Perdida en la selva (Parte III)

Si no has leído la primera parte: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/04/perdida-en-la-selva-parte-i/

La segunda parte: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/05/perdida-en-la-selva-parte-ii/

Perdida en la selva (PARTE III)

Los cazadores no podían creer que una manada de elefantes tuviera un ritual funerario y encima con un ser que no era ni de su especie.

Denali, como si fuese un caballo desbocado, salió al galope con sus orejas desplegadas de par en par, amenazantes. Asía a cada hombre como si fuese un muñeco de trapo. Los zarandeaba con su trompa y los iba tirando uno a uno por la ladera.

Ladera abajo había un Jeep y dentro dos guardas del parque. Atónitos habían presenciado la escena. Tenían preparadas las esposas para ir colocándoselas a su respectivo furtivo conforme iban cayendo: no era la primera vez que los detenían.

—Quédate aquí que voy a ver si han hecho algo a los elefantes.

—Ten cuidado, Rahul. Uno de ellos, parece estar poseído por la diosa Kali.

Rahul llevaba un maletín con material para hacer curas. Silencioso y con lentitud se acercó al grupo que había hecho un círculo en torno al tigre. Denali sabía que no era un cazador e hizo una señal a su manada para que lo dejaran pasar a donde descansaba, Shauri.

El hombre tocó la suave y rayada piel. El animal estaba todavía caliente. Tenía la mano apoyada sobre su lomo cuando de forma inesperada, ésta se levantó…

—¡No estás muerto, compañero! ¡Qué alegría! La herida de tu costado es grande, pero te vendaré para que pares de sangrar y te llevaré a que te curen. —dijo el guarda al tiempo que se abrazó a su lomo en un gesto de cariño.

Rahul , un indio de unos cuarenta años, de complexión atlética y aguerrida, bajó la ladera con el animal sobre los hombros: le esperaba su compañero en el coche y otro guarda que venía en un nuevo jeep, que había sido avisado por radio, para llevar a los cazadores a la Policía.

Madre e hija contemplaron cómo se llevaban al tigre; frotaron sus trompas y volvieron a su valle, felices por estar de nuevo juntas y por saber que su amigo, sobreviviría.

El hombre es el único animal que caza sin tener verdadera necesidad; los demás no son ni buenos ni malos, simplemente son depredadores que cazan para vivir.  El altruismo* y el instinto de conservación entre especies, también es parte de ser un depredador y este fue el caso de Shauri: aquel tigre de corazón noble y valiente  que salvó la vida a la pequeña elefanta.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

*Altruismo: significa en Biología sacrificar el bienestar de uno mismo por beneficiar a un tercero. Existe altruismo intraespecífico, en la misma especie, e interespecífico entre especies diferentes; este último sucede en menos ocasiones. 

Bibliografía:

https://elpais.com/elpais/2016/11/29/ciencia/1480417791_588797.html

https://www.seeker.com/helpful-humpback-whales-altruistic-animal-photos-1769918539.html

For my non-Spanish speakers readers.  You can read my stories on your mobile in English or any other language by scrolling down the page until you find the Google Translate image.  Click on the Google Translate image and choose the language you want to translate to.

 From Spanish to English, Hindi, Portuguese, Italian…

The Google tool will translate the entire blog.

Perdida en la selva (parte I)

Daya era una pequeña elefantita que desde que comenzó a existir nunca se había separado de su madre. Sus ojos eran negros como el azabache, parecían hechos de ónice. Su piel, a pesar de ser muy joven, ya era arrugada y áspera; aunque al tiempo, tan tierna como su inocencia.

La elefantita, Daya junto a su madre.

Denali era la madre de Daya y la matriarca de un clan de elefantes que habitaban en un valle del norte de la India, en el estado de Uttarakhand.  Sus vidas transcurrían con calma: rodeados de una gran espesura vegetal que consistía en una cobertura de pastos, arboledas y matorrales. 

Los días pasaban con sosiego entre el deambular, el degustar de las más frescas ramas, y el descansar, tras relajantes baños de barro.

Estaba de conversación la elefanta Denali con su hermana Puya; hablaban sobre un grupo de hombres que habían amanecido en el valle y que hacían imposibles posturas manteniendo el equilibrio, mientras el sol surgía en el horizonte. 

En ese momento, Daya, escuchando a su tía embelesada e imaginando cómo eran esos hombres, dio un resbalón y cayó al río; se trataba del río Ramganga, afluente del Ganges; el cual estaba más caudaloso que nunca. Sus aguas arrastraron con fuerza a la pequeña que no podía ni barritar del pánico que estaba sintiendo.

Denali bajó la cabeza porque dejó de notar a Daya entre sus patas. La subió con rapidez y vio a su cría en el río agitando la trompa de un lado a otro; haciendo lo posible para mantenerse a flote.  Pasó de la tranquilidad a la angustia suprema y empezó a correr con todas sus fuerzas, a la vez que de su garganta emergía un grito de auxilio.

—¡Daya, Dayaaa! — estiraba la trompa para que Daya se asiera a ella.

—¡No puedo, mamá! —la elefantita aún no manejaba su apéndice nasal como para poder aferrarse con fuerza al de su madre.

El agua la llevaba con demasiada rapidez y los metros que la distanciaban de Denali, se convirtieron pronto en kilómetros. La elefantita miraba para todos lados. Tratando de encontrar a alguno de sus congéneres que pudiese socorrerla, pero solo veía pradera y algunos árboles salpicando el paisaje; aquello ya no era el valle en el que nació.

La pequeña pensó que ya no sobreviviría y que jamás volvería a ver a su madre. De repente quedó varada en unas rocas y una silueta desconocida para ella, se recortó en el ocaso.

Bajaba la cabeza y tomaba con parsimonia agua del río. Era fuerte, potente, elegante y rayado. Daya nunca había visto a nadie tan especial y majestuoso. Aquel ser debía de ser suave y sus ojos eran tan bellos como enigmáticos.

—Hola… señor. —dijo, Daya tímidamente. —Me gustaría saber si me puede decir dónde queda el valle.

—¿¡Quién eres tú!? —bramó. —¿Acaso no me tienes miedo?

—¿Debo de tenerlo? Yo solo veo al ser más hermoso que he visto en mi vida.

—Soy un tigre y deberías temerme. Los tigres comemos carne.

—¿Carne? ¿Qué tipo de árbol se llama carne?

—Carne es cualquier animal indefenso que pueda cazar; sobre todo si se trata de una cría despistada como tú.

—Es verdad que ando perdida, pero no creo que le guste mi carne porque es demasiado áspera. Por favor, no me coma y ayúdeme a volver con mi madre.

Daya acarició con su trompa el suave lomo del tigre de Bengala; éste se arqueó de placer como si fuese un gatito.

—Está bien, está bien. —respondió casi ronroneando. — Subiremos el río. En algún lugar, río arriba, estará tu familia.

El tigre miró aquellos inocentes ojos de azabache, duros como el cristal, y frotó su cabeza contra la cabeza de la pequeña elefanta. Daya, barritó de la emoción y se tumbó a dormir junto al tigre resguardada por el manto estrellado de la noche.

CONTINUARÁ…

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

YA PUEDES LEER LA SEGUNDA PARTE :

For my non-Spanish speakers readers.  You can read my stories on your mobile in English or any other language by scrolling down the page until you find the Google Translate image.  Click on the Google Translate image and choose the language you want to translate to.

 From Spanish to English, Hindi, Portuguese, Italian…

The Google tool will translate the entire blog.