El guion

Estaba tranquila en la cama, despierta pero aún dormida, y suena el pitido del portero de la cancela de forma que me hace saltar espasmódica. Mi gata que apoyaba su cabecita contra mi cadera, lo mejor cuando se está en pleno verano para dormir bien calentita, cae sobresaltada después de recibir el empujón de mi pierna.

— Lo siento, lo siento.

Me mira con cara de perdonarme la vida mientras se despereza; estirando todo el cuerpo.

— ¿¡Quién puede ser!? No he hecho pedido a Amazon y ni siquiera es jueves que es cuando viene el del butano.

Bajo las escaleras corriendo para evitar que se me fuera el tipo inquisitivo que a las ocho y media de la mañana llamaba con tanto brío que pareciera querer quemar el timbre.

— ¡UN MOMENTO, UN MOMENTOOO! — a voces— me percato que no llevo aún puesto el sujetador. No me gusta que nadie me vea de esa guisa y dudo si salir de todas formas o darme la vuelta al cuarto y buscarlo. “Que espere, no voy a salir más de mala manera y a pasar apuro”.

Grito de nuevo para que sepa que hay gente en la casa y no deje la odiosa nota de aviso para recoger lo que sea a Correos. Me lío poniéndome el sujetador que yacía en el respaldar de la silla y me pongo tres veces las corchetas cojas; bajo la escalera casi resbalando, con el pijama corto mal colocado. Me miro al espejo y peino mi pelo como puedo con las manos, para que no se me vea muy destrozada y con cara de recién levantá.

“Bueno, no me ha dado tiempo ni a un peinacillo. Qué más dará si será el cartero…”

Aún tenía que tener las legañas pegadas a los ojos porque la persona que estaba en la puerta no parecía ser un mensajero. Tenía un traje muy elegante de raya diplomática y unas gafas de pasta negra. El pelo entrecano, brillante y repeinado como el que llevaban los hombres cuando estos se podían aún llamar hombres: elegantes, guapos, varoniles, encantadores… Esos galanes de las películas del Hollywood dorado.

Y yo plantada delante con el pijama lila de Primark, algo sudado en el área de los sobacos y con un lamparón de la cena coronando mi pecho.

Saludó con una sonrisa limpia y bonita, de dientes de perlas y labios de rubí. “¿Eso no era una canción? Debía de estar ovulando para tanto romanticismo mañanero.”

Me puse roja. No sabía quién era, pero a la vez lo conocía.

Good morning! Are you Victoria? The most fabulous, creative, gorgeous scriptwriter!

— Sí, soy Victoria. Guionista y escritora de cuentos para servirle. Y usted es… ¿Cary Grant? — No, no puede ser porque ese actor murió. — pensé.

Entonces fue cuando no pude resistir más y abrí la puerta. Si era un imitador, merecía la pena conocerlo. Pasó rápido al interior de mi casa. Ya me estaba yo arrepintiendo porque aunque guapo, era un extraño y podía ser un asesino en serie y yo ser la víctima que apareciera en los titulares de los periódicos del día siguiente.

Era muy alto y le quedaron las piernas dobladas, mientras se colocaba en el sillón. Llevaba un maletín de cuero marrón cuyo contenido ya me estaba intrigando. ¿Y si tuviese dentro una soga o un bote de arsénico? Lo que fuera que quisiera que me lo dijera ya por compasión. Contemplé sus grandes manos con algunos pelillos en los nudillos. Me miró con expresión dulce. Hablaba un inglés correcto más británico que americano.

— Hola, Victoria. Perdóname por aparecer de esta forma en tu casa. Soy actor, pero hace años que nadie sabe de mí. Quisiera hacerte un ofrecimiento.

— Concretamente nadie sabe de usted desde 1986. ¿Me equivoco?

— Hace muchos años que no hago una película, pero quiero volver al cine a lo grande. — dijo levantando los brazos para dar más énfasis. — Que mi nombre y mi imagen estén en las carteleras en los cines de todo el mundo y eso solo lo puedo conseguir si me actualizas y me adaptas a lo que se hace hoy.

— Es que si usted es quién yo creo debería de tener cerca de ciento veinte años y aparenta unos cincuenta y dos. No puedo escribir para un señor fallecido.

— ¡Tócame! — sonrió dándome la mano y apretando fuerte. — ¿Crees que estoy muerto?

— No lo sé. — dudé. — Se parece usted mucho a Cary Grant… Pero oiga no me mire de esa manera. — me sonrojé.

— ¿Has visto este maletín?

— Sí.

— Es el adelanto por tu trabajo. Aquí hay tres millones de dólares americanos. Afuera está esperando un coche. ¡Ese de ahí!

Me asomé por la ventana. En la cera de enfrente había un enorme Lincoln MKZ negro impoluto, majestuoso : parecido a un Jaguar. Sentado al volante, un hombre grandullón de mandíbula prominente y proyectada que le hacía parecer al padre de la familia de los Increíbles.

— Nos llevará al aeropuerto y tomaremos un vuelo privado directo a Los Ángeles. No te faltará de nada para que te inspires y me hagas una buena historia.

— Si tuviera que escribir para usted sin duda la película tendría humor negro, acción, intriga y por supuesto una historia romántica con alguna actriz rubia actual. ¿Scarlett Johansson? No, mejor Gwyneth Paltrow que es más simpática.

— ¡Bravo! Vayámonos.

— Un momento que me vista y encuentre mi pasaporte.

Subí corriendo las escaleras. Encontré la mochila que compré para mi viaje a Londres que tiene el tamaño aceptado para no tener que facturar. Metí un pijama, varias mudas, mi portátil, un vestido largo, ropa más casual, un neceser y varios pendientes.

De repente noté un cosquilleo intenso por la nariz. ¡No sé a qué venía eso! Me dieron ganas de estornudar. Estaba tumbada en la cama. Mi gata pegada a la cara, mirándome con sus ojos verdes sin parpadear. No, no puede ser…

Me levanté corriendo y miré por la ventana. ¿Dónde está el haiga* que me iba a llevar al aeropuerto? Bajé las escaleras bamboleante. Miré en el salón, hacia el sillón. ¿Dónde se ha marchado, Cary Grant?

Me toqué el pecho; no tenía puesto el sujetador. Todo lo que había pasado: el timbrazo del portero, los tres millones y el cochazo con el americano rubio dentro habían sido un sueño; pura invención de mi cabeza. Pero, ¿y aquel apretón de manos con los nudillos llenos de pelos?

Una nota en la mesa y una rosa roja:

Keep it going*!

Bajé del cielo para decirte que sigas creyendo en ti.

Te quiero, Victoria.

Cary

FIN

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

Si te ha gustado el relato, deja un comentario para que yo siga hacia delante.

Keep it going* : modismo en inglés que significa continúa, persevera, sigue adelante.

Haiga*: El coche más grande, mejor; se usaba esta palabra para referirse a un coche grande americano en la España de la postguerra.

El infiltrado

¡Nadie debe de saberlo! — dijo el general en jefe al soldado.

Sus ojos aguamarina miraban sin atreverse a hablar; casi saliendo de las cuencas. Desde luego aquello debía de ser oculto. Sabía que si se lo decía a alguien, llegaría a oídos del Presidente y lo ejecutarían sin pensar mucho delante de sus compañeros. Esta información no podía llegar a los americanos, verdaderos expertos en el tema extraterrestre, y ni mucho menos a los países de la OTAN.

Iván Petrovich estaba desvelado en su tienda de campaña cuando aquel monstruoso artefacto pasó silencioso sobrevolando rasante; dirigiéndose al escondite del gran Jefe.

Estaban acampados a las afueras de Moscú, era víspera de marchar como tropa de refresco dirección a Ucrania. De madrugada, noche profunda sin luna, Iván estaba solo en la estepa mientras los demás roncaban a placer pensando quizás en beber todo el alcohol, robar los televisores, lavadoras, neveras y destrozar las casas de los ucranianos o abusar de alguna joven que no se hubiera escondido bajo tierra. Uno de los durmientes se sonrió saboreando la victoria sobre la pobre chica violada a la que entregaría o directamente mataría en honor a la patria.

Lo que veían sus ojos, era sin duda un OVNI que más que un platillo, parecía una nave nodriza. Su luz cegadora iluminó todo el horizonte y se dirigía directo al Kremlin sobrevolando la ciudad de forma silenciosa como una gran nube negra sobre el océano del cielo.

— Señor, yo creo que es Dios. ¡Nos quiere castigar!

— Aquí tu único dios debe de ser Vladimir. El padre de la patria. ¿¡Entendido!? ¡Hay que llegar a tiempo!

La luz potente viajó por el cielo. Del haz de luz se apeó un hombre alto, moreno, de formas angulosas quizás de ropajes negros y rostro afilado. Su mirada rasgada sonrió. Tenía que informar de todo lo que viera antes de volver a su preciado mundo, Nefterem. Un compañero idéntico a él estaba viviendo ya en la Tierra. Su último informe era muy negativo: virus mortal, cambio climático cada año mas pronunciado, volcán en erupción en España y ahora otra Guerra. Tenían que hacer algo.

Los Nefteremnianos tenían una esperanza de vida media de 120 años. Su compañero decía tener cincuenta y pocos, pero lejos de esto, era un octogenario con mucho éxito. Sus cromosomas eran de telómeros más largos que los de los terrícolas y gracias a ello su longevidad y rostros eran aniñados casi durante toda la vida.

