El lugar del eterno silencio

El viento silbaba como un ser vivo en la oscuridad del camposanto. Los cipreses negros carraspeaban con sus ramas, meciéndose una y otra vez en el éter de la noche. La necrópolis, océano de almas durmientes, había recibido nuevas incorporaciones: dos jóvenes que un día salieron de sus casas sin saber que seguirían un camino de no retorno. Hacía poco tiempo que tuvieron lugar sus respectivos velatorios y misas corpore insepulto. En el solitario lugar, dos pequeñas almas se contaban sus penas:

—Recuerdo que la misa fue interrumpida muchas veces por los llantos desgarrados. Sus padres y hermanas se abrazaban una y otra vez. Parecía que intentaran espantar a la muerte; pero todo esfuerzo fue inútil: Marta no abriría más sus preciosos ojos.
Al salir de la iglesia, en dirección al lugar de la inhumación pude ir siguiendo al séquito, siempre unos pasos más atrás, como me corresponde. Iba con la cabeza gacha; llorando por dentro. Aún no entiendo esto de la muerte, soy demasiado joven; de vez en cuando musito al cielo sollozando para que lo que ha ocurrido sea tan solo una mala pesadilla. Pero como bien sabes las súplicas no sirven de nada.

—Lo siento mucho por ti. A mí me ha pasado lo mismo y te entiendo…
Permíteme que te cuente mi historia:
El muchacho que aquí descansa, falleció hace poco como tu amiga; era hijo único. Con su muerte, desaparece para siempre la continuación de una importante estirpe de médicos. En la casa, ajeno a todo, aguardaba yo amodorrado a los pies de su cama. Era un día tan soleado y tranquilo como otro cualquiera. Nada hacía presagiar que todo cambiaría de esa forma. Los pájaros seguían trinando, la casa estaba como siempre pero desde aquel día ya nada sería igual…

Éramos tan felices. —suspiró—. Puedo afirmar con orgullo que juntos hemos estudiado la carrera de medicina. Le gustaba tenerme sobre su regazo, a pesar de lo gordo que estoy. Acariciar mis orejas, tirarme pelotas de papel, jugar a perseguirnos… Pero lo que más le gustaba de mí, era escuchar mi ronroneo satisfecho como soniquete de acompañamiento en sus noches en vela…

Ese día había estado tan tranquilo como siempre: durmiendo. Pero comencé a dejar de estarlo al ver que pasaban las horas y mi amigo seguía sin volver. Además era muy extraño que no hubiera nadie que me cambiara el agua o que me suministrara mi alimento. “No, definitivamente no es normal”, pensé. Así que dejé de reposar y de un salto me puse de pie sobre una mesa para ver a través de la ventana del piso superior.
El coche familiar no estaba y tampoco la moto de él. El tiempo había volado y no podía calcular desde qué momento me había quedado solo. Luego, cuando por fin volvió el coche pude ver que los que bajaban tenían sus ropas tan oscuras como mi pelaje. Y él no estaba: solo sus padres. No olvidaré la cara de la madre de Antonio: tenía marcados, profundamente, los rastros de haber llorado y el padre, parecía de corcho; simplemente había dejado de hablar.
Por eso decidí venir hasta aquí junto a él .Cambio con gusto mi cama blanda por esta dura losa. Pues por lo menos, no lo dejo solo.

—Deberías marcharte. Los gatos no siguen a sus amos a los cementerios.

—Pues vete tú. ¿Desde cuándo estás aquí?

— Estoy aquí desde que la enterraron. Pasaré todas las noches junto a ella. ¿Sabes que aún puedo sentir sus manos acariciando mi cabeza? Los perros no dejamos a nuestros dueños y como perrita bodeguera que soy, es inevitable que aquí me quede.

Pasaron los días. El gato gordo cada vez estaba más flaco y la perrita, antes tan parlanchina, apenas quería hablar. Se alimentaban de lo que pillaban, que era más bien poco en aquel lugar del silencio. El otoño languidecía, los días cada vez eran más cortos. El termómetro bajaba más y más. Los dos animales que al principio discutían y se miraban de reojo, comenzaron a apreciarse. Dormían pegados el uno al otro. Una noche, sobre la losa del muchacho; otra, sobre la de la chica.

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El viento silbaba como un ser vivo en la oscuridad del camposanto. Los dos temblaron abrazados. El frío mordía sus huesos de forma hiriente. Los cipreses carraspeaban con sus ramas meciéndose una y otra vez.

