El reloj

—Como puede ver este reloj es de los que ya no se hacen. Es un Duward, de carga manual de quince rubíes. No es tan preciso como lo es un reloj a pilas pero ese es el sabor añejo de los relojes antiguos.
—¿A quién perteneció?
— Es un reloj de señora. Según la ficha, el reloj fue entregado a una casa de empeños en 1933.
El hombre miró el reloj de cerca, escuchó su tic-tac y luego lo sopesó. Tras esto, le dio la mano al relojero y le entregó el dinero que pedía por él.

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—¡Feliz cumpleaños, Paula! —le dijo Alfredo a su hermana menor.
Paula con sus ojos almendrados y sonrisa sincera, se quedó contemplando el reloj amarilleado por el tiempo.
–¿Te gusta?
—¡Sí, es un regalo muy original!
Tras darle cuerda, la joven se acercó el reloj al oído para apreciar su sonido. La fiesta continuó hasta tarde y luego todos se despidieron.

El piso de Paula se había quedado vacío pero lleno de cosas por recoger. Cansada, se tendió sobre el sofá. En su muñeca latía el reloj que llevaba años sin vida en un cajón de relojero: tic-tac, tic-tac, tic-tac…

Paula abrió los ojos. Al escuchar la puerta, se levantó sobresaltada. Había irrumpido una mujer en su salón.

—¿Quién eres?
— Ich bin Nora.
—¿Nora?

El sonido de unas botas aporreando el suelo del descansillo se acercaba con fuerza amenazadora.

—Hilf mir! Mein Gott! – la joven miró suplicante a Paula.

Entraron unos hombres con camisas marrones. Nora, que llevaba una estrella cosida en la manga, se escondió tras el sofá. Paula con los ojos tapados con sus manos, sólo escuchó un estruendo. Después vio el cuerpo de Nora tendido sobre su propia sangre. La joven tenía en su muñeca un reloj de pulsera idéntico al suyo.

Paula miró su reloj, el tic-tac continuaba impasible.
Se dio la vuelta llorando y cuando volvió a mirar… Se encontró de nuevo sola.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

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Papiroflexia

Una carita tan blanca como la nieve asomaba expectante entre unas manos apergaminadas. La niña lo contemplaba con curiosidad pues llevaba tiempo trabajando sin parar con un papel para hacer una figurita de papiroflexia. El anciano mostraba su satisfacción en una sonrisa esbozada, los dedos diestros plegaban y apretaban; mientras que ella intentaba adivinar con impaciencia qué representaba la pequeña escultura creada por su abuelo.

Llevaría más de media hora con el pasatiempo; trabajando con tanta concentración que parecía ajeno al interés de la nieta: las uñitas hacía rato yacían sobre la alfombra del saloncito y la pobre, desesperada, se disponía a marcharse en dirección a las escaleras. Fue justo cuando ya tocaba el pomo de la puerta, que una voz baja y gruesa le hizo pararse en seco como si un gato negro invisible se hubiese cruzado en su camino.

—¿Quieres saber qué estoy haciendo?
—¡Sí, sí! —gritó sonriente.
—Siéntate aquí a mi lado que ya casi la tengo terminada.

Haciendo unos cuantos dobleces más terminó su obra. Sonrió a su nieta y colocó con delicadeza la figurilla sobre la palma de la mano de la niña que lo miró con tristeza pues por más vueltas que le daba, no era capaz de distinguir si la figura era la representación de un ángel, una grulla o una pareja de cisnes en un estanque.

El abuelo al ver el desaliento no quiso continuar con la espera:

—Niña mía, esto que ves tan extraño es una sirena de dos cabezas.
—¡No, no puede ser!—exclamó con espanto—. Las sirenas no son así. Son mujeres guapas con cola de pez y no monstruos de dos cabezas.
—Pero, ¿por qué no va a ser una “mujer” guapa una sirena de dos cabezas?
—¡Porque las sirenas así no existen! Ariel, la sirenita de los dibujitos, era guapa, pelirroja y de una cabeza.

Por los ojos de la chiquilla comenzaron a brotar sendos regueros de frustración y enojo. Entonces, el anciano, antes de permitir que la niña destrozara por la rabia su “monstruo marino”, lo recogió con cariño en su mano.

—Creo que ya es hora de que te cuente la historia de la sirena de dos cabezas.
—¡No, no quiero!—respondió haciendo pucheros—. ¡Es horrible!

Desoyendo a la niña el anciano dijo:

—Había una vez, no hace mucho tiempo, una muchacha muy hermosa que vivía junto a sus padres en una casita cercana al mar como ésta. El lugar era de cuento: con puestas de sol preciosas, valles verdes y frescos donde las flores crecían doquiera que llegara la vista. Sin embargo, la muchacha estaba triste…
—¿Por qué, por qué…?
—Ahora quieres saberlo, ¿eh? Bueeeno… Pues verás, habían pasado los años y la muchacha ahora era una mujer y estaba triste porque a pesar de que era tan bonita como las estrellas del cielo su corazón se sentía solo: no conocería ningún amor en aquel sitio.
—¡Ah!
—Pero todo cambió una noche, era una noche extraña puesto que una gran luz cayó en sus ojos mientras dormía haciendo que despertara de forma repentina. Por la ventana de la habitación penetraban luces de muchos colores: era un arco iris en la oscuridad del firmamento. Se puso una chaqueta y salió de la casa. Miró hacia la colina frotando sus ojos aún adormilados. Se despabiló rápidamente pues en el suelo vio algo increíble: era una especie de nave espacial. Parecía un avión gigante de papiroflexia, pero era metálico y no de papel, con luces parpadeantes de colores; se percató que era de allí de dónde procedía el arco iris de la noche.

Asustada se acercó y de la trampilla surgió una figura. Era un hombre alto, muy alto y…
—¿De dos cabezas?—preguntó la niña temblando.
—¡Exacto!
—Tenía dos cabezas, y sobre la espalda una aleta dorsal como la que tienen los tiburones de los mares de Australia. Ella pensó igual que tú: que estaba frente a un monstruo extraterrestre. Entonces, decidió huir. Pero en ese instante escuchó una melodía. Se giró y vio como el hombre de dos cabezas tocaba algo parecido a una guitarra. Sonaba tan bien, que cada vez que miraba el rostro del hombre más se enamoraba; aquella debía de ser una guitarra mágica. Los cuatro ojos del extraño le sonrieron, sus labios decían su nombre y ella comenzó a bailar junto a él mientras la guitarra continuaba por sí sola con sus sones.

La nave volvía casi todas las noches. Para aquel hombre del cielo recorrer galaxias no era ningún impedimento. Un día él le entregó una pulsera. Estaba hecha de un metal que parecía de oro pero que brillaba con una luz diamantina. A partir de aquel día ella comenzó a engordar. Cada día más y más. Y una mañana notó cómo la pulsera reventaba en trocitos. Asustada pudo ver a su lado a una pequeña bebé de dos cabezas.

