Los huevos

Vivo en una zona de urbanización privada: con casitas pintorescas, chalets medianos y grandecitos, y entremedio de éstos; algunas casonas aquí, acá y acullá. La cuesta que lleva hacia mi casa que es larga y pendiente, abunda en arbustos que lindan con las aceras y las ramas de los árboles te salen al encuentro para gentilmente “acariciarte” el rostro si no vas con buen ojo. En una de las calles por la que más tránsito, hay una casona medio abandonada que está a la venta y, por el tamaño del terreno, desde hace años, nadie le ha podido meter el diente.

En uno de estos días de verano mediterráneo de humedad relativa que te deja sin respiración, iba yo subiendo mi cuesta con el vestido adherido al cuerpo. El sudor perlaba la frente y las gotículas llenaban mis ojos de sal de manera que casi ni podía ver.

Llegué a la acera del caserón abandonado. La puerta herrumbrosa estaba abierta: nunca había visto lo que había dentro y mi curiosidad era la misma que la de un pretendiente que lleva años esperando por el beso de su enamorada. Así que entré.

Gallinas sueltas, gatos, gatetes y gatillos atigrados, tricolores y vaquitas, un gallo lisonjero que se iba acercando hacia a mí con gallardía y luego un pequeño sendero. ¿Adónde llevaría?

Me sentí como Dorothy en el camino de las baldosas amarillas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… Me iba alejando de la puerta y no quería perderla de vista. Debajo de un arbusto había una máquina incubadora con montón de huevos y no eran los típicos de gallina. Alrededor tenía unos alambres con pinchos y una señal de peligro de muerte. “Qué extraño todo. Pero, ¿para qué poner una señal y unos huevos rodeados de alambre de espino?”.

Viviendo en una localidad costera, con playas al borde de la carretera, ese día yo volvía de la playa y llevaba un sombrero de paja comprado en el mercadillo de los sábados. Soy bióloga, defensora de la naturaleza, y no pensé en otra cosa que aquellos huevos podrían ser de contrabando y que aquella casa no se vendía porque no interesaba para llevar a cabo tráfico de especies exóticas. No me lo pensé y cogí los seis huevos, seis. Salí de la casa mirando a todas partes para evitar que vieran que yo me había llevado el tesoro que guardaban simulando una casa abandonada.

Por el camino iba dándole vueltas a qué especie pertenecerían aquellos huevos. Eran grandes, pero no tanto como para ser de avestruz. Toqué la cáscara, de textura rugosa con un patrón de onditas bastante extraño. ¿Quiénes sois? , pensé.

Una vez en mi casa anuncié a mi madre el hallazgo. Su cara era un poema.

— ¿Te has metido en una casa para llevarte unos huevos? ¿Estás loca? ¿Y si hubieran tenido un perro de los grandes? Te pueden haber grabado.

— Tranquila, no había ninguna placa que dijese que hubiera cámaras.

— Me has dicho que crees que se dedican al contrabando. Espero que no la tuvieran encubierta. Bueno, no me extrañaría. Lo mejor que puedes hacer es devolver los huevos. Ve esta tarde, ¡cuanto antes!

Del dicho al hecho hay un trecho. No me llevé los huevos, al contrario, los dejé en una caja en mi cuarto. Esperaba ansiosa al nacimiento de los pollos de la especie exótica extraña que ni siquiera con mis libros de Zoología pude identificar. Pasaron una, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas.

De allí no salía nada. Yo le tenía puesta una mantita eléctrica por debajo del “nido” que les había fabricado. Luego pasó otro mes y seguía sin nacer nada de allí. Estaba por pensar que aquello estaba muerto. Sin embargo, al tercer mes, un buen día noté que el cascarón de uno de ellos se resquebrajaba.

“¡No, no puede ser!” Ya van a salir. Qué emoción.” — me dije tocando palmas.

Un ojo reptiliano me miró con fuerza. Poco a poco una cabeza de un bichejo sorprendente salía del huevo. ¡Tenía hasta dientes! Las aves no los tienen. No podía creer que aún no sabía cuál era la especie.

De repente el corazón se me puso desbocado. ¡Ya sé quienes sois! Pero es imposible…

— ¿Que hay unos velociqué en tu cuarto?

— Han nacido ya cuatro velociraptores, son dinosaurios carnívoros, y quedan dos por nacer. — dije con una sonrisa de orgullo científico de oreja a oreja. Es que no devolví los huevos y los tengo de hace casi tres meses en una especie de incubadora casera que he hecho en el cuarto. ¿Qué te parece?

— Que no puede ser. Eso es peligroso. Hace poco pusieron una película en televisión que esos lagartos se querían comer a dos niños en una cocina.

— Sí, sí. Eso es Jurassic Park. Se supone que es una película de ciencia ficción, pero a veces la vida se abre camino y los caminos de la Genética son inescrutables, ja ,ja ,ja. Por lo visto han conseguido ADN de dinosaurios de verdad. No sé yo si será del conservado en el ámbar de la época jurásica o qué. La realidad es que están aquí.

— No puedes tener eso en casa. ¿Te enteras?

Esa mañana llamé al departamento de Zoología de la Universidad de Málaga. Hablé con la secretaría y luego me pasaron con el Catedrático jefe del departamento.

— ¿Un velociraptor me dices?

— Sí, llevo con los huevos casi tres meses y acaban de nacer. Les estoy dando carne picada de primera.

Aunque su voz era incrédula, mandó un coche para que me recogieran con los velociraptores que llevé en el trasportín de mi gata. Una vez allí tenía a todo el claustro y los becarios maravillados.

— ¡Tú no sabes lo que has conseguido! Por fin, financiación para la UMA.

— Yo creo que he conseguido también un trabajo. Si no, los peques, se vienen conmigo.

— ¡Claro que sí! Los peques y tú os quedáis.

Los dinosaurios cambiaron mi vida. Los del caserón no supieron nunca que fui yo la que se los robé. A no ser que lean este blog y tomen represalias.

FIN

Victoria Eugenia Muñoz Solano©

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