Al llegar a tocar el suelo unos hombres corrían hacia él con armas en los hombros. El foráneo dio un salto formidable y los esquivó. Aterrizó a unos metros y usó su vista para ver a través de muros y suelo. Detectaba el calor de los cuerpos. El Kremlin estaba hueco. Lleno de pasadizos donde esconderse en caso de bombardeo.

— ¡El tipo ese! Стреляй немедленно!!! (¡Dispara ahora!). — ordenó una voz potente por la espalda.

Sin embargo las balas rebotaron contra su cuerpo y fueron a parar al de los soldados dejándolos a todos muertos.

El extraterrestre era invencible. Ya había localizado un punto fuerte de calor bajo una de las catedrales del Kremlin. Con una mano produjo una vibración en la tierra, tan fuerte, que el terreno se derrumbó. Encontró bajo el derrumbe a más soldados y un despacho. Por fin había dado con la zona dónde se escondía el monstruo. Su padre se las tuvo que ver con Hitler y una tal Eva Braun; hoy terminaría con lo que estaba resquebrajando la vida de los ucranianos en una batalla desigual.

Se mesó la barba que crecía incipiente. Al día siguiente no tenía que haber rastro de su presencia en la Tierra. Lo que sí quedaría era el final de la Guerra gracias a la aparición de un infiltrado que pudo llegar a las zonas más recónditas del Kremlin.

Llevaba una especie de mando a distancia; vibró. Era el compañero que llevaba años viviendo en la Tierra.

— ¿Cómo fue todo?

— Misión cumplida. Nadie más va a morir, Sr. Reeves. Espero que quiera seguir en la Tierra. No soportaría tener que quedarme aquí por más tiempo.

— Aún me quedan unas cuantas películas que rodar hasta que llegue a los 120 años. — sonrió con amplitud.

La nave nodriza pasó con un haz de luz silenciosa como una gran nube negra sobre el océano del cielo.

FIN

Victoria Eugenia Muñoz Solano ©

Los huevos

Vivo en una zona de urbanización privada: con casitas pintorescas, chalets medianos y grandecitos, y entremedio de éstos; algunas casonas aquí, acá y acullá. La cuesta que lleva hacia mi casa que es larga y pendiente, abunda en arbustos que lindan con las aceras y las ramas de los árboles te salen al encuentro para gentilmente “acariciarte” el rostro si no vas con buen ojo. En una de las calles por la que más tránsito, hay una casona medio abandonada que está a la venta y, por el tamaño del terreno, desde hace años, nadie le ha podido meter el diente.

En uno de estos días de verano mediterráneo de humedad relativa que te deja sin respiración, iba yo subiendo mi cuesta con el vestido adherido al cuerpo. El sudor perlaba la frente y las gotículas llenaban mis ojos de sal de manera que casi ni podía ver.

Llegué a la acera del caserón abandonado. La puerta herrumbrosa estaba abierta: nunca había visto lo que había dentro y mi curiosidad era la misma que la de un pretendiente que lleva años esperando por el beso de su enamorada. Así que entré.

Gallinas sueltas, gatos, gatetes y gatillos atigrados, tricolores y vaquitas, un gallo lisonjero que se iba acercando hacia a mí con gallardía y luego un pequeño sendero. ¿Adónde llevaría?

Me sentí como Dorothy en el camino de las baldosas amarillas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… Me iba alejando de la puerta y no quería perderla de vista. Debajo de un arbusto había una máquina incubadora con montón de huevos y no eran los típicos de gallina. Alrededor tenía unos alambres con pinchos y una señal de peligro de muerte. “Qué extraño todo. Pero, ¿para qué poner una señal y unos huevos rodeados de alambre de espino?”.

Viviendo en una localidad costera, con playas al borde de la carretera, ese día yo volvía de la playa y llevaba un sombrero de paja comprado en el mercadillo de los sábados. Soy bióloga, defensora de la naturaleza, y no pensé en otra cosa que aquellos huevos podrían ser de contrabando y que aquella casa no se vendía porque no interesaba para llevar a cabo tráfico de especies exóticas. No me lo pensé y cogí los seis huevos, seis. Salí de la casa mirando a todas partes para evitar que vieran que yo me había llevado el tesoro que guardaban simulando una casa abandonada.

Por el camino iba dándole vueltas a qué especie pertenecerían aquellos huevos. Eran grandes, pero no tanto como para ser de avestruz. Toqué la cáscara, de textura rugosa con un patrón de onditas bastante extraño. ¿Quiénes sois? , pensé.

Una vez en mi casa anuncié a mi madre el hallazgo. Su cara era un poema.

— ¿Te has metido en una casa para llevarte unos huevos? ¿Estás loca? ¿Y si hubieran tenido un perro de los grandes? Te pueden haber grabado.

— Tranquila, no había ninguna placa que dijese que hubiera cámaras.

— Me has dicho que crees que se dedican al contrabando. Espero que no la tuvieran encubierta. Bueno, no me extrañaría. Lo mejor que puedes hacer es devolver los huevos. Ve esta tarde, ¡cuanto antes!

Del dicho al hecho hay un trecho. No me llevé los huevos, al contrario, los dejé en una caja en mi cuarto. Esperaba ansiosa al nacimiento de los pollos de la especie exótica extraña que ni siquiera con mis libros de Zoología pude identificar. Pasaron una, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas.

De allí no salía nada. Yo le tenía puesta una mantita eléctrica por debajo del “nido” que les había fabricado. Luego pasó otro mes y seguía sin nacer nada de allí. Estaba por pensar que aquello estaba muerto. Sin embargo, al tercer mes, un buen día noté que el cascarón de uno de ellos se resquebrajaba.

“¡No, no puede ser!” Ya van a salir. Qué emoción.” — me dije tocando palmas.

Un ojo reptiliano me miró con fuerza. Poco a poco una cabeza de un bichejo sorprendente salía del huevo. ¡Tenía hasta dientes! Las aves no los tienen. No podía creer que aún no sabía cuál era la especie.

De repente el corazón se me puso desbocado. ¡Ya sé quienes sois! Pero es imposible…

— ¿Que hay unos velociqué en tu cuarto?

— Han nacido ya cuatro velociraptores, son dinosaurios carnívoros, y quedan dos por nacer. — dije con una sonrisa de orgullo científico de oreja a oreja. Es que no devolví los huevos y los tengo de hace casi tres meses en una especie de incubadora casera que he hecho en el cuarto. ¿Qué te parece?

— Que no puede ser. Eso es peligroso. Hace poco pusieron una película en televisión que esos lagartos se querían comer a dos niños en una cocina.

— Sí, sí. Eso es Jurassic Park. Se supone que es una película de ciencia ficción, pero a veces la vida se abre camino y los caminos de la Genética son inescrutables, ja ,ja ,ja. Por lo visto han conseguido ADN de dinosaurios de verdad. No sé yo si será del conservado en el ámbar de la época jurásica o qué. La realidad es que están aquí.

— No puedes tener eso en casa. ¿Te enteras?

Esa mañana llamé al departamento de Zoología de la Universidad de Málaga. Hablé con la secretaría y luego me pasaron con el Catedrático jefe del departamento.

— ¿Un velociraptor me dices?

— Sí, llevo con los huevos casi tres meses y acaban de nacer. Les estoy dando carne picada de primera.

Aunque su voz era incrédula, mandó un coche para que me recogieran con los velociraptores que llevé en el trasportín de mi gata. Una vez allí tenía a todo el claustro y los becarios maravillados.

— ¡Tú no sabes lo que has conseguido! Por fin, financiación para la UMA.

— Yo creo que he conseguido también un trabajo. Si no, los peques, se vienen conmigo.

— ¡Claro que sí! Los peques y tú os quedáis.

Los dinosaurios cambiaron mi vida. Los del caserón no supieron nunca que fui yo la que se los robé. A no ser que lean este blog y tomen represalias.

FIN

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

¡Espero tu opinión en los comentarios!

75 días

La línea A del subte llevaba a diario a Ernesto desde el porteño barrio de Montserrat hasta el de Flores. Allí trabajaba como profesor de formación profesional. El viaje solía resultarle anodino; ya que pocas veces se adentraba en conversación con algún desconocido y si lo hacía, era para hablar de asuntos triviales como el tiempo o cualquier noticia que leyera en el periódico.

Dispuesto a sentarse y quizás a dormitar, mientras pasaban las estaciones, no pudo evitar escuchar una conversación que se estaba dando a sus espaldas.

—¡Vos no sabés de lo que está hablando!

—¡Claro que sí lo sé!  Las Malvinas fueron muy necesarias para conseguir unirnos como Nación y recuperar lo que era nuestro. La pena es que los que fueron no tuvieron suficiente empuje contra los ingleses.

El anciano mirando con gesto de desprecio.

—¡Empuje dice, el boludo! Si eran muchachitos. Imagínese mandar a su nieto contra aguerridos militares profesionales. Eso es como mandar a un cordero al matadero.

—Usted no ama a su país. —respondió el anciano con la boca ladeada con gesto de desprecio.