—¿Era su hija?
—Era hija de ambos: del extraterrestre y de la muchacha. El bebé lloraba y no pudo ocultarlo. Se lo contó a sus padres que asustados, ante la extraña nieta, lloraron desesperados; luego discutieron con ferocidad amarga, echándose la culpa el uno al otro de que su hija hubiera entregado su corazón a un monstruo. ¿Qué dirá la gente del pueblo?—dijo su madre ruborizada. El padre miró a su nieta con pena y sólo se encogía de hombros.

Al caer la tarde la muchacha ya había tomado su decisión: cogió al bebé bicéfalo y se fue en dirección al mar. Entró y entró entre las olas hasta no hacer pie y abrazó el agua hasta que sus pulmones ya no pudieron soportarlo.

—¡Oh, Dios mío abuelito! —la pequeña se tapó los ojos como no queriendo ver la escena que ya veía en su mente.
—Sí, pequeña mía. Pobre muchacha enamorada. Sin embargo, el bebé siguió adelante. Porque la pequeña no tenía piernecitas, sino una hermosa cola como la de las sirenas de los cuentos. Así que ella batió su cola y luchó con todas sus fuerzas: las olas del mar no pudieron ahogarla.

También quiero que sepas que el extraterrestre no cometió la traición de dejar a su amada sola pues fue visto en la colina la misma noche del día del nacimiento del bebé: fue allí para reencontrarse con ella y su recién nacido. Sin embargo, desde el altozano pudo contemplar cómo a pesar de ser de madrugada, en la casa, seguía habiendo luces y un trajín continuo de gente que lloraba a la par que iba entrando y saliendo del hogar de la muchacha. Y fue así cómo comprendió que su amor había muerto. Así que cogió la nave y se fue para siempre a su lejana galaxia.

—¿Y qué pasó con el bebé después de las olas?
—El bebé que era medio extraterrestre, medio humano; creció alimentándose del mar: algas, peces, moluscos, crustáceos y cefalópodos. Se convirtió al paso de los años en una bella sirena de dos cabezas que al igual que su madre también comenzó a sentirse sola. Una mañana vio a una criatura bellísima, que en realidad era un pescador. Estaba llorando, asustado por los embates del mar. Había perdido su barca. Se encontraba sobre una gran roca aislada entre el oleaje: era el único superviviente de un naufragio.

Si la marea subía más aquel ser iba a morir.—pensó la sirena—. Así que decidió que en lugar de ocultarse se lanzaría a salvarlo. Lo subió sobre su espalda y lo llevó a la orilla. Sin embargo, el chico estaba tan horrorizado ante el monstruo de dos cabezas que temiendo incluso que lo comiera; pasó todo el camino gritando y arañando su espalda.

La sirena sollozando, se marchó. Su corazón estaba roto. Nunca un ser tan bello le miraría con amor. Se prometió no volver a verlo jamás. Era un monstruo y a los monstruos no les quiere nadie. Sin embargo, comenzó a preguntarse. ¿Qué pasaría si tuviera una sola cabeza y dos piernas en lugar de aquella cola de sardina?

LunaROSA.jpgLa noche era extraña, el cielo parecía iluminado como si fuera de día: una luna rosada gigante reinaba en el firmamento. Sus grandes ojos contemplaron con pena la tristeza de la chica. La Luna le habló desde arriba:

— ¿Quieres ir a la tierra sirenita?
—Es lo que más quiero en este mundo, querida Luna. —le respondió.
—Si así lo quisieras, una de mis estrellas te cortaría una de tus cabezas, pero debes saber que a partir de ahí, sólo sobrevivirás dos años. En cuanto a la cola, no te preocupes; pues en cuento toques la tierra se convertirá en unas hermosas piernas. ¿Qué harás, sirenita?
—¡Entonces, no perdamos tiempo! ¡Llama a una estrella y que me corte la cabeza!
Las olas del mar llevaron hacia la orilla el cuerpo dormido de una bella joven. En la casa de pescadores, descansaba el muchacho del naufragio que de pronto fue despertado por un haz rosado de la Luna. Tomó su chaqueta y salió hacia la playa. Sobre la arena vio el cuerpo de la muchacha dormida. Luego lloró al reconocer que aquella mujer era el monstruo de dos cabezas que le salvó la vida.
—¿Se enamoraron?
—Ya lo creo que sí. Tuvieron un bebé de piel como la nieve y de ojos grandes y curiosos; tenía unas cuantas escamas en la espalda como recuerdo del pasado marino y extraterrestre que le precedía. Sin embargo, pasaron los dos años y el pescador supo solo entonces el final de la sirena:

—Hoy es mi último día. No me importa, pues he podido amarte en estos dos años.—le confesó.

En un instante, de la zona en la que estaba antes la antigua cabeza comenzó a manar sangre y en pocos minutos ella dejó de existir para siempre. Tal fue la tristeza y la sorpresa, que el joven pescador se convirtió en un anciano canoso, de apergaminadas manos pero de gran destreza. Él sigue recordando a su amada una y otra vez creando con el arte de la papiroflexia, a la sirena de dos cabezas que un día le salvó la vida.
Entonces la niña quedó pensativa durante un rato…

Hasta que de pronto las lágrimas rebosaron sus ojos, y tocó su espalda notando el áspero tacto de las escamas. Se abalanzó y lo abrazó con fuerza: supo con aquella figurita quién era verdaderamente aquel hombre.
El joven pescador que envejeció de golpe, por perder a su sirena de dos cabezas.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Querido lector:

Agradezco mucho vuestra  participación en el juego creativo que os propuse.(https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2013/11/16/os-propongo-un-juego-creativo-y-de-participacion/)

Espero que os haya gustado el resultado de mi trabajo sobre las palabras que habéis aportado. Pensaba que no saldría nada con tanta disparidad de sustantivos. El género está un tanto diluido en cuanto que tiene parte de cuento clásico, relato de intriga y misterio, de romanticismo, de fábula con moraleja  pero sobre todo es de fantasía. Espero vuestros comentarios.

Un beso para tod@s

Victoria E.

 

El perro del cable

Cuando vuelvo a mi apartamento tras estar toda la mañana en el laboratorio, paso por delante de una casa que tiene un perro ; la dueña lo tiene atado con un horrible y corto cable no sé yo si para que no se escape o para mortificarlo. Todos los días él me ladra inquieto, me mira, se mueve de un lado a otro y por evitar sus ladridos, procuro pasar rápido.

