La amapola

Fue al amanecer cuando me encaramé sobre el trigo para olisquear el perfume a tierra mojada que manaba de los campos debido a la finísima lluvia. La primavera, hacía brotar las amapolas que semejaban a las arreboladas mejillas de las chiquillas que las recogían al borde de los caminos.AMAPOLA1

 

Yo, que soy nuevo en este mundo, recién llegado a la madurez, oteaba el horizonte buscando a una compañerita con la que compartir mi recién estrenado nido. De tanto apoyarme en la espiga me caí a la zona embarrada y las patas y todo el pelaje se me ensuciaron. Decidí que así no podía presentarme ante una damisela de preciosas y curvadas orejas. Tendría que dejar mis tentativas de cortejo para más adelante. Volví hacia mi gramínea pero al subir, resbalé.

Entre las ramas secas del suelo, una sibilante serpiente apareció no sé yo de dónde. Abrió y descoyuntó  su boca y me quedé encajado dentro. Nunca había estado tan apurado, ni siquiera con los gatos que rondaban por las noches. Mi corazoncillo gritaba encerrado en mi cuerpo. Mi cabeza ya no pensaba, del miedo sentí desmayarme.

Súbitamente el cielo se trasformó en plomo. Un trueno hizo que la serpiente se moviera agitada. El suelo que ya estaba algo encharcado, ahora rezumaba agua  y la “bicha” tuvo que soltarme para no ahogarse. La mano de Dios tenía que estar en la providencial tormenta, porque,  ¿quién si no iba a salvar a un humilde ratoncillo de aquel súbdito de Satán?

Era el atardecer. Los vencejos bailoteaban contentos. El cielo se tornó trasparente, y unos colores lo llenaron: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Por delante, pasó un mirlo dando pequeños saltitos, hincaba su pico en el suelo sacando lombrices con gran rapidez y maestría.

Me fui directo a él pues al tener más edad que yo, tenía que haber visto antes ese espectáculo de color:

-¿Qué es esto que hay en el cielo, señor?- le pregunté aún asombrado mientras señalaba.

– Es el arco iris, que siempre surge justo después de perder la esperanza.

  Feliz tras contemplar tanta belleza, y con la ilusión por vivir recuperada, pues prácticamente me daba por muerto; comí un poco de grano, respiré hondo y me acicalé lo mejor que pude. Estaba dispuesto a encontrar a la amapola de mis sueños: de bellas orejas curvas y pelaje argénteo como la luna.

Victoria Eugenia Muñoz Solano© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

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