El hombre más joven, de unos cincuenta y pico años, se levantó contrariado; tenía la cara rubicunda y sudorosa. Los ojos aguamarina, parecían salirse de sus órbitas. Se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo; andaba con prisas tropezándose sin disculparse con la gente. Todos los del vagón del subte lo miraron indiferentes, pero algo le dijo a Ernesto que aquel hombre tenía una mueca extraña, una expresión desgarrada y rota: no pudo evitar levantarse e ir tras él.

Una voz anunció la Plaza Miserere, él se bajaba en San José de Flores que estaba más adelante en el recorrido. Sin embargo, al ver la salida a la carrera del desconocido, se bajó también.

—¿¡Oiga!? ¿Qué le ocurre? —Ernesto le agarró de la camisa sudorosa.

—¡Déjeme en paz! Ya tuve bastante con el viejo y ahora con vos.

—Aquel viejo… No sabía lo que vivieron los muchachos de las Malvinas. — dijo Ernesto.

—¿¡Y vos lo sabes!?

—Por desgracia, sí. Tenía yo dieciocho años. Era un chico que por entonces estudiaba el bachiller cuando un día me llamaron para hacer la conscripción militar. El país estaba fatal: la economía era un total desastre y el nuevo presidente como bien sabrá, el general Galtieri, quiso crear una cortina de humo…

—Hacernos creer que íbamos a recuperar la soberanía de lo que era nuestro, darnos un sentimiento de patria por el que luchar todos a uno y, mientras tanto, nadie se daría cuenta del Gobierno fracasado que nos llevaba a la bancarrota.

—¡Exacto!

—Bueno, yo no estoy para más conversaciones, caballero. Encantado de conocerle, tengo prisa. Hoy es mi último día.

—Lo mismo digo, hasta otra, mi nombre es Ernesto. Hace tiempo que no hablaba con nadie sobre las Malvinas.

Cuando quiso darle la mano, en señal de despedida, advirtió que su interlocutor ya no estaba. 

Él también se encontraba sudoroso como aquel hombre, pero no tanto como para arrojar su chaqueta y quedarse sin abrigo en el frío del incipiente invierno argentino. Miró su reloj digital, para ver la hora, pero vio otro dato: era catorce de junio.

Su corazón comenzó a latir con fuerza y arrasando por donde pasaba sin mirar contra quién chocaba corrió por el andén en línea recta hasta que vio, a unos metros, a aquel rostro desencajado de mirada cristalina con los brazos en cruz en mitad de las vías del metro.

Corriendo por el andén del subte. Relato 75 días

—Por favor, venga aquí. Suba al andén. ¡No merece la pena hacerlo!

—Soy un perdedor. No levanto cabeza desde entonces. Murió mi mejor amigo en aquella guerra. Luego me tuve que ganar la vida como remisero*; entonces tenía dos niñitos. Si no hubiese sido por ellos, hace tiempo hubiera hecho esto. Ahora son ya mayores y yo voy a ver mi fin, el día de la derrota.

—¡¡¡D-E-M-E  L-A  M-A-N-O!!!

Ernesto se inclinó y con una fuerza que no sabía que ni tuviera, arrebató a aquel hombre del abrazo de la Parca. El otro, destrozado por el miedo, se ciñó a él llorando como si fuese un niño pequeño.

—Estuviste en la guerra, ¿verdad? Me he dado cuenta lo que ibas a hacer porque hoy es el día del aniversario.

Tembloroso y afirmando con la cabeza, reconoció que había sido soldado en aquella inútil cruzada. 

Ernesto lo miró y, después, lo volvió a mirar. Esta vez con los ojos del pasado: aquella mirada azul como la bandera Argentina, de tez colorada e inocente y con piel pincelada con numerosas pecas que ahora se esparcían entre incipientes arrugas. No, no podía ser cierto. —pensó.

—¿No serás Rossi?

—Sí, me apellido Rossi. —respondió con voz trémula. — ¿Y usted quién es? ¿No será un agente del Gobierno?

El síndrome postraumático había destrozado la vida de su compañero. Ni lo pudo reconocer, qué pena. Eran amigos inseparables. Rossi era tan patriota que se tiraba hacia las balas. Quería recuperar las Malvinas y no le importaba que fuera a costa de su sangre. A él, por el contrario, que se sintió arrebatado de su familia, le daba igual aquella “lucha patriota”; lo que más quería era volver con sus padres y comenzar a estudiar una ingeniería. Le decía a Rossi que todo era un engaño que aquello iba a ser una carnicería. Efectivamente, 649 fue el número de compañeros que cayeron en solo setenta y cinco días.

—Dime cómo era el compañero que perdiste.

—Era un pibe flaco, desgarbado por lo alto y moreno. Yo le llamaba el antipatriota y siempre discutíamos. Pero un día, a mediación de la contienda, él se interpuso entre la bala inglesa y mi cuerpo y me salvó y condenó mi vida.

—El antipatriota, el antipatriota. —dijo Ernesto con voz emocionada llorando y riendo. — El antipatriota soy yo, Rossi. Me hirieron y unos compañeros me quitaron del fuego cruzado y me sacaron de la isla. Estuve la mitad de la guerra y ya no volví. No tuve que pasar por aquella noche del 14 de junio en la que a los soldados los devolvieron a Buenos Aires como de tapadillo por la “vergüenza” de haber sido derrotados.

La cara de Rossi pareció de repente mutar de la desesperanza a la ilusión; de la tristeza al summum del alborozo. Ernesto sonrió como nunca, su sonrisa brilló con el regocijo de la adolescencia. Rossi y Ernesto se fundieron en un abrazo apretado que pareciera no querer terminar. Era la muerte esquiva la que les había devuelto esa parte que faltaba de sus vidas.

Abrazo tras mucho tiempo sin saber uno del otro.

 Los alumnos del instituto del barrio de Flores se quedaron ese día esperando la clase con el profesor de Tecnología porque los dos amigos salieron juntos del subte a recuperar el tiempo perdido: charlar sin parar, compartir sus penas y sus alegrías, y degustar, a boca llena, el mejor choripán porteño y la propia vida.

Los dos amigos querían recuperar el tiempo perdido.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© Todos los derechos reservados

remisero*: en Argentina persona que lleva pasajeros en su coche particular, de función similar a un taxista. Estos coches son coches que no tienen un color que los identifique como tales, se diferencian de los demás por tener una placa especial.

Agradecimientos:

Quiero dar las gracias a mi amigo en la distancia, Ernesto Fucile: animador de radio, autor de ficción y productor de formatos de entretenimiento que me ha aportado no solo datos fidedignos sobre Malvinas si no otros que no se pueden encontrar en la Wikipedia como son los sentimientos y el recuerdo amargo de esta guerra en el corazón de los argentinos.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

https://www.elmundo.es/cronica/2002/330/1013413872.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Monserrat_(Buenos_Aires)

Perdida en la selva (Parte III)

Si no has leído la primera parte: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/04/perdida-en-la-selva-parte-i/

La segunda parte: https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/05/perdida-en-la-selva-parte-ii/

Perdida en la selva (PARTE III)

Los cazadores no podían creer que una manada de elefantes tuviera un ritual funerario y encima con un ser que no era ni de su especie.

Denali, como si fuese un caballo desbocado, salió al galope con sus orejas desplegadas de par en par, amenazantes. Asía a cada hombre como si fuese un muñeco de trapo. Los zarandeaba con su trompa y los iba tirando uno a uno por la ladera.

Ladera abajo había un Jeep y dentro dos guardas del parque. Atónitos habían presenciado la escena. Tenían preparadas las esposas para ir colocándoselas a su respectivo furtivo conforme iban cayendo: no era la primera vez que los detenían.

—Quédate aquí que voy a ver si han hecho algo a los elefantes.

—Ten cuidado, Rahul. Uno de ellos, parece estar poseído por la diosa Kali.

Rahul llevaba un maletín con material para hacer curas. Silencioso y con lentitud se acercó al grupo que había hecho un círculo en torno al tigre. Denali sabía que no era un cazador e hizo una señal a su manada para que lo dejaran pasar a donde descansaba, Shauri.

El hombre tocó la suave y rayada piel. El animal estaba todavía caliente. Tenía la mano apoyada sobre su lomo cuando de forma inesperada, ésta se levantó…

—¡No estás muerto, compañero! ¡Qué alegría! La herida de tu costado es grande, pero te vendaré para que pares de sangrar y te llevaré a que te curen. —dijo el guarda al tiempo que se abrazó a su lomo en un gesto de cariño.

Rahul , un indio de unos cuarenta años, de complexión atlética y aguerrida, bajó la ladera con el animal sobre los hombros: le esperaba su compañero en el coche y otro guarda que venía en un nuevo jeep, que había sido avisado por radio, para llevar a los cazadores a la Policía.

Madre e hija contemplaron cómo se llevaban al tigre; frotaron sus trompas y volvieron a su valle, felices por estar de nuevo juntas y por saber que su amigo, sobreviviría.

El hombre es el único animal que caza sin tener verdadera necesidad; los demás no son ni buenos ni malos, simplemente son depredadores que cazan para vivir.  El altruismo* y el instinto de conservación entre especies, también es parte de ser un depredador y este fue el caso de Shauri: aquel tigre de corazón noble y valiente  que salvó la vida a la pequeña elefanta.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

*Altruismo: significa en Biología sacrificar el bienestar de uno mismo por beneficiar a un tercero. Existe altruismo intraespecífico, en la misma especie, e interespecífico entre especies diferentes; este último sucede en menos ocasiones. 

