a fondo. Las curvas las tomaba como si estuviera compitiendo en un rally. “Menos mal que a esta hora apenas hay circulación”—se dijo James secando el sudor que recorría su cara. El corazón golpeteaba su pecho de forma insistente.

Acababa de cargarse a su vecina y a una de las niñas, con las que llevaba conviviendo más de diez años. Un nudo se le hizo en el estómago recordando el olor de la cara ensangrentada de la madre bajo la lona recalentada de la caseta. Paró la camioneta en el arcén y vomitó toda la merienda que tan ricamente le había servido Kate: los crêpes con mermelada de arándanos y el estimulante té, dulce invierno.

Así, mientras su boca se quedó con el regusto amargo de la hiel, su conciencia se encontraba totalmente vacía. Un rato después, consiguió relajarse mientras escuchaba la canción “Love me tender” que sonaba en la radio y que tarareó con gusto y añoranza del que fuera “El Rey”. Además ya se encontraba casi en la calle de atrás de su casa.
“Espero que Kate no haya dejado que las niñas sospechen nada”. —se dijo.

Una vez bajó del coche y tras lavarse bien sus manos polvorientas y con restos de sangre, entró en el jardín dónde se encontraban jugando Susie y Abbie con Capitán. Se acercó con gesto distendido y sonriente.

—Niñas, he tenido que llevar a vuestra madre y a vuestra hermana al hospital a visitar a una tía vuestra que se ha puesto muy enferma.
—¿Por qué no nos han dicho que se iban?—inquirió Susie.
—Por lo visto, era muy urgente. No sé como decíroslo… pero vuestra tía está muy grave y no va aguantar mucho más. Por ello, les he ofrecido llevarlas yo mismo en la camioneta. — “En eso no estaba mintiendo”, pensó.
—¿Con quién nos quedaremos?—dijo Susie preocupada.
— Ya todo está acordado. Os quedaréis con nosotros. Ahora, vamos a viajar; subid a la camioneta.
—¿Y Kate? ¿No viene? —preguntó Abbie con ojos llorosos.
El hombre les contestó que ya vendría luego y que no preguntaran tanto, que esto iba a ser un par de días a lo sumo. Las subió en el coche, le dio un beso a su mujer y arrancó el vehículo con cierta brusquedad. Las niñas miraron por la ventanilla despidiéndose de su casa sin saber cuál iba a ser su destino. Estaban relajadas, dentro de lo que cabía, ya que confiaban en la pareja; después de todo, habían crecido teniéndolos como vecinos.

Habían pasado unos días desde que llegaron a aquella casa entre montañas. James las distraía para que no pensaran, contándoles cuentos y enseñándoles los animales que vivían en su pequeña granja en medio de la nada.

—El lugar dónde estamos es precioso, ¿verdad Abbie? ¡Qué pena que Mary se fuera con mamá al funeral de la tía! James se está portando muy bien con nosotras, casi mejor que mamá; nos trae hasta el desayuno a la cama…Crepês y zumo de naranja.

Abbie no lo estaba pasando tan bien. Aunque era más pequeña tenía la sensación de que algo iba mal. Su madre nunca las había dejado anteriormente con nadie. Encima ya había pasado casi una semana. Quería ver a mamá y si tenía que acribillar a James a preguntas lo haría hasta que le dijera algo.

— Susie, creo que a mamá le ha pasado algo. Yo quiero ver a mamá. —Abbie comenzó a llorar desconsoladamente—. ¿Te acuerdas cuando papá se puso malito? Mamá nos dejó con los abuelos, y estuvimos casi un mes con ellos. Y todo porque papá se había ido al cielo… Y sí…y sí mamá…

Susie aunque era la hermana mediana, ahora actuaba como la hermana mayor, le dijo a Abbie que se dejara de tonterías. Que a mamá no le iba a pasar como a papá y que ella estaba tranquila porque mamá no estaba sola sino que la acompañaba Mary.

Abbie se abrazó a su hermana. Susie, que quería aparentar tranquilidad, comenzó a sentir una zozobra que no podía soportar. James había ido a comprar comida, y cuando volviera no le iba a dejar bajar de la camioneta sin que le diera noticias de su madre y de su hermana.

En el colegio de primaria de Nevada habían estado durante varios días llamando al móvil de Christine pero sólo conseguían escuchar el mensaje del buzón de voz. Como habían pasado varios días desde que Christine tenía que haberse incorporado a su trabajo, decidieron denunciarlo a la policía de Las Vegas, la cual se puso rápidamente en contacto con la de Montana.

El Sheriff del condado fue personalmente a la casa de los Smith. Al ver que no había nadie, llamó a la puerta de los Robinson para preguntar si sabían algo del paradero de Christine Smith y de su familia. Kate estaba prevenida de que llegaría el momento de que esto ocurriera, así que cuando Peter Duncan le dijo que la vecina llevaba en paradero desconocido una semana, puso una fingida cara de sorpresa que luego trocó en cara de consternación.