La perrita se despertó y vio sentada junto a ella a su querida Marta. Primero, no quiso parpadear por miedo a dejar de verla. Después, su rabo se movió con un ímpetu olvidado. La mano de la muchacha, antes cálida, le tocó el lomo con un tacto sutil y etéreo. El corazón le vibró como nunca: la espera había dado sus frutos. Miró a su izquierda y pudo ver a su amigo ronroneando sobre el regazo de Antonio. Otra vez la mano de su dueña rozó su cabeza:

—Mi querida Manchita, no sabes lo que te he echado de menos. Ese chico que está con el gato murió el mismo día que yo. Fue por una camioneta a la que le fallaron los frenos.
Él iba en moto y cayó. Yo, mejor… no te lo cuento. Nos conocíamos, ¿sabes? Nos queríamos con nuestras miradas. Cuando cruzábamos la calle siempre nos sonreíamos. Pero nunca llegamos a hablar. Es extraño: la muerte nos unió. Hasta estamos enterrados el uno junto al otro. ¿Ves ese resplandor? Es un ángel que nos ha permitido bajar. Nos está esperando para devolvernos al cielo.

El gato que escuchó a Marta dijo con apremio:
—¡Antonio, llevo pasando frío muchas noches! Apenas hay comida en este cementerio. Tal vez alguna rata que comparto con esa perrita. ¡Quién me iba a decir a mí, con una perrita! Con lo pendenciero y buscabocas que soy; pero es que a ella le pasó lo mismo que a mí: perdió a su dueña. ¿Sabes que he dejado de dormir en tu cama para hacerlo sobre tu losa? ¡No quiero separarme de ti!

—Lo siento, Bola. Sé que me quieres, pero hemos venido para que abandonéis este sitio. Bajo esta losa ya no estamos nosotros. Nuestras almas están muy lejos de este cementerio. Marta y yo somos felices en el cielo. Nos conocíamos de vernos en la calle. Pasaba ella y yo la miraba. Luego otro día, ella me sonreía… Nunca llegamos a conocernos. ¿Comprendes? La muerte no es el fin: ha sido nuestro comienzo.

—Es hora de que os despidáis de vuestros compañeros. —se escuchó una voz que procedía de una luz diáfana y brillante—. Si no dejan pronto este lugar, la Muerte se presentará de un momento a otro.
—¿Has escuchado, Manchita?
—Sí, mi querida Marta. —dijo manchita gimoteando.
—Tenemos que marcharnos. No es un adiós: más bien… un hasta luego. Juega a la pelota con mis hermanas y no te olvides de consolar a mamá cuando se acuerde de mí.
—Lo mismo te digo, Bola. Disfruta de nuevo de la comida y de tus siestas: ahora tendrás toda la cama para ti. Haz compañía a papá. Ronronéale, para que sienta de nuevo su corazón.

La luz envolvió a las dos tumbas. Las siluetas de Marta y Antonio se difuminaron junto a la gran luminaria. La bodeguera y el gato negro se quedaron solos; la oscuridad era total. El viento seguía soplando, cada vez más fuerte…

El gato se puso en pie. No tenía muchas fuerzas para sostenerse: mezcla de la debilidad de su cuerpo y de la impresión de haber visto a su dueño. Sin embargo, con una agilidad inusitada se bajó de la tumba.

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— ¿Adónde vas, gato?
—A casa. Tengo un trabajo muy importante que hacer con el padre de Antonio. Y tú, deberías hacer lo mismo.
Entonces la bodeguera dio una última ojeada a la foto de su amiga Marta. —volvió a gimotear—.Y de un gracioso brinco bajó de la tumba.

El sol emergía en el camposanto. A lo lejos, las siluetas de las dos pequeñas criaturas que volvían al hogar, dejando atrás, el lugar del eterno silencio.

 

Victoria Eugenia Muñoz Solano©
Este relato está registrado en la propiedad intelectual, cualquier copia o difusión sin el permiso de la autora estará infringiendo los derechos de autor.

He querido compartir este relato en la noche de Todos los Santos. Espero que os haya gustado y que quérais compartir conmigo vuestras impresiones. 