Bibliografía:

https://elpais.com/elpais/2016/11/29/ciencia/1480417791_588797.html

https://www.seeker.com/helpful-humpback-whales-altruistic-animal-photos-1769918539.html

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Perdida en la selva (parte II)

Si no has leído la primera parte, aquí tienes el link:

https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2021/04/04/perdida-en-la-selva-parte-i/

Perdida en la selva (parte II)

Al día siguiente estuvieron andando largo rato y en un momento, el tigre cambió su postura, aplanándose sobre el terreno, casi desapareciendo de su vista. Tras esto movió sus cuartos traseros y asaltó a una gacela; engulléndola con voracidad al cabo de que ésta abandonara la vida.

A la pequeña le tembló el cuerpo de arriba a abajo por la terrible visión del tigre comiendo la carne de otro animal. Ahora era cuando se percataba de lo peligroso de su osadía.

—¿Por qué no me comiste?

—Porque yo, a diferencia de los hombres, cazo cuando tengo hambre: acababa de comer cuando te vi en el río y, además no lo hice, porque tengo corazón.

Tras una larga jornada caminando con cierta dificultad para Daya, ya que el terreno de la vereda del río estaba lleno de rocas y era resbaloso, el día al fin volvía a declinar. Sin embargo, el tigre y la elefanta no pudieron esta vez tumbarse a descansar porque la brisa les trajo el sonido de las voces humanas…

 Eran los cazadores furtivos que aprovechaban el anochecer para poder cazar sin ser vistos por los guardas del Parque Nacional de Jim Corbett. El encargo era traer un tigre de Bengala: con lo que les pagaban podrían vivir todo un año sin dar golpe.

—¡Mira, Ajay! Un tigre joven y una cría de elefante. Podríamos dar caza a los dos.

—¡Challó, challó*! —exclamó en un susurro excitado el otro para no espantarlos.

Las balas comenzaron a rasgar el aire por todas partes, cercando a los dos animales, con un silbido de muerte.

Tigre y elefanta corrieron hacia la espesura, los proyectiles seguían silbando y las voces se escuchaban de fondo contrariadas. Abrazados y aplastados contra el suelo se quedaron por largo rato. Daya temblaba y gemía hacia adentro.

—No hagas ruido, pequeña. Los conozco y seguirán dando vueltas por aquí. Al menos hasta el amanecer. Apriétate junto a mí como si fuera yo tu madre. Los hombres van a por mí:  me quieren matar porque mi piel es para ellos hermosa.

—Es muy bella, señor. En eso tienen razón los hombres.

—Una vez, una de las que cosas que lanzan los hombres, me mordió en la pata y sangré. La herida no fue grave, pero aún la tengo ahí, incrustada, y a veces me duele hasta tal punto que cojeo. Te llevaré hasta tu madre, no moriremos; así que silencio.

Cuando el día comenzó a despuntar los furtivos ya se habían ido. Ahora les tocaba reanudar el camino y seguir remontando el río.

Fue al atardecer cuando vieron los primeros elefantes. Caminaron un poco más metiéndose entre los árboles. Daya no podía creerlo, al distinguir de entre el grupo a su madre. Los elefantes se mostraron agitados ante la presencia de tigre de Bengala.

Denali, no se lo pensó y fue directa hacia ellos. Su cría estaba junto a un tigre y tenía que salvarla del peligro al precio que fuera.

—Por favor, no se coma a mi Daya. Doy mi vida por ella. Cómame a mí.

—¡No me interesa! —gritó el tigre. — Me llamo, Shauri. Sí, soy un tigre y lo normal es que me coma crías despistadas, pero tengo corazón y quise traérsela.

Los dos hombres no se rindieron la noche anterior y esta vez se juntaron con otros cazadores haciendo la incursión en el valle:  habían seguido las huellas que el tigre y la cría de elefante habían dejado en el limo, mientras anduvieron por el margen del río Ramganga.

La elefanta barritó con fuerza nada más ver a los furtivos, pero la bala ya había alcanzado su objetivo: Shauri, el valiente tigre de corazón noble, caía y quedaba desparramado en el suelo. Los elefantes lo rodearon y comenzaron, con sus cabezas gachas, a depositar ramitas verdes sobre su cuerpo inerte.

*Challó: palabra procedente del hindi que significa, vamos.

CONTINUARÁ…

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

El desenlace aquí :

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Perdida en la selva (parte I)

Daya era una pequeña elefantita que desde que comenzó a existir nunca se había separado de su madre. Sus ojos eran negros como el azabache, parecían hechos de ónice. Su piel, a pesar de ser muy joven, ya era arrugada y áspera; aunque al tiempo, tan tierna como su inocencia.

La elefantita, Daya junto a su madre.

Denali era la madre de Daya y la matriarca de un clan de elefantes que habitaban en un valle del norte de la India, en el estado de Uttarakhand.  Sus vidas transcurrían con calma: rodeados de una gran espesura vegetal que consistía en una cobertura de pastos, arboledas y matorrales. 

Los días pasaban con sosiego entre el deambular, el degustar de las más frescas ramas, y el descansar, tras relajantes baños de barro.

Estaba de conversación la elefanta Denali con su hermana Puya; hablaban sobre un grupo de hombres que habían amanecido en el valle y que hacían imposibles posturas manteniendo el equilibrio, mientras el sol surgía en el horizonte. 

En ese momento, Daya, escuchando a su tía embelesada e imaginando cómo eran esos hombres, dio un resbalón y cayó al río; se trataba del río Ramganga, afluente del Ganges; el cual estaba más caudaloso que nunca. Sus aguas arrastraron con fuerza a la pequeña que no podía ni barritar del pánico que estaba sintiendo.

Denali bajó la cabeza porque dejó de notar a Daya entre sus patas. La subió con rapidez y vio a su cría en el río agitando la trompa de un lado a otro; haciendo lo posible para mantenerse a flote.  Pasó de la tranquilidad a la angustia suprema y empezó a correr con todas sus fuerzas, a la vez que de su garganta emergía un grito de auxilio.

—¡Daya, Dayaaa! — estiraba la trompa para que Daya se asiera a ella.

—¡No puedo, mamá! —la elefantita aún no manejaba su apéndice nasal como para poder aferrarse con fuerza al de su madre.

El agua la llevaba con demasiada rapidez y los metros que la distanciaban de Denali, se convirtieron pronto en kilómetros. La elefantita miraba para todos lados. Tratando de encontrar a alguno de sus congéneres que pudiese socorrerla, pero solo veía pradera y algunos árboles salpicando el paisaje; aquello ya no era el valle en el que nació.

La pequeña pensó que ya no sobreviviría y que jamás volvería a ver a su madre. De repente quedó varada en unas rocas y una silueta desconocida para ella, se recortó en el ocaso.

Bajaba la cabeza y tomaba con parsimonia agua del río. Era fuerte, potente, elegante y rayado. Daya nunca había visto a nadie tan especial y majestuoso. Aquel ser debía de ser suave y sus ojos eran tan bellos como enigmáticos.

—Hola… señor. —dijo, Daya tímidamente. —Me gustaría saber si me puede decir dónde queda el valle.

—¿¡Quién eres tú!? —bramó. —¿Acaso no me tienes miedo?

—¿Debo de tenerlo? Yo solo veo al ser más hermoso que he visto en mi vida.

—Soy un tigre y deberías temerme. Los tigres comemos carne.

—¿Carne? ¿Qué tipo de árbol se llama carne?

—Carne es cualquier animal indefenso que pueda cazar; sobre todo si se trata de una cría despistada como tú.

—Es verdad que ando perdida, pero no creo que le guste mi carne porque es demasiado áspera. Por favor, no me coma y ayúdeme a volver con mi madre.

Daya acarició con su trompa el suave lomo del tigre de Bengala; éste se arqueó de placer como si fuese un gatito.

—Está bien, está bien. —respondió casi ronroneando. — Subiremos el río. En algún lugar, río arriba, estará tu familia.

El tigre miró aquellos inocentes ojos de azabache, duros como el cristal, y frotó su cabeza contra la cabeza de la pequeña elefanta. Daya, barritó de la emoción y se tumbó a dormir junto al tigre resguardada por el manto estrellado de la noche.

CONTINUARÁ…

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

YA PUEDES LEER LA SEGUNDA PARTE :

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El barco

Desde la isla del reino de Vicoranmar se avistó en el horizonte un barco de bandera extranjera que parecía no pertenecer a ningún país conocido. Desde el faro, el vigilante, avisó al general del reino para que diera la orden de que una tropa de marineros saliera a abordar al navío extranjero antes de que éstos llegaran a la costa.

Cuando el barco de defensa alcanzó su destino, observaron asustados, que lo que había en la cubierta eran piratas de aspecto consumido; algunos con manchas oscuras por toda la piel y otros tantos muertos.

—¿¡Quién vive!? —gritó enardecido un viejo pirata cuya voz ronca y jadeante espantó al marinero más joven de la tripulación.

—Las preguntas las hacemos nosotros, estáis en aguas gubernamentales del reino de Vicoranmar. ¿Qué os pasa? ¿Por qué tantos muertos?

—Atrapamos a una sirena. El capitán, que es más malo que el diablo, me obligó a convertirla en un exquisito bocado. Yo no quería acabar con la vida de aquella hermosura; así que el jefe le disparó y finalmente, la guisé. —miró hacia abajo con la cara compungida. 