Aquella mañana estaba exhausta. Había estado testando un nuevo y caro antibiótico y encima se me había derramado parte del mismo sobre mis manos. De vuelta, pasé por delante de la casa del perro del cable. El animal me miró y en lugar de ladrarme, comenzó a decirme en perfecto español:

—Mi dueña ha matado a mi amo. ¡También a los niños!
—¿Cómo? ¡No, no puede ser! ¿Te oigo hablar? Estoy perdiendo el juicio de tanto trabajo de laboratorio.
Pero el animal siguió:
— Están enterrados en el jardín. No me mires así; ya que por fin me escuchas, ¿avisarás a la policía?

No sabía si correr o si seguir dialogando con el perro. Pensé que lo de su voz tenía que ser causado por el nuevo antibiótico, que procedía de un extracto de planta amazónica cuyos efectos podrían ser también alucinógenos.

—Necesito una prueba para poder denunciar. No, no me vale con tu palabra de perro.
Tras colarme y quitarle el cable, el can empezó a sacar montones de tierra; mientras yo lo miraba incrédula.
Perro buscando

Levantando la cabeza aulló:

—¡Ahí los tienes! Mi amo y los niños.

¿Y qué hice? Pues denunciar. La policía se llevó a mi vecina y yo, me quedé con el perro.
Os dejo, estoy terminando mi artículo para Nature sobre una planta amazónica.
Quién sabe si me llevaré el Nobel…

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Querido lector:

Espero que te haya gustado “El perro del cable”. Si te gustan mis cuentos suscríbete al blog 🙂
Un abrazo
Victoria Eugenia Muñoz Solano

Habemus Papam

— De este año no pasa.

—Estoy de acuerdo. ¿Qué te parece Georg, te unirás a nosotros? — dijo Angelo.

Georg estaba callado con los ojos perdidos en el horizonte. Escuchaba la conversación con atención pero no podía evitar pensar que aquello le sobrepasaba, sus voces retumbaban en la gran sala con un eco que parecía ajeno a él. Sin embargo, al estar presente, se estaba metiendo en el lodo casi sin darse cuenta. Aquellos príncipes de la Iglesia, estaban muy lejos de lo que debería de proceder de los continuadores de la obra de Cristo: eran una sucesión de caras regordetas, ambiciosas, grotescas que entre risas le llevaba a pensar que se comportaban como verdaderos representantes de Lucifer en la tierra.

— Sí, haré lo que me pidáis. —respondió intentando que su voz no flaqueara.

No podía negarse después de haber escuchado los planes que llevaban ejecutando durante el 2012 pues se exponía a que encargaran su final junto al de Su Santidad. Supo que fue en enero cuando empezó todo. El papa estaba resfriado y le estuvieron inyectando estreptozotocina, una sustancia que se usa en ratas de experimentación para inducir la aparición de diabetes. Tras un tiempo prudencial en el que el páncreas del papa hubiese dejado de funcionar lo único que tenían que hacer era servirle un café extremadamente dulce. La monja cocinera también estaba enterada: grandes cucharas de azúcar en todo lo que fuera necesario endulzar. Así sin dejar huellas, el papa cada vez estaba más cansado y delgado, pronto dormiría para siempre.
Disimuló lo que pudo. Y preguntó:

—Cuando Dios tenga a bien llevar a Su Santidad a su lado, ¿qué tenéis previsto?

Las risas estallaron en la sala.

El cardenal Angelo se acercó a Georg, rodeando con su brazo el hombro del secretario:

— Vendrá su sucesor ideal: viejo, italiano y de fácil manejo. Ya no tendremos que preocuparnos porque nos excomulguen; digamos ejem… que por salirnos de la senda correcta. Y si el nuevo, no se comporta, ya sabemos lo que hay que hacer. Necesitamos que nos ayudes.

—¿Cómo?

— Su Santidad, sospecha que algo le pasa. Llamará a un nuevo médico que no estará de nuestro lado como el actual. Y éste le dirá, la verdad sobre su analítica y le prescribirá insulina. Tienes que convencerlo de que está viviendo el proceso normal de la vejez. Que debe de resignarse. El papa confía en ti como si fueras su hijo.

La cara del secretario palideció. Se estaba poniendo enfermo ante el cinismo del cardenal. Cuando terminó la reunión intentó no ir directamente al despacho del papa. Sabía que todos sus movimientos serían vigilados.

Al finalizar el día, fue a su dormitorio.

— Tengo que contarle algo importante.

—Debes hacerlo pronto Georg, me muero de sueño.— le dijo con los ojos entreabiertos.

— Prepárese porque es muy duro… A ver cómo empiezo… Su cocinera, Sor Luciana, le está poniendo grandes cantidades de azúcar en la comida.

—Ya me he dado cuenta que todo está demasiado empalagoso. Se lo diré al mayordomo. ¿Nada más?

—No, se lo explicaré mejor; lo que quería decirle es que le están matando poco a poco. Hace un año le suministraron una droga para ratas de laboratorio. La droga le ha destruido sus islotes pancreáticos y por ello no producirá más insulina. El azúcar está actuando en su cuerpo como un veneno silencioso.

—¿Y qué puedo hacer?

Georg y Ratzinger estuvieron hablando toda la noche. A los pocos días, el papa consternó al mundo anunciando su renuncia.

—¿Qué es esto, Georg? ¿Tienes algo que ver con la renuncia de Su Santidad? — le preguntó Angelo.

—No, más bien el cansancio acumulado por los subidones de glucosa que le ha estado procurando Sor Luciana. —respondió el secretario sonriéndose.

El papa y él ya habían elegido sucesor. Era un cardenal de ojos rasgados y joven. Ni italiano ni manipulable.

La fumata blanca apareció a la tercera. Cómo consiguieron que de los 120 cardenales más de dos tercios lo eligieran ya es otra historia.

¡Habemus Papam! —anunció el cardenal protodiácono desde el balcón de la Basílica de San Pedro.
Eminentissimum ac reverendissimum Dominum,
Dominum Ludovicum,
Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Tagle,
Qui sibi nomen imposuit Ioannis Pauli tertii

Tenemos Papa:
El eminentísimo y reverendísimo Señor,
Don Ludovicum
Cardenal de la Santa Iglesia Romana Tagle,
Que se ha impuesto el nombre de Ioannis Pauli tertii

Los pequeños ojos de Juan Pablo III se llenaron de lágrimas, le dio incluso un mareo de alegría al tiempo que de ansiedad por la gran responsabilidad de tener que llevar las sandalias del pescador. Salió al balcón, pronunció unas tambaleantes palabras e impartió su primera bendición Urbi et Orbi.

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Para ti lector:

Espero que te haya gustado esta ficción que hipotetiza a modo de thriller sobre el motivo de la renuncia del papa Benedicto XVI y que vislumbra al nuevo papa de entre los papables. Si tuviera voto en la elección, mi papa sería Luis Tagle, el cardenal filipino de cara amable y que bien se podría llamar Juan Pablo III. La elección de este papa inesperado y atípico abriría, según mi punto de vista, un nuevo horizonte  al rumbo de la Iglesia.

