75 días

La línea A del subte llevaba a diario a Ernesto desde el porteño barrio de Montserrat hasta el de Flores. Allí trabajaba como profesor de formación profesional. El viaje solía resultarle anodino; ya que pocas veces se adentraba en conversación con algún desconocido y si lo hacía, era para hablar de asuntos triviales como el tiempo o cualquier noticia que leyera en el periódico.

Dispuesto a sentarse y quizás a dormitar, mientras pasaban las estaciones, no pudo evitar escuchar una conversación que se estaba dando a sus espaldas.

—¡Vos no sabés de lo que está hablando!

—¡Claro que sí lo sé!  Las Malvinas fueron muy necesarias para conseguir unirnos como Nación y recuperar lo que era nuestro. La pena es que los que fueron no tuvieron suficiente empuje contra los ingleses.

El anciano mirando con gesto de desprecio.

—¡Empuje dice, el boludo! Si eran muchachitos. Imagínese mandar a su nieto contra aguerridos militares profesionales. Eso es como mandar a un cordero al matadero.

—Usted no ama a su país. —respondió el anciano con la boca ladeada con gesto de desprecio.

El hombre más joven, de unos cincuenta y pico años, se levantó contrariado; tenía la cara rubicunda y sudorosa. Los ojos aguamarina, parecían salirse de sus órbitas. Se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo; andaba con prisas tropezándose sin disculparse con la gente. Todos los del vagón del subte lo miraron indiferentes, pero algo le dijo a Ernesto que aquel hombre tenía una mueca extraña, una expresión desgarrada y rota: no pudo evitar levantarse e ir tras él.

Una voz anunció la Plaza Miserere, él se bajaba en San José de Flores que estaba más adelante en el recorrido. Sin embargo, al ver la salida a la carrera del desconocido, se bajó también.

—¿¡Oiga!? ¿Qué le ocurre? —Ernesto le agarró de la camisa sudorosa.

—¡Déjeme en paz! Ya tuve bastante con el viejo y ahora con vos.

—Aquel viejo… No sabía lo que vivieron los muchachos de las Malvinas. — dijo Ernesto.

—¿¡Y vos lo sabes!?

—Por desgracia, sí. Tenía yo dieciocho años. Era un chico que por entonces estudiaba el bachiller cuando un día me llamaron para hacer la conscripción militar. El país estaba fatal: la economía era un total desastre y el nuevo presidente como bien sabrá, el general Galtieri, quiso crear una cortina de humo…

—Hacernos creer que íbamos a recuperar la soberanía de lo que era nuestro, darnos un sentimiento de patria por el que luchar todos a uno y, mientras tanto, nadie se daría cuenta del Gobierno fracasado que nos llevaba a la bancarrota.

—¡Exacto!

—Bueno, yo no estoy para más conversaciones, caballero. Encantado de conocerle, tengo prisa. Hoy es mi último día.

—Lo mismo digo, hasta otra, mi nombre es Ernesto. Hace tiempo que no hablaba con nadie sobre las Malvinas.

Cuando quiso darle la mano, en señal de despedida, advirtió que su interlocutor ya no estaba. 

Él también se encontraba sudoroso como aquel hombre, pero no tanto como para arrojar su chaqueta y quedarse sin abrigo en el frío del incipiente invierno argentino. Miró su reloj digital, para ver la hora, pero vio otro dato: era catorce de junio.

Su corazón comenzó a latir con fuerza y arrasando por donde pasaba sin mirar contra quién chocaba corrió por el andén en línea recta hasta que vio, a unos metros, a aquel rostro desencajado de mirada cristalina con los brazos en cruz en mitad de las vías del metro.

Corriendo por el andén del subte. Relato 75 días

—Por favor, venga aquí. Suba al andén. ¡No merece la pena hacerlo!

—Soy un perdedor. No levanto cabeza desde entonces. Murió mi mejor amigo en aquella guerra. Luego me tuve que ganar la vida como remisero*; entonces tenía dos niñitos. Si no hubiese sido por ellos, hace tiempo hubiera hecho esto. Ahora son ya mayores y yo voy a ver mi fin, el día de la derrota.

—¡¡¡D-E-M-E  L-A  M-A-N-O!!!