Esta vez se acercó al pirata, el almirante de la tripulación de Vicoranmar.

—¿Todos comisteis a la sirena?

—Con toda la vergüenza por la atrocidad que hemos cometido debo de reconocer, que hasta yo la degusté. Su cola era una mezcla de sabores: atún del más jugoso y pez espada de la textura más fina, y no solo eso, su vientre sabía a la mejor carne que se pueda soñar saborear. Llevábamos muchos días sin víveres y ya abrigábamos la idea de comernos los unos a los otros.

—Según lo que veo la sirena debía de tener una toxina venenosa en su sangre.

—¡No! Estamos muriendo de algo parecido a una neumonía. No es veneno, debe ser algo infeccioso. Queríamos ir a vuestra isla para que, los que quedamos en el barco, podamos sobrevivir con el cuidado de vuestros médicos.

Almirante y marineros se miraron sin saber qué decisión tomar: por un lado, era de falta de humanidad dejar a los diez hombres morir, pero por otro, si llegaban a tierra con una enfermedad desconocida estaban poniendo en peligro al millón de personas que vivían en el reino.

En Vicoranmar había una cueva dónde habitaba un dragón.  Era como deben ser los dragones: verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. Sin embargo, no era un dragón que se dedicara a sembrar el terror, si no que tenía como ocupación ser científico. 

El dragón, con su fuego esterilizaba sus materiales: probetas y buretas. Tenía un potente microscopio de barrido y una campana de flujo laminar para hacer cultivos celulares y para ensayar drogas contra el cáncer.

Sonó el teléfono de la cueva… Era el almirante Hawkins hablándole exaltado. Solo había escuchado: piratas, neumonía y muertos.  El dragón gritó enojado exhalando una llamarada de fuego que iluminó hasta el último recoveco de la cueva.

—¡¡¡No entiendo nada!!! Como no se explique mejor, no puedo ayudar.

Entonces, el almirante, le contó al dragón verde esmeralda todo lo que ocurría en el barco.

—¿Era entonces una sirena?

—Sí, eso fue lo que les ha enfermado.

—No les dejéis entrar a la isla; si entran todos los habitantes morirán. Tengo la solución, pero debo de investigar.

Aquella noche en alta mar, se desató la tormenta perfecta: olas como rascacielos que penetraban en ambos navíos, corrientes que parecían querer succionar hasta el abisal a los barcos, cielos lechosos por la iluminación producida por los relámpagos y estruendo ensordecedor.

Mientras tanto, el dragón-biólogo estudiaba antiguos legajos sobre las enfermedades de las sirenas. Los compró en un mercado de Grecia; acusándole en su día, los políticos de la isla, de haber invertido el dinero del estado en absurdas leyendas. Sin embargo, él era un dragón verde esmeralda, de piel de dinosaurio y tamaño colosal. ¿No debería él también ser una leyenda?

 Al día siguiente, aún estaban los barcos sobre la mar.  Los marineros estaban exhaustos de achicar agua y luchar por mantener ambos navíos a flote. El almirante había comenzado a sentirse enfermo y su pañuelo estaba húmedo y encarnado por la sangre procedente de sus pulmones.

El cielo seguía plomizo, aunque la tormenta hubiese amainado. Un grumete subido al palo mayor, gritó:

—¡Ahí está el dragón!

El dragón venía cargado de cajas.

—Estuve estudiando sobre las enfermedades de las sirenas y descubrí que los dragones tenemos un virus bacteriófago que puede acabar con las infecciones bacterianas de los pulmones de las sirenas. Por mor del destino, hace tiempo, lo aislé y lo guardé en mi colección del laboratorio.
Solo he tenido que cultivar al virus bacteriófago de dragón en bacterias pulmonares que atacan a los humanos:  son bacterias similares a las que enferman a las sirenas; puesto que los pulmones de humanos y sirenas son órganos homólogos.

—¿Cuál es la solución? —inquirió el joven marinero sin comprender casi nada de lo dicho por el dragón.

—La solución es infectaros con el bacteriófago de dragón y que éste haga su trabajo. No podéis llegar a tierra hasta asegurarnos de que estéis sanos. He traído conmigo un alimento especial que hacemos los dragones cuando las personas están muy debilitadas. Te aseguro que todos, tanto marineros como piratas, vais a sobrevivir.

El dragón ,después de haber infectado a ambas tripulaciones con el virus, comenzó con sus anchos brazos llenos de escamas de dinosaurio a repartir el batido hiperproteico  vitaminado que él mismo había confeccionado durante toda aquella noche de tormenta.

Un arco iris se dibujó ante la salida de un sol abrumador…
El dragón verde esmeralda había conseguido el antídoto para la enfermedad, pero nada de esto hubiera sucedido, si el Rey de Vicoranmar, se hubiera decidido por mandar a algún valiente soldado a matar al dragón en lugar de darle sustento, asignación estatal y una cueva adaptada en un magnífico laboratorio para trabajar.

Apostando por la Ciencia, el buen Rey, salvó no solo a sus súbditos si no a la humanidad : gracias a no escuchar a las alimañas que acusaban al dragón de haber comprado “dispendiosos” legajos sobre biología y anatomía de sirenas en un perdido mercado de Miconos.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

Este relato fue inspirado en mi imaginación a partir de un juego de dados para escribir cuentos. Con gusto os muestro la foto de los dados que dieron como resultado esta historia.

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Dados para contar cuentos que usé para crear la historia de "EL BARCO"
Orden de los dados seguido escrupulosamente

El lugar del eterno silencio

El viento silbaba como un ser vivo en la oscuridad del camposanto. Los cipreses negros carraspeaban con sus ramas, meciéndose una y otra vez en el éter de la noche. La necrópolis, océano de almas durmientes, había recibido nuevas incorporaciones: dos jóvenes que un día salieron de sus casas sin saber que seguirían un camino de no retorno. Hacía poco tiempo que tuvieron lugar sus respectivos velatorios y misas corpore insepulto. En el solitario lugar, dos pequeñas almas se contaban sus penas:

—Recuerdo que la misa fue interrumpida muchas veces por los llantos desgarrados. Sus padres y hermanas se abrazaban una y otra vez. Parecía que intentaran espantar a la muerte; pero todo esfuerzo fue inútil: Marta no abriría más sus preciosos ojos.
Al salir de la iglesia, en dirección al lugar de la inhumación pude ir siguiendo al séquito, siempre unos pasos más atrás, como me corresponde. Iba con la cabeza gacha; llorando por dentro. Aún no entiendo esto de la muerte, soy demasiado joven; de vez en cuando musito al cielo sollozando para que lo que ha ocurrido sea tan solo una mala pesadilla. Pero como bien sabes las súplicas no sirven de nada.

—Lo siento mucho por ti. A mí me ha pasado lo mismo y te entiendo…
Permíteme que te cuente mi historia:
El muchacho que aquí descansa, falleció hace poco como tu amiga; era hijo único. Con su muerte, desaparece para siempre la continuación de una importante estirpe de médicos. En la casa, ajeno a todo, aguardaba yo amodorrado a los pies de su cama. Era un día tan soleado y tranquilo como otro cualquiera. Nada hacía presagiar que todo cambiaría de esa forma. Los pájaros seguían trinando, la casa estaba como siempre pero desde aquel día ya nada sería igual…

Éramos tan felices. —suspiró—. Puedo afirmar con orgullo que juntos hemos estudiado la carrera de medicina. Le gustaba tenerme sobre su regazo, a pesar de lo gordo que estoy. Acariciar mis orejas, tirarme pelotas de papel, jugar a perseguirnos… Pero lo que más le gustaba de mí, era escuchar mi ronroneo satisfecho como soniquete de acompañamiento en sus noches en vela…

Ese día había estado tan tranquilo como siempre: durmiendo. Pero comencé a dejar de estarlo al ver que pasaban las horas y mi amigo seguía sin volver. Además era muy extraño que no hubiera nadie que me cambiara el agua o que me suministrara mi alimento. “No, definitivamente no es normal”, pensé. Así que dejé de reposar y de un salto me puse de pie sobre una mesa para ver a través de la ventana del piso superior.
El coche familiar no estaba y tampoco la moto de él. El tiempo había volado y no podía calcular desde qué momento me había quedado solo. Luego, cuando por fin volvió el coche pude ver que los que bajaban tenían sus ropas tan oscuras como mi pelaje. Y él no estaba: solo sus padres. No olvidaré la cara de la madre de Antonio: tenía marcados, profundamente, los rastros de haber llorado y el padre, parecía de corcho; simplemente había dejado de hablar.
Por eso decidí venir hasta aquí junto a él .Cambio con gusto mi cama blanda por esta dura losa. Pues por lo menos, no lo dejo solo.

—Deberías marcharte. Los gatos no siguen a sus amos a los cementerios.

—Pues vete tú. ¿Desde cuándo estás aquí?

— Estoy aquí desde que la enterraron. Pasaré todas las noches junto a ella. ¿Sabes que aún puedo sentir sus manos acariciando mi cabeza? Los perros no dejamos a nuestros dueños y como perrita bodeguera que soy, es inevitable que aquí me quede.