Quisiera poder leer tus comentarios y críticas, siempre que sean constructivas.  Te recuerdo, querido lector, que esto es una FICCIÓN pues yo ni vivo en Roma ni estoy en las conversaciones entre los cardenales y el secretario del papa. Mi imaginación me ha llevado a esta historia de conspiraciones y ambiciones; que plasmo en mi blog para que tú también la disfrutes

Un fuerte abrazo

Victoria Eugenia

La Ninfa

Otra vez eran las diez y media; hora en la que Atón, Obi Wan, Thor y Locodeamor quedaban en el messenger con Ninfadríade.

Eran hombres de edades y circunstancias muy diferentes:
Atón, que rondaba la cincuentena, llevaba a sus espaldas un matrimonio fracasado y dos hijos veinteañeros a los que prácticamente desconocía.
Obi Wan, era un “friki” cuya única afición era Star Wars y sólo era capaz de hablar con las chicas a través de internet. En el caso de Thor  era diferente pues se trataba de un militar que como nunca tenía un destino fijo, no llegaba a conocer a fondo a ninguna mujer  y por último estaba Locodeamor : un romántico enamorado del amor.

Ninguno de ellos conocía a Ninfadríade pero de lo que estaban realmente seguros era que si no tenían un contacto real con ella; estarían perdiendo quizás, el último tren que les permitiría hallar la felicidad.

Un día el friki Obi Wan, hackeó el messenger; con ello supo que Ninfadríade hablaba con tres personas más. Así que invitó a los otros tres a un privado mediante el cual quedaron en persona.

Allí estaban los cuatro oponentes en el Mc Donald´s del centro de la ciudad.
El motivo de aquella reunión no era otro que decidir cómo iban a conocer quién era esa mujer que se había presentado tan seductora como esquiva.

Obi wan les dijo a sus compañeros que aportaran datos que ella hubiera compartido con cada uno de ellos en sus conversaciones:

—“Soy tan ligera como las ninfas.”— dijo Thor.

—“Vivo en todos lados”.— aportó Locodeamor.

—“Ni tuve ni tendré hijos.”— añadió Atón.

De repente a todos les sonó el móvil; era un mensaje. Y éste decía así:

“Seguid a vuestro corazón y allí estaré yo”.

Los cuatro desconocidos se miraron entre sí y sin decir palabra alguna se levantaron de golpe. Había una iglesia en la plaza aledaña y llegaron allí corriendo. Se pararon encima de una losa sin saber porqué. El sudor frío perló la frente de los cuatro. Miraron al suelo y vieron una lápida que rezaba:

“ Aquí yace Lucrecia Martínez del Río 1860—1878”

Entonces fue cuando aquellos desconocidos se percataron de quién era verdaderamente Ninfadríade.

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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La muñeca-robot y el Scalextric

Los días se habían hecho más cortos, las tardes que hasta hacía poco olían a castañas y a batatas asadas, ahora eran tardes refulgentes de luces titilantes, mantecados, turrones y compras navideñas.

Estábamos ya en plenas fiestas de Navidad, esa fiesta consumista cuyo verdadero sentido se ha ido difuminando con el paso de los años: catálogos de juguetes, grandes almacenes, prisas, opíparas comidas, niños señalando lo que quieren o dejan de querer. Pero todo esto, que alegra el corazón a muchos, a otros, se les convierte en una auténtica pesadilla.

— ¡Ana, estoy harto! Este año será el último en casa de tus padres.
— No sé cómo quieres que sea el último si ninguno de los dos tenemos trabajo. ¿Dónde vamos a vivir? ¿Bajo un puente? ¡Ah! Y esa es otra… ¿Y los Reyes? ¿Qué va a pasar con los Reyes, eh? El niño ha pedido un Scalextric y la niña la famosa muñeca- robot que cuenta cuentos y canta.

Desde que les quitaron la casa, Paco sufría horribles dolores de cabeza, pero nada comparado con el que comenzó a sentir al discutir con su mujer sobre los regalos de Reyes. En la familia todos estaban igual de “tiesos” que ellos, por lo que nadie podía ayudarles y encima los juguetes de este año parecían más caros que nunca.

Sin embargo, se negaba a quitar la ilusión a unos niños tan pequeños; pero por otro lado tenían que comer todos los días. Sí, había preguntado en Cáritas, pero allí no conseguiría lo que querían Antoñito y Carmencita. Tendría que conformarse con cualquier otra cosa que no habrían pedido.

¿Qué les diría? “Niños, es que los Reyes están en crisis.” “Pero si son Magos, papá.”, responderían ambos con sus ojazos comenzando a desbordarse de lágrimas, a la par que agitarían sus cabecitas llenas de rizos.

Después de estar dándole vueltas a la cabeza durante todo la tarde. Por la mañana Paco se fue a un supermercado para comprar una paletilla de jamón.Tras esto se dedicó a hacer papeletas. Pensó que si lograba venderlas todas, cada una a un euro, podía ganar lo suficiente para comprar los regalos. Estuvo todo el día deambulando de acá para allá. Pero toda la gente del barrio estaba igual que él: sin un euro y menos aún para una rifa de tan exiguo premio. Entró en todos los comercios. Sólo cuando llego a la tienda de Peter, irlandés apodado como “el pelirrojo”, le pudo vender unas cuantas, y eso que el hombre tenía una tienda de ultramarinos gourmet en la que los jamones de pezuña negra atiborraban las paredes.

elpelirrojo

Estaba descorazonado, pues su intento de salvar la Navidad, sería del todo infructuoso; por ello no quería ni volver a casa. Se cruzó con el barrendero cubano del barrio; ese que siempre cantaba y bailaba salsa al tiempo que trabajaba con su escoba.

—¡Eh, pana te veo como tristón! ¿Qué pasa, chico?
— No, no te voy a contar mis penas. Estamos en Navidad y no es cosa de chafarte las fiestas.
— ¡Eh, desahógate! En Cuba desimos las penas compaltidas pasan mejol.
—Este año los Reyes Magos no van a venir a mi casa. Me entran ganas de entrar en el Corte Inglés y coger lo que necesito. Es de justicia, ¡con lo que esa gente gana!—dijo Paco con angustia y rabia.
—Tranquilo, amigo verás cómo pronto las cosas mejoran.

Barrendero1

—Pues no sé cómo… Gracias por los ánimos Raimundo. ¡Y Feliz Año!
“No sé cómo me quedan ganas de decir Feliz Año, más bien, ¡Feliz Mierda de 2013!”, pensó.Se encaminó al chino de la esquina. Sintió apuro al tener que pedirle que le ayudara a vender las papeletas, que las pusiera a la vista detrás de él en el mostrador. Era un chino poco común pues siempre estaba de broma, sacándole chiste a todo.
Chino sonriente

—Adiós, amigo. ¡Gracias!

