La mudanza (el desenlace)

Si no has leído la primera parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza/
La segunda parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza-parte-ii-2/

La tercera parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/05/la-mudanza-parte-iii/

LA MUDANZA (el desenlace)

—¿¡Adónde vamos!?

— ¡A escapar!

Susie tomó de la mano a su hermana y miraron hacia todas partes; estaban en una planicie desértica llena de cactus. A lo lejos vieron unas montañas; la niña decidió que tenían que buscar el abrigo de alguna cueva antes de que su vecino se despertara, si es que no estaba muerto por el golpe.

Los policías recorrían la carretera con dirección a Las Vegas, el perro husmeaba con el hocico asomado por la ventanilla. De vez en cuando ladraba para dar su aprobación de la ruta que estaban siguiendo.

En el coche James se despertó; se miró en el espejo retrovisor y vio su cara con un húmedo color bermellón y adheridos a su rostro multitud de cristalitos. Luego se dio cuenta de que la camioneta había volcado y que atrás ya no estaban las niñas.

“¡En qué mala hora se le antojó a Kate quedarse con la niñas de la vecina! Si estábamos muy bien sin hijos. Ahora tendré que matarlas.”

Miró a su alrededor y observando la desolación desértica, su risa histriónica se repitió innumerables veces en el páramo. “Morirán de sed. Ya no me tendré que ensuciar más las manos”.


Se tocó la cabeza y notó, cómo el líquido viscoso emergía en unos hilillos: comenzaba a sentirse mareado. Pensó que pasaría la noche allí y que en cuanto amaneciera llegaría a la ciudad a buscar a alguno de sus excompañeros de la cárcel para que le curara la herida.

Abbie y Susie pasaron la noche en una cueva; rendidas se durmieron abrazadas con sus estómagos vacíos y sus cuerpos entumecidos por el frío de la noche desértica.

Cuando comenzaba a relumbrar el día, los policías llegaban a la zona dónde aún dormitaba James metido en su camioneta. El perro que antes había estado descansando en la parte trasera, se acababa de despertar y ladraba sin descanso.

James miró asustado por el espejo retrovisor pues presintió que algo iba a ocurrir y entonces vio a lo lejos a un coche patrulla. Se apeó y corrió con todas sus fuerzas por la misma zona que recorrieran antes las niñas, allí las cactáceas crecían por doquier y había que tener cuidado con sus finísimas agujas. James no miraba ni dónde pisaba ni si chocaba con los brazos de los cactus. Su periplo le dejó todo el cuerpo lleno de laceraciones y sangre. Vio una cueva y pensó que ese sería el mejor sitio para esconderse.

El perro saltó del coche, se metió por el cactal corriendo al tiempo que iba hociqueando el suelo; los policías con más precaución, avanzaban poco a poco.

James se encontró a las niñas en mitad de la cueva. Las caras de sorpresa fueron recíprocas. La pequeña le pidió al hombre que por favor no les hiciera daño. La risa de James retumbó por toda la caverna. No, no pensaba hacerles nada pues las niñas serían un buen escudo para librarse de la policía.

Capitán, mimetizado por la oscuridad, estaba agazapado justo detrás de su amo; el hombre cogió a las niñas por los hombros, tironeó de sus cuerpos para sacarlas de allí con el fin de mostrárselas a sus perseguidores. Las chiquillas lloraban y gritaban.

Todo el mundo sabe que los perros son fieles a sus amos: Capitán se tiró encima de James. Quizás lo hizo para saludarlo, pero quizás supo que a quienes más quería les iba la vida en ello.

Los policías rodearon toda la cueva. Habían llegado refuerzos de Las Vegas. James no podría salir de allí libre.
Una vez el hombre se zafó de su perro, miró alrededor buscando a las niñas. Entonces oyó el altavoz de la policía:

—¡Salga de la cueva! ¡Entréguese!

No tenía a sus rehenes, pues habían escapado mientras tenía al perro encima y la policía le impedía el paso.

Llevaba una pistola…

El sonido fue atronador, las hermanas se abrazaron ante el crujido de la cueva; se habían adentrado en ella, mientras Capitán se colocó encima de su dueño. El eco les llevó a pensar que las paredes se vendrían abajo. Era el retumbar del disparo que James profirió contra su sien.

Lo primero que vieron los policías al entrar fue el cadáver del secuestrador; temiendo lo peor, profundizaron en la cueva: allí estaba el perrazo tendido custodiando a las dos niñas.

–¿Estáis bien? Tranquilas, ya todo ha pasado —dijo el Sheriff abrazándolas.
Las hermanas, que se encontraban apretadas junto a Capitán, muertas de miedo, comenzaron a sonreír.

                                                                  FIN

Autora :  Victoria Eugenia Muñoz Solano
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Nota :
Espero que os haya gustado. Me encantaría recibir vuestros comentarios, críticas (siempre que sean constructivas) y preguntas si las tenéis.

Gracias por la paciencia y hasta la próxima

Victoria Eugenia



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