Pasaron los días. El gato gordo cada vez estaba más flaco y la perrita, antes tan parlanchina, apenas quería hablar. Se alimentaban de lo que pillaban, que era más bien poco en aquel lugar del silencio. El otoño languidecía, los días cada vez eran más cortos. El termómetro bajaba más y más. Los dos animales que al principio discutían y se miraban de reojo, comenzaron a apreciarse. Dormían pegados el uno al otro. Una noche, sobre la losa del muchacho; otra, sobre la de la chica.

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El viento silbaba como un ser vivo en la oscuridad del camposanto. Los dos temblaron abrazados. El frío mordía sus huesos de forma hiriente. Los cipreses carraspeaban con sus ramas meciéndose una y otra vez.

La perrita se despertó y vio sentada junto a ella a su querida Marta. Primero, no quiso parpadear por miedo a dejar de verla. Después, su rabo se movió con un ímpetu olvidado. La mano de la muchacha, antes cálida, le tocó el lomo con un tacto sutil y etéreo. El corazón le vibró como nunca: la espera había dado sus frutos. Miró a su izquierda y pudo ver a su amigo ronroneando sobre el regazo de Antonio. Otra vez la mano de su dueña rozó su cabeza:

—Mi querida Manchita, no sabes lo que te he echado de menos. Ese chico que está con el gato murió el mismo día que yo. Fue por una camioneta a la que le fallaron los frenos.
Él iba en moto y cayó. Yo, mejor… no te lo cuento. Nos conocíamos, ¿sabes? Nos queríamos con nuestras miradas. Cuando cruzábamos la calle siempre nos sonreíamos. Pero nunca llegamos a hablar. Es extraño: la muerte nos unió. Hasta estamos enterrados el uno junto al otro. ¿Ves ese resplandor? Es un ángel que nos ha permitido bajar. Nos está esperando para devolvernos al cielo.

El gato que escuchó a Marta dijo con apremio:
—¡Antonio, llevo pasando frío muchas noches! Apenas hay comida en este cementerio. Tal vez alguna rata que comparto con esa perrita. ¡Quién me iba a decir a mí, con una perrita! Con lo pendenciero y buscabocas que soy; pero es que a ella le pasó lo mismo que a mí: perdió a su dueña. ¿Sabes que he dejado de dormir en tu cama para hacerlo sobre tu losa? ¡No quiero separarme de ti!

—Lo siento, Bola. Sé que me quieres, pero hemos venido para que abandonéis este sitio. Bajo esta losa ya no estamos nosotros. Nuestras almas están muy lejos de este cementerio. Marta y yo somos felices en el cielo. Nos conocíamos de vernos en la calle. Pasaba ella y yo la miraba. Luego otro día, ella me sonreía… Nunca llegamos a conocernos. ¿Comprendes? La muerte no es el fin: ha sido nuestro comienzo.

—Es hora de que os despidáis de vuestros compañeros. —se escuchó una voz que procedía de una luz diáfana y brillante—. Si no dejan pronto este lugar, la Muerte se presentará de un momento a otro.
—¿Has escuchado, Manchita?
—Sí, mi querida Marta. —dijo manchita gimoteando.
—Tenemos que marcharnos. No es un adiós: más bien… un hasta luego. Juega a la pelota con mis hermanas y no te olvides de consolar a mamá cuando se acuerde de mí.
—Lo mismo te digo, Bola. Disfruta de nuevo de la comida y de tus siestas: ahora tendrás toda la cama para ti. Haz compañía a papá. Ronronéale, para que sienta de nuevo su corazón.

La luz envolvió a las dos tumbas. Las siluetas de Marta y Antonio se difuminaron junto a la gran luminaria. La bodeguera y el gato negro se quedaron solos; la oscuridad era total. El viento seguía soplando, cada vez más fuerte…

El gato se puso en pie. No tenía muchas fuerzas para sostenerse: mezcla de la debilidad de su cuerpo y de la impresión de haber visto a su dueño. Sin embargo, con una agilidad inusitada se bajó de la tumba.

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— ¿Adónde vas, gato?
—A casa. Tengo un trabajo muy importante que hacer con el padre de Antonio. Y tú, deberías hacer lo mismo.
Entonces la bodeguera dio una última ojeada a la foto de su amiga Marta. —volvió a gimotear—.Y de un gracioso brinco bajó de la tumba.

El sol emergía en el camposanto. A lo lejos, las siluetas de las dos pequeñas criaturas que volvían al hogar, dejando atrás, el lugar del eterno silencio.

 

Victoria Eugenia Muñoz Solano©
Este relato está registrado en la propiedad intelectual, cualquier copia o difusión sin el permiso de la autora estará infringiendo los derechos de autor.

He querido compartir este relato en la noche de Todos los Santos. Espero que os haya gustado y que quérais compartir conmigo vuestras impresiones. 

La amapola

Fue al amanecer cuando me encaramé sobre el trigo para olisquear el perfume a tierra mojada que manaba de los campos debido a la finísima lluvia. La primavera, hacía brotar las amapolas que semejaban a las arreboladas mejillas de las chiquillas que las recogían al borde de los caminos.AMAPOLA1

 

Yo, que soy nuevo en este mundo, recién llegado a la madurez, oteaba el horizonte buscando a una compañerita con la que compartir mi recién estrenado nido. De tanto apoyarme en la espiga me caí a la zona embarrada y las patas y todo el pelaje se me ensuciaron. Decidí que así no podía presentarme ante una damisela de preciosas y curvadas orejas. Tendría que dejar mis tentativas de cortejo para más adelante. Volví hacia mi gramínea pero al subir, resbalé.

Entre las ramas secas del suelo, una sibilante serpiente apareció no sé yo de dónde. Abrió y descoyuntó  su boca y me quedé encajado dentro. Nunca había estado tan apurado, ni siquiera con los gatos que rondaban por las noches. Mi corazoncillo gritaba encerrado en mi cuerpo. Mi cabeza ya no pensaba, del miedo sentí desmayarme.

Súbitamente el cielo se trasformó en plomo. Un trueno hizo que la serpiente se moviera agitada. El suelo que ya estaba algo encharcado, ahora rezumaba agua  y la “bicha” tuvo que soltarme para no ahogarse. La mano de Dios tenía que estar en la providencial tormenta, porque,  ¿quién si no iba a salvar a un humilde ratoncillo de aquel súbdito de Satán?

Era el atardecer. Los vencejos bailoteaban contentos. El cielo se tornó trasparente, y unos colores lo llenaron: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Por delante, pasó un mirlo dando pequeños saltitos, hincaba su pico en el suelo sacando lombrices con gran rapidez y maestría.

Me fui directo a él pues al tener más edad que yo, tenía que haber visto antes ese espectáculo de color:

-¿Qué es esto que hay en el cielo, señor?- le pregunté aún asombrado mientras señalaba.

– Es el arco iris, que siempre surge justo después de perder la esperanza.

  Feliz tras contemplar tanta belleza, y con la ilusión por vivir recuperada, pues prácticamente me daba por muerto; comí un poco de grano, respiré hondo y me acicalé lo mejor que pude. Estaba dispuesto a encontrar a la amapola de mis sueños: de bellas orejas curvas y pelaje argénteo como la luna.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

El reloj

—Como puede ver este reloj es de los que ya no se hacen. Es un Duward, de carga manual de quince rubíes. No es tan preciso como lo es un reloj a pilas pero ese es el sabor añejo de los relojes antiguos.
—¿A quién perteneció?
— Es un reloj de señora. Según la ficha, el reloj fue entregado a una casa de empeños en 1933.
El hombre miró el reloj de cerca, escuchó su tic-tac y luego lo sopesó. Tras esto, le dio la mano al relojero y le entregó el dinero que pedía por él.

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—¡Feliz cumpleaños, Paula! —le dijo Alfredo a su hermana menor.
Paula con sus ojos almendrados y sonrisa sincera, se quedó contemplando el reloj amarilleado por el tiempo.
–¿Te gusta?
—¡Sí, es un regalo muy original!
Tras darle cuerda, la joven se acercó el reloj al oído para apreciar su sonido. La fiesta continuó hasta tarde y luego todos se despidieron.

El piso de Paula se había quedado vacío pero lleno de cosas por recoger. Cansada, se tendió sobre el sofá. En su muñeca latía el reloj que llevaba años sin vida en un cajón de relojero: tic-tac, tic-tac, tic-tac…

Paula abrió los ojos. Al escuchar la puerta, se levantó sobresaltada. Había irrumpido una mujer en su salón.

—¿Quién eres?
— Ich bin Nora.
—¿Nora?

El sonido de unas botas aporreando el suelo del descansillo se acercaba con fuerza amenazadora.

—Hilf mir! Mein Gott! – la joven miró suplicante a Paula.

Entraron unos hombres con camisas marrones. Nora, que llevaba una estrella cosida en la manga, se escondió tras el sofá. Paula con los ojos tapados con sus manos, sólo escuchó un estruendo. Después vio el cuerpo de Nora tendido sobre su propia sangre. La joven tenía en su muñeca un reloj de pulsera idéntico al suyo.

Paula miró su reloj, el tic-tac continuaba impasible.
Se dio la vuelta llorando y cuando volvió a mirar… Se encontró de nuevo sola.