Mientras terminaba el último acorde del concierto de Año Nuevo, Paco llegaba a casa de sus suegros con la cara agachada, el alma en los pies y los ojos mirando al suelo.

—¡Eh, papá! ¿Cómo se llamaba la marcha que la gente aplaudía?

—Marcha Radetzsky, Antoñito.

—Vamos, a hacerla Carmen. —dijo el niño cogiendo las manos a su hermana imitando el aire solemne del director de orquesta mientras tarareaba: — Parapam, parapam, parapampanpam, parapam parapam parapampampam…

Y otra vez el dolor de cabeza…

Pasaron los días y no hubo un día que Paco no se acercara al chino a preguntar por las papeletas. El hombre le dijo casi disculpándose que las diez que se habían vendido las había comprado él mismo. Así que ante el fracaso de la venta de las papeletas, se encaminó a pedir los juguetes que la iglesia tuviera a bien darle. Por lo menos, los niños no se iban a encontrar con la habitación vacía. Además, con los globos que le había regalado Yang llenaría el cuarto.

Llegó al fin el día de Reyes. Y Carmen y Antonio se levantaron; dando grititos se quitaban las legañas. Tras un rato de aturdimiento, levantando los globos para buscar los juguetes, por fin pararon y se percataron de lo que en el cuarto había:

— Pero, ¿dónde está la muñeca-robot? —dijo sorprendida Carmen.

—¿Y el Scalextric?  —dijo Antoñito con voz desencantada a su hermana después de estar un rato rebuscando.

Había una carta junto a sus camas, que el mayor intentó leer. Como era muy lento leyendo, decidieron llevarla al dormitorio de sus padres para que se la leyeran.

—Léela papá, que me entere yo qué les ha pasado a los Reyes.

“Queridos Antonio y Carmen: No hemos podido traeros vuestro pedido porque hay muchos niños a los que repartir juguetes y este año los Reyes…

Entonces sonó el timbre de la puerta. Paco se puso la bata y abrió la mirilla para ver quién era:

—No, no puede ser —dijo.

—¿Quién es, Paco?—preguntó la mujer desde la habitación.

Tras abrir, los niños abrieron la boca de par en par pues estaban entrando en su casa tres hombres ricamente ataviados:

 Uno de barba blanca, ojos achinados y una gran corona; otro con barba y rizos pelirrojos cuya sonrisa de oreja a oreja le atravesaba toda la cara y por último un corpulento negro con un turbante bordado y un penacho de plumas.

—¿Pero, es que los Reyes querían venir a vernos?

—Sí, Antoñito, así continúa la carta.—respondió Paco llorando.

“Queridos Antonio y Carmen: No hemos podido traeros vuestro pedido porque hay muchos niños a los que repartir juguetes y este año los Reyes…

… hemos decidido que como nos retrasaremos en el reparto, os entregaremos en persona la muñeca- robot y el Scalextric. Porque habéis sido muy buenos, y unos niños tan buenos merecen siempre lo mejor…

—Mira, Carmen. Papá también debió de ser un niño muy bueno. ¿Has visto cómo le están abrazando los Reyes Magos?

—¡Sí, Antonio! Cuando volvamos al cole le diremos a todos que papá es el mejor amigo de los Reyes.

 Victoria Eugenia Muñoz Solano
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 Queridos lectores:
Os quiero dar las gracias de corazón por la estupenda acogida que está teniendo el blog. Ha sido un gran año para mí ya que he ganado dos premios y he sido entrevistada tanto en radio como en televisión. Y hasta he aparecido en la prensa.
A pesar de todo, también he tenido mis sinsabores y preocupaciones personales.
Quiero desearos una feliz Navidad y que este 2013 mejore con creces al 2012 pues falta nos hace. ¡Salud, Trabajo y Amor para tod@s!
Victoria Eugenia

Negligencia

Dos hombres que estaban sentados en sendos sillones de cuero verde, discutían haciendo amplios gestos. El más viejo, de gran nariz y pelo rubio distribuido equitativamente para disimular su amplia calvicie, alzaba la voz de forma violenta. Su sonido se volvía ronco y apagado conforme subía su grado de excitación. El otro individuo, algo más joven, era un afroamericano de hombros anchos, manos enormes y pelo que comenzaba a encanecer. No eran amigos ni trabajaban juntos sino aliados circunstanciales cuyos intereses les habían llevado a mantener aquella reunión con carácter de urgencia…

—Le hemos ingresado el dinero religiosamente y ahora quiere tirarlo todo por la borda. El tío dice que va a cantar antes de que llegue junio. —dijo el jefazo negro con ojos inyectados en sangre.

—No, no podemos permitir que hable. ¿Sabes lo que significaría?— replicó el hombre mayor.

—¡Que nuestro plan se iría a la mierda!

—¡Exactamente! Nos cerrarían el chiringuito: los fans dejarían de comprar discos y tendremos serios problemas con la justicia. —dio un puñetazo sobre la mesa. Su piel rubicunda había tornado del blanco pajizo al rojo chillón.

—No te enojes, tranquilízate. Si el cabeza de turco no quiere colaborar, a pesar de todo el dinero que le espera al salir de prisión, ya sabes que tenemos el plan B: una alternativa bastante sencilla…
— ¡Claro! Es muy fácil que un preso le coja manía… por lo que hizo. —afirmó con voz queda.

Su risa estruendosa a la par que cínica resonó en toda la estancia. Con gestos, indicaba las posibles muertes que le podían dar en la cárcel según el grupo étnico al que perteneciera el agresor: corbata colombiana, apuñalamiento en el corazón, ahorcamiento simulando un suicidio, estrangulamiento… con un puro humeante señaló su móvil. En la pantalla se podía leer la agenda de contactos: todos eran presidiarios pertenecientes a diferentes razas y clanes.

El magnate, se incorporó pesadamente para invitar con su caja de habanos a su compañero. Allí, sentados en el gran despacho de un rascacielos perdido de la ciudad de Manhattan se sentían intocables y poderosos; rodeados por ostentosos trofeos de caza, agitando prepotentes sus puros, llenando la estancia de una humareda tan inmunda como lo eran sus conciencias.