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La amapola

Fue al amanecer cuando me encaramé sobre el trigo para olisquear el perfume a tierra mojada que manaba de los campos debido a la finísima lluvia. La primavera, hacía brotar las amapolas que semejaban a las arreboladas mejillas de las chiquillas que las recogían al borde de los caminos.AMAPOLA1

 

Yo, que soy nuevo en este mundo, recién llegado a la madurez, oteaba el horizonte buscando a una compañerita con la que compartir mi recién estrenado nido. De tanto apoyarme en la espiga me caí a la zona embarrada y las patas y todo el pelaje se me ensuciaron. Decidí que así no podía presentarme ante una damisela de preciosas y curvadas orejas. Tendría que dejar mis tentativas de cortejo para más adelante. Volví hacia mi gramínea pero al subir, resbalé.

Entre las ramas secas del suelo, una sibilante serpiente apareció no sé yo de dónde. Abrió y descoyuntó  su boca y me quedé encajado dentro. Nunca había estado tan apurado, ni siquiera con los gatos que rondaban por las noches. Mi corazoncillo gritaba encerrado en mi cuerpo. Mi cabeza ya no pensaba, del miedo sentí desmayarme.

Súbitamente el cielo se trasformó en plomo. Un trueno hizo que la serpiente se moviera agitada. El suelo que ya estaba algo encharcado, ahora rezumaba agua  y la “bicha” tuvo que soltarme para no ahogarse. La mano de Dios tenía que estar en la providencial tormenta, porque,  ¿quién si no iba a salvar a un humilde ratoncillo de aquel súbdito de Satán?

Era el atardecer. Los vencejos bailoteaban contentos. El cielo se tornó trasparente, y unos colores lo llenaron: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Por delante, pasó un mirlo dando pequeños saltitos, hincaba su pico en el suelo sacando lombrices con gran rapidez y maestría.

Me fui directo a él pues al tener más edad que yo, tenía que haber visto antes ese espectáculo de color:

-¿Qué es esto que hay en el cielo, señor?- le pregunté aún asombrado mientras señalaba.

– Es el arco iris, que siempre surge justo después de perder la esperanza.

  Feliz tras contemplar tanta belleza, y con la ilusión por vivir recuperada, pues prácticamente me daba por muerto; comí un poco de grano, respiré hondo y me acicalé lo mejor que pude. Estaba dispuesto a encontrar a la amapola de mis sueños: de bellas orejas curvas y pelaje argénteo como la luna.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

Papiroflexia

Una carita tan blanca como la nieve asomaba expectante entre unas manos apergaminadas. La niña lo contemplaba con curiosidad pues llevaba tiempo trabajando sin parar con un papel para hacer una figurita de papiroflexia. El anciano mostraba su satisfacción en una sonrisa esbozada, los dedos diestros plegaban y apretaban; mientras que ella intentaba adivinar con impaciencia qué representaba la pequeña escultura creada por su abuelo.

Llevaría más de media hora con el pasatiempo; trabajando con tanta concentración que parecía ajeno al interés de la nieta: las uñitas hacía rato yacían sobre la alfombra del saloncito y la pobre, desesperada, se disponía a marcharse en dirección a las escaleras. Fue justo cuando ya tocaba el pomo de la puerta, que una voz baja y gruesa le hizo pararse en seco como si un gato negro invisible se hubiese cruzado en su camino.

—¿Quieres saber qué estoy haciendo?
—¡Sí, sí! —gritó sonriente.
—Siéntate aquí a mi lado que ya casi la tengo terminada.

Haciendo unos cuantos dobleces más terminó su obra. Sonrió a su nieta y colocó con delicadeza la figurilla sobre la palma de la mano de la niña que lo miró con tristeza pues por más vueltas que le daba, no era capaz de distinguir si la figura era la representación de un ángel, una grulla o una pareja de cisnes en un estanque.

El abuelo al ver el desaliento no quiso continuar con la espera:

—Niña mía, esto que ves tan extraño es una sirena de dos cabezas.
—¡No, no puede ser!—exclamó con espanto—. Las sirenas no son así. Son mujeres guapas con cola de pez y no monstruos de dos cabezas.
—Pero, ¿por qué no va a ser una “mujer” guapa una sirena de dos cabezas?
—¡Porque las sirenas así no existen! Ariel, la sirenita de los dibujitos, era guapa, pelirroja y de una cabeza.

Por los ojos de la chiquilla comenzaron a brotar sendos regueros de frustración y enojo. Entonces, el anciano, antes de permitir que la niña destrozara por la rabia su “monstruo marino”, lo recogió con cariño en su mano.