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

Papiroflexia

Una carita tan blanca como la nieve asomaba expectante entre unas manos apergaminadas. La niña lo contemplaba con curiosidad pues llevaba tiempo trabajando sin parar con un papel para hacer una figurita de papiroflexia. El anciano mostraba su satisfacción en una sonrisa esbozada, los dedos diestros plegaban y apretaban; mientras que ella intentaba adivinar con impaciencia qué representaba la pequeña escultura creada por su abuelo.

Llevaría más de media hora con el pasatiempo; trabajando con tanta concentración que parecía ajeno al interés de la nieta: las uñitas hacía rato yacían sobre la alfombra del saloncito y la pobre, desesperada, se disponía a marcharse en dirección a las escaleras. Fue justo cuando ya tocaba el pomo de la puerta, que una voz baja y gruesa le hizo pararse en seco como si un gato negro invisible se hubiese cruzado en su camino.

—¿Quieres saber qué estoy haciendo?
—¡Sí, sí! —gritó sonriente.
—Siéntate aquí a mi lado que ya casi la tengo terminada.

Haciendo unos cuantos dobleces más terminó su obra. Sonrió a su nieta y colocó con delicadeza la figurilla sobre la palma de la mano de la niña que lo miró con tristeza pues por más vueltas que le daba, no era capaz de distinguir si la figura era la representación de un ángel, una grulla o una pareja de cisnes en un estanque.

El abuelo al ver el desaliento no quiso continuar con la espera:

—Niña mía, esto que ves tan extraño es una sirena de dos cabezas.
—¡No, no puede ser!—exclamó con espanto—. Las sirenas no son así. Son mujeres guapas con cola de pez y no monstruos de dos cabezas.
—Pero, ¿por qué no va a ser una “mujer” guapa una sirena de dos cabezas?
—¡Porque las sirenas así no existen! Ariel, la sirenita de los dibujitos, era guapa, pelirroja y de una cabeza.

Por los ojos de la chiquilla comenzaron a brotar sendos regueros de frustración y enojo. Entonces, el anciano, antes de permitir que la niña destrozara por la rabia su “monstruo marino”, lo recogió con cariño en su mano.

—Creo que ya es hora de que te cuente la historia de la sirena de dos cabezas.
—¡No, no quiero!—respondió haciendo pucheros—. ¡Es horrible!

Desoyendo a la niña el anciano dijo:

—Había una vez, no hace mucho tiempo, una muchacha muy hermosa que vivía junto a sus padres en una casita cercana al mar como ésta. El lugar era de cuento: con puestas de sol preciosas, valles verdes y frescos donde las flores crecían doquiera que llegara la vista. Sin embargo, la muchacha estaba triste…
—¿Por qué, por qué…?
—Ahora quieres saberlo, ¿eh? Bueeeno… Pues verás, habían pasado los años y la muchacha ahora era una mujer y estaba triste porque a pesar de que era tan bonita como las estrellas del cielo su corazón se sentía solo: no conocería ningún amor en aquel sitio.
—¡Ah!
—Pero todo cambió una noche, era una noche extraña puesto que una gran luz cayó en sus ojos mientras dormía haciendo que despertara de forma repentina. Por la ventana de la habitación penetraban luces de muchos colores: era un arco iris en la oscuridad del firmamento. Se puso una chaqueta y salió de la casa. Miró hacia la colina frotando sus ojos aún adormilados. Se despabiló rápidamente pues en el suelo vio algo increíble: era una especie de nave espacial. Parecía un avión gigante de papiroflexia, pero era metálico y no de papel, con luces parpadeantes de colores; se percató que era de allí de dónde procedía el arco iris de la noche.

Asustada se acercó y de la trampilla surgió una figura. Era un hombre alto, muy alto y…
—¿De dos cabezas?—preguntó la niña temblando.
—¡Exacto!
—Tenía dos cabezas, y sobre la espalda una aleta dorsal como la que tienen los tiburones de los mares de Australia. Ella pensó igual que tú: que estaba frente a un monstruo extraterrestre. Entonces, decidió huir. Pero en ese instante escuchó una melodía. Se giró y vio como el hombre de dos cabezas tocaba algo parecido a una guitarra. Sonaba tan bien, que cada vez que miraba el rostro del hombre más se enamoraba; aquella debía de ser una guitarra mágica. Los cuatro ojos del extraño le sonrieron, sus labios decían su nombre y ella comenzó a bailar junto a él mientras la guitarra continuaba por sí sola con sus sones.

La nave volvía casi todas las noches. Para aquel hombre del cielo recorrer galaxias no era ningún impedimento. Un día él le entregó una pulsera. Estaba hecha de un metal que parecía de oro pero que brillaba con una luz diamantina. A partir de aquel día ella comenzó a engordar. Cada día más y más. Y una mañana notó cómo la pulsera reventaba en trocitos. Asustada pudo ver a su lado a una pequeña bebé de dos cabezas.

—¿Era su hija?
—Era hija de ambos: del extraterrestre y de la muchacha. El bebé lloraba y no pudo ocultarlo. Se lo contó a sus padres que asustados, ante la extraña nieta, lloraron desesperados; luego discutieron con ferocidad amarga, echándose la culpa el uno al otro de que su hija hubiera entregado su corazón a un monstruo. ¿Qué dirá la gente del pueblo?—dijo su madre ruborizada. El padre miró a su nieta con pena y sólo se encogía de hombros.

Al caer la tarde la muchacha ya había tomado su decisión: cogió al bebé bicéfalo y se fue en dirección al mar. Entró y entró entre las olas hasta no hacer pie y abrazó el agua hasta que sus pulmones ya no pudieron soportarlo.

—¡Oh, Dios mío abuelito! —la pequeña se tapó los ojos como no queriendo ver la escena que ya veía en su mente.
—Sí, pequeña mía. Pobre muchacha enamorada. Sin embargo, el bebé siguió adelante. Porque la pequeña no tenía piernecitas, sino una hermosa cola como la de las sirenas de los cuentos. Así que ella batió su cola y luchó con todas sus fuerzas: las olas del mar no pudieron ahogarla.

También quiero que sepas que el extraterrestre no cometió la traición de dejar a su amada sola pues fue visto en la colina la misma noche del día del nacimiento del bebé: fue allí para reencontrarse con ella y su recién nacido. Sin embargo, desde el altozano pudo contemplar cómo a pesar de ser de madrugada, en la casa, seguía habiendo luces y un trajín continuo de gente que lloraba a la par que iba entrando y saliendo del hogar de la muchacha. Y fue así cómo comprendió que su amor había muerto. Así que cogió la nave y se fue para siempre a su lejana galaxia.

—¿Y qué pasó con el bebé después de las olas?
—El bebé que era medio extraterrestre, medio humano; creció alimentándose del mar: algas, peces, moluscos, crustáceos y cefalópodos. Se convirtió al paso de los años en una bella sirena de dos cabezas que al igual que su madre también comenzó a sentirse sola. Una mañana vio a una criatura bellísima, que en realidad era un pescador. Estaba llorando, asustado por los embates del mar. Había perdido su barca. Se encontraba sobre una gran roca aislada entre el oleaje: era el único superviviente de un naufragio.

Si la marea subía más aquel ser iba a morir.—pensó la sirena—. Así que decidió que en lugar de ocultarse se lanzaría a salvarlo. Lo subió sobre su espalda y lo llevó a la orilla. Sin embargo, el chico estaba tan horrorizado ante el monstruo de dos cabezas que temiendo incluso que lo comiera; pasó todo el camino gritando y arañando su espalda.

La sirena sollozando, se marchó. Su corazón estaba roto. Nunca un ser tan bello le miraría con amor. Se prometió no volver a verlo jamás. Era un monstruo y a los monstruos no les quiere nadie. Sin embargo, comenzó a preguntarse. ¿Qué pasaría si tuviera una sola cabeza y dos piernas en lugar de aquella cola de sardina?

LunaROSA.jpgLa noche era extraña, el cielo parecía iluminado como si fuera de día: una luna rosada gigante reinaba en el firmamento. Sus grandes ojos contemplaron con pena la tristeza de la chica. La Luna le habló desde arriba:

— ¿Quieres ir a la tierra sirenita?
—Es lo que más quiero en este mundo, querida Luna. —le respondió.
—Si así lo quisieras, una de mis estrellas te cortaría una de tus cabezas, pero debes saber que a partir de ahí, sólo sobrevivirás dos años. En cuanto a la cola, no te preocupes; pues en cuento toques la tierra se convertirá en unas hermosas piernas. ¿Qué harás, sirenita?
—¡Entonces, no perdamos tiempo! ¡Llama a una estrella y que me corte la cabeza!
Las olas del mar llevaron hacia la orilla el cuerpo dormido de una bella joven. En la casa de pescadores, descansaba el muchacho del naufragio que de pronto fue despertado por un haz rosado de la Luna. Tomó su chaqueta y salió hacia la playa. Sobre la arena vio el cuerpo de la muchacha dormida. Luego lloró al reconocer que aquella mujer era el monstruo de dos cabezas que le salvó la vida.
—¿Se enamoraron?
—Ya lo creo que sí. Tuvieron un bebé de piel como la nieve y de ojos grandes y curiosos; tenía unas cuantas escamas en la espalda como recuerdo del pasado marino y extraterrestre que le precedía. Sin embargo, pasaron los dos años y el pescador supo solo entonces el final de la sirena:

—Hoy es mi último día. No me importa, pues he podido amarte en estos dos años.—le confesó.