En la penitenciaría, la vida se le había hecho cuesta arriba. Era imposible acostumbrarse a que día tras día, el rancho fuera aquella masa informe de sospechosa y asquerosa procedencia: tenía un tacto blandengue que le provocaba verdaderas arcadas. Por otro lado, tenía que aguantar las palizas que le propinaban los otros presos cuando les daba la gana, la mofa y el escarnio diario o las duchas heladas con las que recibía la mañana. Además de soportar el oscuro y estrecho cubículo en el que estaba confinado…

Sin embargo, esto no representaba ni la mínima parte de lo que le estaba produciendo las grandes ojeras, las bolsas bajos los ojos, el adelgazamiento imparable por la pérdida total del apetito…

Porque lo peor en la prisión venía justo cuando caía la noche: cuando las sombras se apoderaban de los pasillos, cuando el ruido del transcurrir de las agujas de su reloj automático de pulsera, se percibía como un rumor fuerte y desasosegante: TATATATATATATATA…

Cuando las sábanas, con las que cubría su cuerpo, se levantaban ante sus ojos sin nada que las sustentara y luego, sentía su pelo mesado violentamente por un viento fantasmagórico que le helaba el rostro; mientras que su corazón latía fuerte, tan fuerte que le golpeteaba el pecho como si quisiera emerger destrozándole la caja torácica y rasgándole la piel en mil pedazos.

Sabía que aquello le iba a conducir a la muerte, algo que temía más que nada. Aunque se trataba de un miedo irracional, al fin y al cabo, su experiencia era tan real como que necesitaba el aire para vivir …

—¡Por favor, por favor! ¡Despierta! Viene a por mí, es él. —dijo el médico zarandeando a su compañero de celda—.Su piel negra se había trocado a un color grisáceo debido al pavor que estaba sintiendo.

—¿Quién va a venir? ¿Es que has perdido la cabeza? ¡Déjame dormir, idiota!

Sin embargo, tenía las manos totalmente agarrotadas por el frío. La garganta era como un estropajo, con la sensación de poseer una bola a mediación de la misma; una bola que le imposibilitaba tragar saliva y que le apretaba tanto que casi le paralizaba la respiración. La sequedad, le impedía gritar como necesitaba hacerlo.

Pero, ¿cómo describir lo que le estaba pasando? Tenía que contarlo. Sentía que se estaba volviendo loco. En los últimos días ya no sólo notaba su presencia sino que lo veía: se ponía allí, sentado a los pies de su cama; en silencio.

¿Qué hacía? No, no hacía nada. Sólo le miraba con sus grandes ojos, interrogándolo; aguardando algo que él desconocía. El pavor era febril. A veces quería conseguir el valor suficiente para terminar con todo: para suicidarse. Comenzó a pensar que únicamente de esa manera, lograría evitar que las noches se siguieran sucediendo una tras otra.

Una mañana, después de que transcurrieran muchas noches de pánico extenuante, entró acompañado por el alguacil al despacho de la psiquiatra de la prisión: la doctora Marlow.  Se le veía cabizbajo, con una voz que si antes era grave y modulada, ahora era apenas un susurro vacilante y quebrado; presentaba además grandes temblores en ambas manos, que hacían pensar que tuviera un parkinson de aparición repentina.
La cita se producía debido a que él mismo había hecho esta petición como último recurso para “curar” su alma perturbada.

El doctor, creía firmemente que aquello tenía que tratarse de un trastorno de su mente puesto que los fantasmas no existen. Como científico, tenía casi la certeza de que al morir todo lo que la persona ha sido se pierde y que nada queda más allá de los huesos en el féretro. Sin embargo, muy en el fondo, y desde el último mes, temía que esto no fuera así:

—Quizás, la vida continúe de otra forma tras la muerte.— afirmó mirando al techo tendido delante de la doctora.— ¿Podría ser que me estén infringiendo un castigo perpetuo desde el otro lado?—le preguntó a la psiquiatra. La doctora no respondió a su pregunta pues quería escuchar todo lo que le tenía que decir y continuaba tomando anotaciones mirando alternativamente a su bloc y a su paciente con el ceño fruncido; meditaba y luego escribía lo que consideraba importante para establecer el diagnóstico.

“Un castigo, que ni todo el oro del mundo podrá resarcir. ¡Había sido un imbécil ambicioso!”—se dijo mientras aguardaba la respuesta de la doctora; respuesta que ansiaba escuchar ya que quería agarrarse a cualquier afirmación que fuera racional y científica, con el objeto de lograr por fin apaciguar su conciencia. Comenzó a justificarse mentalmente:

“Cualquiera hubiese hecho lo mismo que yo por esa millonada, fue tan fácil. Una dosis de más, y ya está. Mi vida asegurada para siempre. Pero, ¿qué vida? Desconocía que todas las noches iban a ser así: terror, frío, ahogo, dolor, remordimiento: INSOMNIO.”

La doctora iba a interrumpir sus cavilaciones; parecía que respondería a su pregunta sobre la posibilidad del castigo de ultratumba. Sin embargo fue él, el que retomó la palabra:

—¡No puedo aguantar más, doctora Marlow!— exclamó cerrando los ojos. En ese instante, comenzaron a manarle sendos regueros de lágrimas.

—Le pondré un tratamiento y verá cómo dentro de pocos días ya no ve a nadie. — dijo Marlow con tono seguro.

—¡Pero es que usted no lo ha visto! ¿¡Sabe cómo me mira!? Está durante horas fijo, sentado a los pies de mi camastro. A veces sonríe, otras se queda ahí sin más, con su cara blanquecina, sus manos huesudas y crispadas y sus ojos resplandeciendo llameantes, en la oscuridad.

— Son alucinaciones que están en su mente. No tiene nada que temer. Los muertos no vuelven.

– ¡Sí que vuelven!— gritó por la impotencia de no ser creído pues la voz benevolente de su colega lejos de serenarle le ponía aún más frenético.

Llegó el día de las visitas. A veces venía su familia, la cual parecía que después de todo, le seguía “queriendo” mucho; aunque en realidad, no era ajeno a que aquel cariño se consolidaba debido a que la cuenta bancaria estaba más abultada que nunca.
Pero esta vez, no serían ni su mujer ni sus hijos los que le visitarían, puesto que a petición suya tenía que acudir a verlo su abogado.

— ¿Has entendido? Quiero que le digas a tus jefes que no voy a callar más. Que les daré hasta el último dólar que cobré y que antes de junio cuento todo lo que ha pasado a la prensa.

—¿¡Estás loco!? No vas a poder vivir en ningún sitio, te señalarán como asesino.

—¡Ya he sido señalado como un asesino!

—Además eres idiota, ¿no te das cuenta? Ahora sólo te identifican como a un médico negligente. Y piénsalo, hasta los fans más histéricos más o menos lo comprenden, porque las negligencias médicas ocurren todos los días a cada minuto. Pero si lo cuentas, ya no podrás sacar la cabeza de tu casa en ningún lugar del planeta.

Tras unos minutos de discusión que pasaron para el médico enseguida, el alguacil se acercó al preso para anunciarle que se acababa de cumplir el tiempo para las visitas. El hombre se levantó con la mente en un mar de dudas: por un lado el abogado tenía razón, nadie iba a perdonárselo. Su paciente, había sido un ídolo de masas tan sólo comparable con Elvis. Y por otro lado creía que la única manera de dejar de verlo era confesando su culpa. Puesto que había ocultado pruebas y para colmo negado los primeros auxilios. Había sido un ser despreciable por un puñado de dólares que todavía le esperaban a buen recaudo.