—Creo que ya es hora de que te cuente la historia de la sirena de dos cabezas.
—¡No, no quiero!—respondió haciendo pucheros—. ¡Es horrible!

Desoyendo a la niña el anciano dijo:

—Había una vez, no hace mucho tiempo, una muchacha muy hermosa que vivía junto a sus padres en una casita cercana al mar como ésta. El lugar era de cuento: con puestas de sol preciosas, valles verdes y frescos donde las flores crecían doquiera que llegara la vista. Sin embargo, la muchacha estaba triste…
—¿Por qué, por qué…?
—Ahora quieres saberlo, ¿eh? Bueeeno… Pues verás, habían pasado los años y la muchacha ahora era una mujer y estaba triste porque a pesar de que era tan bonita como las estrellas del cielo su corazón se sentía solo: no conocería ningún amor en aquel sitio.
—¡Ah!
—Pero todo cambió una noche, era una noche extraña puesto que una gran luz cayó en sus ojos mientras dormía haciendo que despertara de forma repentina. Por la ventana de la habitación penetraban luces de muchos colores: era un arco iris en la oscuridad del firmamento. Se puso una chaqueta y salió de la casa. Miró hacia la colina frotando sus ojos aún adormilados. Se despabiló rápidamente pues en el suelo vio algo increíble: era una especie de nave espacial. Parecía un avión gigante de papiroflexia, pero era metálico y no de papel, con luces parpadeantes de colores; se percató que era de allí de dónde procedía el arco iris de la noche.

Asustada se acercó y de la trampilla surgió una figura. Era un hombre alto, muy alto y…
—¿De dos cabezas?—preguntó la niña temblando.
—¡Exacto!
—Tenía dos cabezas, y sobre la espalda una aleta dorsal como la que tienen los tiburones de los mares de Australia. Ella pensó igual que tú: que estaba frente a un monstruo extraterrestre. Entonces, decidió huir. Pero en ese instante escuchó una melodía. Se giró y vio como el hombre de dos cabezas tocaba algo parecido a una guitarra. Sonaba tan bien, que cada vez que miraba el rostro del hombre más se enamoraba; aquella debía de ser una guitarra mágica. Los cuatro ojos del extraño le sonrieron, sus labios decían su nombre y ella comenzó a bailar junto a él mientras la guitarra continuaba por sí sola con sus sones.

La nave volvía casi todas las noches. Para aquel hombre del cielo recorrer galaxias no era ningún impedimento. Un día él le entregó una pulsera. Estaba hecha de un metal que parecía de oro pero que brillaba con una luz diamantina. A partir de aquel día ella comenzó a engordar. Cada día más y más. Y una mañana notó cómo la pulsera reventaba en trocitos. Asustada pudo ver a su lado a una pequeña bebé de dos cabezas.

—¿Era su hija?
—Era hija de ambos: del extraterrestre y de la muchacha. El bebé lloraba y no pudo ocultarlo. Se lo contó a sus padres que asustados, ante la extraña nieta, lloraron desesperados; luego discutieron con ferocidad amarga, echándose la culpa el uno al otro de que su hija hubiera entregado su corazón a un monstruo. ¿Qué dirá la gente del pueblo?—dijo su madre ruborizada. El padre miró a su nieta con pena y sólo se encogía de hombros.

Al caer la tarde la muchacha ya había tomado su decisión: cogió al bebé bicéfalo y se fue en dirección al mar. Entró y entró entre las olas hasta no hacer pie y abrazó el agua hasta que sus pulmones ya no pudieron soportarlo.

—¡Oh, Dios mío abuelito! —la pequeña se tapó los ojos como no queriendo ver la escena que ya veía en su mente.
—Sí, pequeña mía. Pobre muchacha enamorada. Sin embargo, el bebé siguió adelante. Porque la pequeña no tenía piernecitas, sino una hermosa cola como la de las sirenas de los cuentos. Así que ella batió su cola y luchó con todas sus fuerzas: las olas del mar no pudieron ahogarla.

También quiero que sepas que el extraterrestre no cometió la traición de dejar a su amada sola pues fue visto en la colina la misma noche del día del nacimiento del bebé: fue allí para reencontrarse con ella y su recién nacido. Sin embargo, desde el altozano pudo contemplar cómo a pesar de ser de madrugada, en la casa, seguía habiendo luces y un trajín continuo de gente que lloraba a la par que iba entrando y saliendo del hogar de la muchacha. Y fue así cómo comprendió que su amor había muerto. Así que cogió la nave y se fue para siempre a su lejana galaxia.