Ernesto se inclinó y con una fuerza que no sabía que ni tuviera, arrebató a aquel hombre del abrazo de la Parca. El otro, destrozado por el miedo, se ciñó a él llorando como si fuese un niño pequeño.

—Estuviste en la guerra, ¿verdad? Me he dado cuenta lo que ibas a hacer porque hoy es el día del aniversario.

Tembloroso y afirmando con la cabeza, reconoció que había sido soldado en aquella inútil cruzada. 

Ernesto lo miró y, después, lo volvió a mirar. Esta vez con los ojos del pasado: aquella mirada azul como la bandera Argentina, de tez colorada e inocente y con piel pincelada con numerosas pecas que ahora se esparcían entre incipientes arrugas. No, no podía ser cierto. —pensó.

—¿No serás Rossi?

—Sí, me apellido Rossi. —respondió con voz trémula. — ¿Y usted quién es? ¿No será un agente del Gobierno?

El síndrome postraumático había destrozado la vida de su compañero. Ni lo pudo reconocer, qué pena. Eran amigos inseparables. Rossi era tan patriota que se tiraba hacia las balas. Quería recuperar las Malvinas y no le importaba que fuera a costa de su sangre. A él, por el contrario, que se sintió arrebatado de su familia, le daba igual aquella “lucha patriota”; lo que más quería era volver con sus padres y comenzar a estudiar una ingeniería. Le decía a Rossi que todo era un engaño que aquello iba a ser una carnicería. Efectivamente, 649 fue el número de compañeros que cayeron en solo setenta y cinco días.

—Dime cómo era el compañero que perdiste.

—Era un pibe flaco, desgarbado por lo alto y moreno. Yo le llamaba el antipatriota y siempre discutíamos. Pero un día, a mediación de la contienda, él se interpuso entre la bala inglesa y mi cuerpo y me salvó y condenó mi vida.

—El antipatriota, el antipatriota. —dijo Ernesto con voz emocionada llorando y riendo. — El antipatriota soy yo, Rossi. Me hirieron y unos compañeros me quitaron del fuego cruzado y me sacaron de la isla. Estuve la mitad de la guerra y ya no volví. No tuve que pasar por aquella noche del 14 de junio en la que a los soldados los devolvieron a Buenos Aires como de tapadillo por la “vergüenza” de haber sido derrotados.

La cara de Rossi pareció de repente mutar de la desesperanza a la ilusión; de la tristeza al summum del alborozo. Ernesto sonrió como nunca, su sonrisa brilló con el regocijo de la adolescencia. Rossi y Ernesto se fundieron en un abrazo apretado que pareciera no querer terminar. Era la muerte esquiva la que les había devuelto esa parte que faltaba de sus vidas.

Abrazo tras mucho tiempo sin saber uno del otro.

 Los alumnos del instituto del barrio de Flores se quedaron ese día esperando la clase con el profesor de Tecnología porque los dos amigos salieron juntos del subte a recuperar el tiempo perdido: charlar sin parar, compartir sus penas y sus alegrías, y degustar, a boca llena, el mejor choripán porteño y la propia vida.

Los dos amigos querían recuperar el tiempo perdido.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© Todos los derechos reservados

remisero*: en Argentina persona que lleva pasajeros en su coche particular, de función similar a un taxista. Estos coches son coches que no tienen un color que los identifique como tales, se diferencian de los demás por tener una placa especial.

Agradecimientos:

Quiero dar las gracias a mi amigo en la distancia, Ernesto Fucile: animador de radio, autor de ficción y productor de formatos de entretenimiento que me ha aportado no solo datos fidedignos sobre Malvinas si no otros que no se pueden encontrar en la Wikipedia como son los sentimientos y el recuerdo amargo de esta guerra en el corazón de los argentinos.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

https://www.elmundo.es/cronica/2002/330/1013413872.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Monserrat_(Buenos_Aires)

4 comentarios en “75 días

    • Muchas gracias, Pablo, por tomarte el tiempo en leerlo. Me alegra mucho que te gustara.
      La verdad que fue un drama, que por desgracia sigue afectando a muchos y que podría haberse evitado.
      Fue una gran casualidad que le pusiera tu apellido a uno de los personajes y a los pocos días te encontrara en Facebook en ese grupo de español 👌.

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