La noche se cernió sobre la penitenciaría; el corazón le golpeteaba de nuevo. Por fin después de mucho debatirse durante la tarde, tenía la decisión final: sería un maldito cobarde el resto de los malditos años que le quedaran de vida. No cargaría con el asesinato sino con la negligencia: sería un jodido médico negligente, pero también jodidamente rico y con una familia que le adoraría por siempre.

Las pisadas de la ronda nocturna se acercaban por el pasillo con el tono melódico de unos pasos de claqué. La luz que se filtraba por los barrotes tenía una coloración y un ángulo extraños. La luminosidad, era totalmente diferente a la que acostumbraba a irradiar de la linterna del alguacil. El murmullo de los ronquidos de los otros presos que solía apreciarse por las noches como soniquete de fondo; era imperceptible. Sólo se podía escuchar el furor del latido de su corazón y las pisadas de alguien que se acercaba de forma rítmica a su celda.

Los dientes comenzaron a castañetearle. En el cubículo, se había formado una espesa bruma que le impedía ver su propia mano y que había bajado notablemente la temperatura. Una opresión fortísima le sobrevino sobre su cuello. La fuerza que ahora le impedía tragar saliva no tenía nada que ver con la sensación de la bola en la garganta de las noches anteriores.

Un cuerpo se colocó encima del suyo aplastándole salvajemente; alguien le arrastraba sacándolo fuera de la parte baja de la cama litera. Notaba la cabeza apretada contra dos piernas que no le soltaban. La vista comenzó a nublársele. Y ahora le vio con total claridad. Estaba vivo: con camisa roja y pantalones negros; una sonrisa enigmática en los labios…

Sus manos blancas, hacían volar a su compañero de celda de un lado para otro mientras éste gritaba con ojos de terror. ¡Le estaba viendo al igual que él! Lo estaba sujetando fuertemente, dando violentísimos giros de derecha a izquierda. La piel clara del hombre comenzó a trocar su color a violáceo. Se estaba muriendo a ojos vista.

Y el doctor gritó:

—¡Por favor, suéltalo!

La sonrisa de él se volvió melancólica. Parecía triste y feliz al mismo tiempo. El fantasma que le estaba persiguiendo se había vuelto cercano e incluso amable. Ya no lo temía. Sus latidos disminuyeron la frecuencia, la ansiedad desapareció. Le acababa de salvar la vida. El preso que dormía junto a él iba a matarlo. No le había dicho nada pero su mirada lo decía todo: estaba perdonado.

Tocó a su compañero, y percibió que aún tenía pulso: esta vez haría los primeros auxilios y salvaría una vida.

A través de la pared se marchaba. Sus ojos le miraron por última vez chisporroteantes de vida, sonriendo ampliamente no sólo con su cara sino con su alma. A lo lejos, se escuchaban sus melódicos pasos y la extraña luz de la celda desapareció para siempre.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Para ti lector:
Espero que te haya gustado la historia. Te invito a que dejes tu opinión
Un abrazo

Victoria Eugenia

La mudanza (el desenlace)

Si no has leído la primera parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza/
La segunda parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza-parte-ii-2/

La tercera parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/05/la-mudanza-parte-iii/

LA MUDANZA (el desenlace)

—¿¡Adónde vamos!?

— ¡A escapar!

Susie tomó de la mano a su hermana y miraron hacia todas partes; estaban en una planicie desértica llena de cactus. A lo lejos vieron unas montañas; la niña decidió que tenían que buscar el abrigo de alguna cueva antes de que su vecino se despertara, si es que no estaba muerto por el golpe.

Los policías recorrían la carretera con dirección a Las Vegas, el perro husmeaba con el hocico asomado por la ventanilla. De vez en cuando ladraba para dar su aprobación de la ruta que estaban siguiendo.

En el coche James se despertó; se miró en el espejo retrovisor y vio su cara con un húmedo color bermellón y adheridos a su rostro multitud de cristalitos. Luego se dio cuenta de que la camioneta había volcado y que atrás ya no estaban las niñas.

“¡En qué mala hora se le antojó a Kate quedarse con la niñas de la vecina! Si estábamos muy bien sin hijos. Ahora tendré que matarlas.”

Miró a su alrededor y observando la desolación desértica, su risa histriónica se repitió innumerables veces en el páramo. “Morirán de sed. Ya no me tendré que ensuciar más las manos”.


Se tocó la cabeza y notó, cómo el líquido viscoso emergía en unos hilillos: comenzaba a sentirse mareado. Pensó que pasaría la noche allí y que en cuanto amaneciera llegaría a la ciudad a buscar a alguno de sus excompañeros de la cárcel para que le curara la herida.

Abbie y Susie pasaron la noche en una cueva; rendidas se durmieron abrazadas con sus estómagos vacíos y sus cuerpos entumecidos por el frío de la noche desértica.

Cuando comenzaba a relumbrar el día, los policías llegaban a la zona dónde aún dormitaba James metido en su camioneta. El perro que antes había estado descansando en la parte trasera, se acababa de despertar y ladraba sin descanso.

James miró asustado por el espejo retrovisor pues presintió que algo iba a ocurrir y entonces vio a lo lejos a un coche patrulla. Se apeó y corrió con todas sus fuerzas por la misma zona que recorrieran antes las niñas, allí las cactáceas crecían por doquier y había que tener cuidado con sus finísimas agujas. James no miraba ni dónde pisaba ni si chocaba con los brazos de los cactus. Su periplo le dejó todo el cuerpo lleno de laceraciones y sangre. Vio una cueva y pensó que ese sería el mejor sitio para esconderse.

El perro saltó del coche, se metió por el cactal corriendo al tiempo que iba hociqueando el suelo; los policías con más precaución, avanzaban poco a poco.

James se encontró a las niñas en mitad de la cueva. Las caras de sorpresa fueron recíprocas. La pequeña le pidió al hombre que por favor no les hiciera daño. La risa de James retumbó por toda la caverna. No, no pensaba hacerles nada pues las niñas serían un buen escudo para librarse de la policía.

Capitán, mimetizado por la oscuridad, estaba agazapado justo detrás de su amo; el hombre cogió a las niñas por los hombros, tironeó de sus cuerpos para sacarlas de allí con el fin de mostrárselas a sus perseguidores. Las chiquillas lloraban y gritaban.

Todo el mundo sabe que los perros son fieles a sus amos: Capitán se tiró encima de James. Quizás lo hizo para saludarlo, pero quizás supo que a quienes más quería les iba la vida en ello.

Los policías rodearon toda la cueva. Habían llegado refuerzos de Las Vegas. James no podría salir de allí libre.
Una vez el hombre se zafó de su perro, miró alrededor buscando a las niñas. Entonces oyó el altavoz de la policía:

—¡Salga de la cueva! ¡Entréguese!