Le contó al Sheriff que Christine había emprendido un viaje hacia Nevada con toda la familia pues la habían contratado como maestra en un colegio de primaria de Las Vegas. Luego, apesadumbrada contó que los Smith habían perdido hacia cosa de un año, al cabeza de familia debido a una larga enfermedad.
El policía interrumpió el amago de llanto de Kate:

—Señora, ¿su perro tenía algún contacto con las niñas?
—Sí, a las niñas les encanta Capitán. Aunque vea que impone por su tamaño, en realidad es muy juguetón… —Kate se mordió los labios.
—Entonces, el perro podría ayudarnos. Si le damos ropita de las niñas nos podría conducir hasta dónde estén. Hemos encontrado muchos objetos en el coche que creo que nos valdrán para que el perro siga el rastro.

La cara de Kate se tornó pálida como la luna. Nunca hubiese imaginado que iba a flaquear su plan por algo tan tonto; no debería haber dicho que el perro jugaba con las niñas. Aunque, todo no estaba perdido puesto que no confiaba que Capitán fuera capaz de orientar a la policía hacia ningún lugar: era un animal torpe y un tanto bobalicón.

El Sheriff le enseñó un osito, una camiseta y una cazadora vaquera que se encontraban sueltas en la parte trasera del coche de Christine. Primero, las miró curioso. Parecía que pensaba que el Sheriff iba a jugar con él a su pasatiempo favorito: perseguir cosas que le arrojaran lejos. Sin embargo, como si el Gran Danés fuera un perro policía veterano, comenzó a husmear las prendas con total dedicación.

—Creo que es una pérdida de tiempo, Sheriff.— advirtió Kate—. El perro no sabe rastrear. Apenas sale del jardín. No se le puede pedir tanto.

Aunque Kate no dejaba de dar a entender que su perro era un inútil, Capitán comenzó a husmear el suelo con fruición; se fue directamente al coche de los Smith. Con su húmedo hocico recorrió el automóvil desde la parte delantera a la trasera; parecía que quería confirmar que el olor que había detectado procedía de allí, tras esto, se dio la vuelta. Corrió hacia la puerta trasera de la casa de los Robinson. Kate miraba incrédula a su perro con los ojos abiertos de par en par, pues el animal se estaba dirigiendo sin titubeos hacia dónde estuvo aparcada la camioneta de James.

“Por favor, que sea una simple casualidad”—se decía horrorizada.

Pero no existía casualidad en su instinto y ahora olisqueaba la carretera. Capitán empezó a tironear de la correa como un potro desbocado. El Sheriff, que la sostenía, no tuvo más remedio que correr a galope.

—Subamos al coche, Taylor. ¡No puedo más! —dijo a su subordinado con la camisa pegada al cuerpo por el sudor.

Siguieron a un ritmo frenético. Capitán, sólo quería volver a “jugar” a la pelota con sus amigas. Tras un cuarto de hora de camino, inopinadamente, el perro se paró en seco entre dos bifurcaciones de la carretera. Miraba a derecha e izquierda; estaba indeciso, en un lado el rastro era más penetrante que en otro. Sintió la aromática humedad típica de cuando desenterraba en el jardín huesos con restos de carne que él mismo escondía cuando estaba harto de comer. También ese olor punzante, olía a una de sus queridas amiguitas…

CONTINUARÁ…

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

LINK DE LA TERCERA PARTE: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/05/la-mudanza-parte-iii/

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Espero que estés más enganchad@ a la historia y vengas a leer el post de mañana. Si os está gustando dejadme un mensaje 😉

La mudanza

—¿Queréis que os ayude con la mudanza? Estoy de vacaciones y después de tantos años… creo que es lo menos que puedo hacer.
—No te preocupes, James. Nosotras nos apañamos bien. No tenemos tanto que guardar. Gracias de todos modos.
—Nevada está lejísimos y si nadie te echa una mano acabarás cansada antes de tiempo y no podrás conducir toda la noche. Además ahora que no está George… Creo que os hace falta la ayuda de un hombre.—dijo James sonriendo.
Kate se asomó por la valla que separaba ambos jardines y le dijo a Christine que por favor dejara que su marido acarreara todos los bártulos.
—Es una pena que os vayáis tan lejos. Seguramente no volvamos a vernos. Anda, deja que las niñas jueguen por última vez con “Capitán”.
Capitán era un Gran Danés que siempre que veía entrar a las hijas de Christine a su jardín, las tiraba al suelo con sus lametazos; a pesar de que su tamaño era imponente, era un animal bonachón que quería a las niñas con devoción, ya que eran las únicas que tenían la paciencia de tirarle sus juguetitos y volvérselos a tirar cuando los recogía.