En un instante, de la zona en la que estaba antes la antigua cabeza comenzó a manar sangre y en pocos minutos ella dejó de existir para siempre. Tal fue la tristeza y la sorpresa, que el joven pescador se convirtió en un anciano canoso, de apergaminadas manos pero de gran destreza. Él sigue recordando a su amada una y otra vez creando con el arte de la papiroflexia, a la sirena de dos cabezas que un día le salvó la vida.
Entonces la niña quedó pensativa durante un rato…

Hasta que de pronto las lágrimas rebosaron sus ojos, y tocó su espalda notando el áspero tacto de las escamas. Se abalanzó y lo abrazó con fuerza: supo con aquella figurita quién era verdaderamente aquel hombre.
El joven pescador que envejeció de golpe, por perder a su sirena de dos cabezas.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Querido lector:

Agradezco mucho vuestra  participación en el juego creativo que os propuse.(https://losrelatosdevictoriaeugenia.wordpress.com/2013/11/16/os-propongo-un-juego-creativo-y-de-participacion/)

Espero que os haya gustado el resultado de mi trabajo sobre las palabras que habéis aportado. Pensaba que no saldría nada con tanta disparidad de sustantivos. El género está un tanto diluido en cuanto que tiene parte de cuento clásico, relato de intriga y misterio, de romanticismo, de fábula con moraleja  pero sobre todo es de fantasía. Espero vuestros comentarios.

Un beso para tod@s

Victoria E.

 

El perro del cable

Cuando vuelvo a mi apartamento tras estar toda la mañana en el laboratorio, paso por delante de una casa que tiene un perro ; la dueña lo tiene atado con un horrible y corto cable no sé yo si para que no se escape o para mortificarlo. Todos los días él me ladra inquieto, me mira, se mueve de un lado a otro y por evitar sus ladridos, procuro pasar rápido.

Aquella mañana estaba exhausta. Había estado testando un nuevo y caro antibiótico y encima se me había derramado parte del mismo sobre mis manos. De vuelta, pasé por delante de la casa del perro del cable. El animal me miró y en lugar de ladrarme, comenzó a decirme en perfecto español:

—Mi dueña ha matado a mi amo. ¡También a los niños!
—¿Cómo? ¡No, no puede ser! ¿Te oigo hablar? Estoy perdiendo el juicio de tanto trabajo de laboratorio.
Pero el animal siguió:
— Están enterrados en el jardín. No me mires así; ya que por fin me escuchas, ¿avisarás a la policía?

No sabía si correr o si seguir dialogando con el perro. Pensé que lo de su voz tenía que ser causado por el nuevo antibiótico, que procedía de un extracto de planta amazónica cuyos efectos podrían ser también alucinógenos.

—Necesito una prueba para poder denunciar. No, no me vale con tu palabra de perro.
Tras colarme y quitarle el cable, el can empezó a sacar montones de tierra; mientras yo lo miraba incrédula.
Perro buscando

Levantando la cabeza aulló:

—¡Ahí los tienes! Mi amo y los niños.

¿Y qué hice? Pues denunciar. La policía se llevó a mi vecina y yo, me quedé con el perro.
Os dejo, estoy terminando mi artículo para Nature sobre una planta amazónica.
Quién sabe si me llevaré el Nobel…

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Querido lector:

Espero que te haya gustado «El perro del cable». Si te gustan mis cuentos suscríbete al blog 🙂
Un abrazo
Victoria Eugenia Muñoz Solano

Habemus Papam

— De este año no pasa.

—Estoy de acuerdo. ¿Qué te parece Georg, te unirás a nosotros? — dijo Angelo.

Georg estaba callado con los ojos perdidos en el horizonte. Escuchaba la conversación con atención pero no podía evitar pensar que aquello le sobrepasaba, sus voces retumbaban en la gran sala con un eco que parecía ajeno a él. Sin embargo, al estar presente, se estaba metiendo en el lodo casi sin darse cuenta. Aquellos príncipes de la Iglesia, estaban muy lejos de lo que debería de proceder de los continuadores de la obra de Cristo: eran una sucesión de caras regordetas, ambiciosas, grotescas que entre risas le llevaba a pensar que se comportaban como verdaderos representantes de Lucifer en la tierra.

— Sí, haré lo que me pidáis. —respondió intentando que su voz no flaqueara.

No podía negarse después de haber escuchado los planes que llevaban ejecutando durante el 2012 pues se exponía a que encargaran su final junto al de Su Santidad. Supo que fue en enero cuando empezó todo. El papa estaba resfriado y le estuvieron inyectando estreptozotocina, una sustancia que se usa en ratas de experimentación para inducir la aparición de diabetes. Tras un tiempo prudencial en el que el páncreas del papa hubiese dejado de funcionar lo único que tenían que hacer era servirle un café extremadamente dulce. La monja cocinera también estaba enterada: grandes cucharas de azúcar en todo lo que fuera necesario endulzar. Así sin dejar huellas, el papa cada vez estaba más cansado y delgado, pronto dormiría para siempre.
Disimuló lo que pudo. Y preguntó:

—Cuando Dios tenga a bien llevar a Su Santidad a su lado, ¿qué tenéis previsto?

Las risas estallaron en la sala.

El cardenal Angelo se acercó a Georg, rodeando con su brazo el hombro del secretario:

— Vendrá su sucesor ideal: viejo, italiano y de fácil manejo. Ya no tendremos que preocuparnos porque nos excomulguen; digamos ejem… que por salirnos de la senda correcta. Y si el nuevo, no se comporta, ya sabemos lo que hay que hacer. Necesitamos que nos ayudes.

—¿Cómo?

— Su Santidad, sospecha que algo le pasa. Llamará a un nuevo médico que no estará de nuestro lado como el actual. Y éste le dirá, la verdad sobre su analítica y le prescribirá insulina. Tienes que convencerlo de que está viviendo el proceso normal de la vejez. Que debe de resignarse. El papa confía en ti como si fueras su hijo.

La cara del secretario palideció. Se estaba poniendo enfermo ante el cinismo del cardenal. Cuando terminó la reunión intentó no ir directamente al despacho del papa. Sabía que todos sus movimientos serían vigilados.

Al finalizar el día, fue a su dormitorio.

— Tengo que contarle algo importante.

—Debes hacerlo pronto Georg, me muero de sueño.— le dijo con los ojos entreabiertos.

— Prepárese porque es muy duro… A ver cómo empiezo… Su cocinera, Sor Luciana, le está poniendo grandes cantidades de azúcar en la comida.

—Ya me he dado cuenta que todo está demasiado empalagoso. Se lo diré al mayordomo. ¿Nada más?

—No, se lo explicaré mejor; lo que quería decirle es que le están matando poco a poco. Hace un año le suministraron una droga para ratas de laboratorio. La droga le ha destruido sus islotes pancreáticos y por ello no producirá más insulina. El azúcar está actuando en su cuerpo como un veneno silencioso.

—¿Y qué puedo hacer?

Georg y Ratzinger estuvieron hablando toda la noche. A los pocos días, el papa consternó al mundo anunciando su renuncia.

—¿Qué es esto, Georg? ¿Tienes algo que ver con la renuncia de Su Santidad? — le preguntó Angelo.

—No, más bien el cansancio acumulado por los subidones de glucosa que le ha estado procurando Sor Luciana. —respondió el secretario sonriéndose.

El papa y él ya habían elegido sucesor. Era un cardenal de ojos rasgados y joven. Ni italiano ni manipulable.

La fumata blanca apareció a la tercera. Cómo consiguieron que de los 120 cardenales más de dos tercios lo eligieran ya es otra historia.

¡Habemus Papam! —anunció el cardenal protodiácono desde el balcón de la Basílica de San Pedro.
Eminentissimum ac reverendissimum Dominum,
Dominum Ludovicum,
Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Tagle,
Qui sibi nomen imposuit Ioannis Pauli tertii

Tenemos Papa:
El eminentísimo y reverendísimo Señor,
Don Ludovicum
Cardenal de la Santa Iglesia Romana Tagle,
Que se ha impuesto el nombre de Ioannis Pauli tertii

Los pequeños ojos de Juan Pablo III se llenaron de lágrimas, le dio incluso un mareo de alegría al tiempo que de ansiedad por la gran responsabilidad de tener que llevar las sandalias del pescador. Salió al balcón, pronunció unas tambaleantes palabras e impartió su primera bendición Urbi et Orbi.

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Para ti lector:

Espero que te haya gustado esta ficción que hipotetiza a modo de thriller sobre el motivo de la renuncia del papa Benedicto XVI y que vislumbra al nuevo papa de entre los papables. Si tuviera voto en la elección, mi papa sería Luis Tagle, el cardenal filipino de cara amable y que bien se podría llamar Juan Pablo III. La elección de este papa inesperado y atípico abriría, según mi punto de vista, un nuevo horizonte  al rumbo de la Iglesia.

Quisiera poder leer tus comentarios y críticas, siempre que sean constructivas.  Te recuerdo, querido lector, que esto es una FICCIÓN pues yo ni vivo en Roma ni estoy en las conversaciones entre los cardenales y el secretario del papa. Mi imaginación me ha llevado a esta historia de conspiraciones y ambiciones; que plasmo en mi blog para que tú también la disfrutes

Un fuerte abrazo

Victoria Eugenia