No tenía a sus rehenes, pues habían escapado mientras tenía al perro encima y la policía le impedía el paso.

Llevaba una pistola…

El sonido fue atronador, las hermanas se abrazaron ante el crujido de la cueva; se habían adentrado en ella, mientras Capitán se colocó encima de su dueño. El eco les llevó a pensar que las paredes se vendrían abajo. Era el retumbar del disparo que James profirió contra su sien.

Lo primero que vieron los policías al entrar fue el cadáver del secuestrador; temiendo lo peor, profundizaron en la cueva: allí estaba el perrazo tendido custodiando a las dos niñas.

–¿Estáis bien? Tranquilas, ya todo ha pasado —dijo el Sheriff abrazándolas.
Las hermanas, que se encontraban apretadas junto a Capitán, muertas de miedo, comenzaron a sonreír.

                                                                  FIN

Autora :  Victoria Eugenia Muñoz Solano
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Nota :
Espero que os haya gustado. Me encantaría recibir vuestros comentarios, críticas (siempre que sean constructivas) y preguntas si las tenéis.

Gracias por la paciencia y hasta la próxima

Victoria Eugenia



La mudanza (parte III)

Si no has leído la primera parte aquí tienes el link: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza/
Y también el de la segunda parte:
https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/03/la-mudanza-parte-ii-2/

LA MUDANZA (parte III)

Kate marcaba el teléfono con manos temblorosas. Se estaba viendo en prisión alejada de su marido; condenados ambos al corredor de la muerte. Se equivocó dos veces para lograr marcar bien el número. Tras esperar un rato, consiguió hablar con él:
—¡James! El Sheriff ha estado en casa.
—Bueno, sabías que vendría. ¿Qué ha ocurrido? Te noto muy nerviosa.
—Capitán está siguiendo el rastro de las niñas. ¡Debes marcharte de ahí!—gritó desesperada.

Abbie, al ver a James colgando el teléfono, preguntó si era su madre que vendría a recogerlas. El hombre, le contestó que tenían que viajar otra vez, que su madre le había pedido que las llevara a Las Vegas para reencontrarse allí con ellas. Las niñas sonrieron felices.

Los policías al apearse del coche, se encontraron un portalón correspondiente a una finca; tras una caminata entre árboles, se quedaron parados frente a una rústica casona de madera; tuvieron que esperar un rato para que les abriera la puerta una señora mayor.

—Estamos buscando a unas niñas y a su madre desaparecidas. Este perro nos ha llevado hasta aquí.
—No creo que encuentren nada, aquí sólo viene mi hijo a verme de vez en cuando. De todas formas, busquen por dónde quieran.

Los policías agradecieron la buena disposición de la señora. Al aflojar la mano de la correa, el perro que llevaba rato tirando se le escapó al Sheriff. Ansiosamente husmeaba el terreno, luego elevaba la cabeza arrugando su hocico y abriendo su boca.
—Es el movimiento de Flehmen, señor. —dijo Taylor con voz queda—. Lo que sea que busque debe de estar muy cerca, se ve que quiere captar mejor las partículas de olor con su órgano vomeronasal.

—¿También sabes de Zoología, Taylor?

Al final del bosquecillo, se vislumbraba una caseta. Capitán corrió hacia la puerta y comenzó a rasparla con sus patas delanteras al tiempo que gimoteaba.

El Sheriff intentó abrirla, pero tenía cerradura. Cogió impulso y con toda su fuerza se abalanzó sobre ella derribándola. El olor era nauseabundo. Capitán, entró sin titubear directo a una lona azulada moviendo su largo rabo nerviosamente. Sin embargo, luego se quedó parado en una posición extraña que el Sheriff no había visto antes en un perro. Duncan miró a Taylor de forma interrogante porque pensó que quizás su compañero sabría qué significaba.

Sin mediar palabra, Taylor levantó lentamente la lona. Aquello era el foco del hedor y el movimiento del perro les había estado indicando que debajo debía de haber un cadáver; encontraron a dos. Eran la madre y la hija mayor desaparecidas. Al Sheriff se le encogió el corazón ante el desenlace y a Taylor, le dio un ataque de rabia.

—¡Señor, tenemos que coger a ese maldito cabrón!
—¡Lo cogeremos!—respondió el Sheriff aún impresionado por la cara coagulada de Christine y el cuello amoratado de Mary.

Capitán volvió a tirar de la correa. Todavía tenía que seguir al rastro más débil: el de las dos niñas. Dicen que los animales no tienen sentimientos, pero los ojos de Capitán expresaban una emotividad, que hacían pensar todo lo contrario.

—El perro quiere que lo sigamos. Debe de saber dónde están las otras niñas.— apremió Taylor a su jefe, corriendo hacia el vehículo.

Arrancaron el coche y estuvieron varias horas de camino hasta que llegaron a una granja que se encontraba en mitad de un bosque. Llamaron a la puerta pero no respondía nadie. Taylor, se coló por una ventana a pesar de no tener orden del juez y en contra de los consejos de Duncan que quería llamar por teléfono para conseguirla.

El policía encontró primero los restos del desayuno de tres personas, y en la parte superior de la casa, las camas desechas y dos maletas con ropas de niña. Taylor llamó a su jefe a voces y éste al entrar y ver el interior de la casa dijo colérico:

—¡Se han marchado! El secuestrador sabe que vamos tras su pista.

Capitán, incansable, ya estaba esperándolos metido en el coche de la policía. Quería continuar con la búsqueda. Aunque su actitud era diferente ya que si antes, buscaba a las pequeñas para jugar, ahora quería lamerles las caritas y verlas vivas. A su manera, el Gran Danés estaba preocupado.

James conducía pisando el acelerador sin miramientos. Susie que ya estaba preocupada por lo que había hablado con Abbie sobre su madre, empezó a sospechar que el comportamiento de su vecino no era normal. Nunca había visto a nadie conducir así.
—James, ¿no vamos demasiado rápido? ¿Por qué no nos hemos llevado las maletas?
—Vuestra madre os quiere ver cuanto antes y ya os comprará ropa nueva. No, niña ahora no empieces a llorar tú que paro la camioneta y te doy un sopapo. —le dijo a Abbie que lloraba porque sabía que les estaba mintiendo—. Sin embargo, con su brusquedad, James sólo consiguió que la pequeña llorara con más intensidad.

Con los nervios, tomó la curva con demasiada fuerza, y el coche dio un respingo y volcó… Las niñas quedaron arriba y James se había quedado inconsciente por el golpe.

—¡Rápido, Abbie! Abre la puerta si puedes…

EL DESENLACE…

https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2012/07/05/la-mudanza-el-desenlace/

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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MAÑANA EL DESENLACE. ¡NO TE LO VAYAS  A PERDER! 😉