James se acercó al coche y fue colocando cajas en la parte superior. Mientras que Christine lo miraba agradecida pensando que por lo menos cuando llegara la noche podría conducir durante algunas horas más de las que había calculado en un principio. Sabía que las Vegas no era el mejor sitio para criar a tres niñas, dos de ellas ya adolescentes, pero era el lugar dónde estaba su nuevo trabajo como maestra de un colegio de enseñanza primaria y no podía rechazar aquella oferta de empleo aunque ello significara alejarse muchos kilómetros de su querida y tranquila Montana.
Cuando todo estaba colocado y las niñas dispuestas, se escuchó la voz de Kate llamando a Christine desde el interior de su casa.
“Seguramente los Robinson quieran darme algún regalo de despedida.”—pensó Christine. Mary, la hija mayor de Christine, que también tenía mucho afecto a los vecinos entró en la casa junto a su madre.

En cuanto estuvieron en el hall no les dio tiempo a mirar nada más, ya que repentinamente, sus ojos fueron tapados al tiempo que sus bocas amordazadas. Ambas, asustadas, sin saber qué era lo que ocurría alrededor golpeaban el aire dando brazadas inútiles rebelándose en contra de quienes las estaban agarrando. Mary notó el tacto de un pañuelo de seda recorriendo su cuello; y luego, la sequedad de las manos encallecidas de James en torno a su nuca. Christine que escuchaba los gritos ahogados de su hija se tiró al suelo intentando zafarse de las cuerdas que Kate estaba disponiendo alrededor de su cuerpo.
—¡Ten cuidado con la puta de la madre!—gritó James a su esposa.
— ¡Mata ya a la niña! No podré sujetar a Christine por mucho tiempo.
Se escuchó un crujido horripilante de huesos. El cuerpo, cayó al suelo como si fuera el de una muñeca de trapo.

La madre que lo escuchó todo, comenzó a patear sin ton ni son. Los Robinson que estaban hipnotizados contemplando su “obra”, al ver que su prisionera escapaba de las cuerdas, dejaron de mirar el cuerpo de la chica; para abalanzarse sobre la madre. Mientras Kate sujetaba a la mujer postrada en el suelo, James no paraba de reír a carcajadas histriónicamente. Parecía uno de esos “malos” enajenados de las películas batiendo con sus risotadas el aire, abría y cerraba la mandíbula con la cara desencajada.
Mientras tanto, Kate llena de odio la insultaba sin piedad:
—Tenías que haber entrado solita, ¡zorra! —Le dio una patada en la cara.—Ahora tu hija está muerta, ¿sabes? Y no hacía falta matarla a ella: sólo queríamos matarte a ti.
Las lágrimas y la sangre de Christine habían empapado el pañuelo que le tapaba los ojos; gracias a esto, se le había caído parcialmente, pudiendo ver por un pequeño resquicio; incrédula, contempló que era cierto… En frente tenía el cuerpo sin vida de Mary.
Sacando fuerzas de flaqueza, a pesar del pánico atroz que estaba sufriendo, en un descuido de Kate, consiguió liberar una de sus piernas y de una patada la derribó contra el suelo. Ahora había logrado soltar sus dos piernas y comenzó a golpear salvajemente el vientre de su vecina con la intención de reventarla por dentro. James, auxiliando a su esposa, sólo tuvo que agacharse hacia la cabeza de Christine…
Un crujido largo y seco y luego todo quedó en silencio.
—¡Bien!— dijo Kate, mientras se acariciaba el vientre asustada y dolorida por las patadas proferidas por Christine—. Llévatelas en la camioneta a la finca de tu madre. Mientras, iré a la casa de los Smith para distraer a las niñas con Capitán. Sal por atrás, así no te podrán ver y creerán que la madre y la hermana están de cháchara contigo.

James metió los cuerpos en su vehículo. Condujo unos kilómetros; entrando por una parte alejada de la casa con el objeto de que su “vieja” no lo viera. Llegó hasta la caseta de las herramientas y allí escondió bajo unas lonas y un montón de utillaje a la madre y a la muchacha.


“Tendré que volver para enterrarlas pero por ahora aquí estarán bien”.—se dijo James sudoroso tras terminar el trabajo.
Rápidamente volvió a la camioneta. Kate no podía estar entreteniendo eternamente a las niñas, además sabía que eran lo suficientemente avispadas como para olerse algo más pronto que tarde.
—¿Dónde están mamá y Mary?— preguntó a Kate con voz angustiada la pequeña Abbie de siete años—. ¡Se nos va a hacer tarde!
—Es verdad, ya llevan casi una hora en vuestra casa. Y mamá dijo que teníamos que salir cuanto antes.—replicó Susie, la hermana mediana, haciendo ademán de ir a buscarlas.
—Están despidiéndose de James. —se interpuso la mujer en el camino—.¿No os gustaría que mientras estén dentro, juguemos un rato más con Capitán? Mira, que ya no volveréis a verlo.
Las niñas se miraron. Y sin hablar, decidieron que seguirían correteando por el césped un rato más junto al incansable Gran Danés.

CONTINUARÁ ….

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano

La mudanza (PARTE II) LINK: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza-parte-ii-2/

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Este es un relato largo de intriga (12 páginas) que voy a publicar por entregas en  días consecutivos. Espero que os enganche y queráis descubrir el final.

Os agradeceré vuestros comentarios para saber vuestras impresiones.

Un saludo

Victoria Eugenia