—¿Y qué pasó con el bebé después de las olas?
—El bebé que era medio extraterrestre, medio humano; creció alimentándose del mar: algas, peces, moluscos, crustáceos y cefalópodos. Se convirtió al paso de los años en una bella sirena de dos cabezas que al igual que su madre también comenzó a sentirse sola. Una mañana vio a una criatura bellísima, que en realidad era un pescador. Estaba llorando, asustado por los embates del mar. Había perdido su barca. Se encontraba sobre una gran roca aislada entre el oleaje: era el único superviviente de un naufragio.

Si la marea subía más aquel ser iba a morir.—pensó la sirena—. Así que decidió que en lugar de ocultarse se lanzaría a salvarlo. Lo subió sobre su espalda y lo llevó a la orilla. Sin embargo, el chico estaba tan horrorizado ante el monstruo de dos cabezas que temiendo incluso que lo comiera; pasó todo el camino gritando y arañando su espalda.

La sirena sollozando, se marchó. Su corazón estaba roto. Nunca un ser tan bello le miraría con amor. Se prometió no volver a verlo jamás. Era un monstruo y a los monstruos no les quiere nadie. Sin embargo, comenzó a preguntarse. ¿Qué pasaría si tuviera una sola cabeza y dos piernas en lugar de aquella cola de sardina?

LunaROSA.jpgLa noche era extraña, el cielo parecía iluminado como si fuera de día: una luna rosada gigante reinaba en el firmamento. Sus grandes ojos contemplaron con pena la tristeza de la chica. La Luna le habló desde arriba:

— ¿Quieres ir a la tierra sirenita?
—Es lo que más quiero en este mundo, querida Luna. —le respondió.
—Si así lo quisieras, una de mis estrellas te cortaría una de tus cabezas, pero debes saber que a partir de ahí, sólo sobrevivirás dos años. En cuanto a la cola, no te preocupes; pues en cuento toques la tierra se convertirá en unas hermosas piernas. ¿Qué harás, sirenita?
—¡Entonces, no perdamos tiempo! ¡Llama a una estrella y que me corte la cabeza!
Las olas del mar llevaron hacia la orilla el cuerpo dormido de una bella joven. En la casa de pescadores, descansaba el muchacho del naufragio que de pronto fue despertado por un haz rosado de la Luna. Tomó su chaqueta y salió hacia la playa. Sobre la arena vio el cuerpo de la muchacha dormida. Luego lloró al reconocer que aquella mujer era el monstruo de dos cabezas que le salvó la vida.
—¿Se enamoraron?
—Ya lo creo que sí. Tuvieron un bebé de piel como la nieve y de ojos grandes y curiosos; tenía unas cuantas escamas en la espalda como recuerdo del pasado marino y extraterrestre que le precedía. Sin embargo, pasaron los dos años y el pescador supo solo entonces el final de la sirena:

—Hoy es mi último día. No me importa, pues he podido amarte en estos dos años.—le confesó.

En un instante, de la zona en la que estaba antes la antigua cabeza comenzó a manar sangre y en pocos minutos ella dejó de existir para siempre. Tal fue la tristeza y la sorpresa, que el joven pescador se convirtió en un anciano canoso, de apergaminadas manos pero de gran destreza. Él sigue recordando a su amada una y otra vez creando con el arte de la papiroflexia, a la sirena de dos cabezas que un día le salvó la vida.
Entonces la niña quedó pensativa durante un rato…

Hasta que de pronto las lágrimas rebosaron sus ojos, y tocó su espalda notando el áspero tacto de las escamas. Se abalanzó y lo abrazó con fuerza: supo con aquella figurita quién era verdaderamente aquel hombre.
El joven pescador que envejeció de golpe, por perder a su sirena de dos cabezas.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

Safe Creative #1311199382297

Querido lector:

Agradezco mucho vuestra  participación en el juego creativo que os propuse.(https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2013/11/16/os-propongo-un-juego-creativo-y-de-participacion/)

Espero que os haya gustado el resultado de mi trabajo sobre las palabras que habéis aportado. Pensaba que no saldría nada con tanta disparidad de sustantivos. El género está un tanto diluido en cuanto que tiene parte de cuento clásico, relato de intriga y misterio, de romanticismo, de fábula con moraleja  pero sobre todo es de fantasía. Espero vuestros comentarios.

Un beso para tod@s

Victoria E.