La Ninfa

Otra vez eran las diez y media; hora en la que Atón, Obi Wan, Thor y Locodeamor quedaban en el messenger con Ninfadríade.

Eran hombres de edades y circunstancias muy diferentes:
Atón, que rondaba la cincuentena, llevaba a sus espaldas un matrimonio fracasado y dos hijos veinteañeros a los que prácticamente desconocía.
Obi Wan, era un “friki” cuya única afición era Star Wars y sólo era capaz de hablar con las chicas a través de internet. En el caso de Thor  era diferente pues se trataba de un militar que como nunca tenía un destino fijo, no llegaba a conocer a fondo a ninguna mujer  y por último estaba Locodeamor : un romántico enamorado del amor.

Ninguno de ellos conocía a Ninfadríade pero de lo que estaban realmente seguros era que si no tenían un contacto real con ella; estarían perdiendo quizás, el último tren que les permitiría hallar la felicidad.

Un día el friki Obi Wan, hackeó el messenger; con ello supo que Ninfadríade hablaba con tres personas más. Así que invitó a los otros tres a un privado mediante el cual quedaron en persona.

Allí estaban los cuatro oponentes en el Mc Donald´s del centro de la ciudad.
El motivo de aquella reunión no era otro que decidir cómo iban a conocer quién era esa mujer que se había presentado tan seductora como esquiva.

Obi wan les dijo a sus compañeros que aportaran datos que ella hubiera compartido con cada uno de ellos en sus conversaciones:

—“Soy tan ligera como las ninfas.”— dijo Thor.

—“Vivo en todos lados”.— aportó Locodeamor.

—“Ni tuve ni tendré hijos.”— añadió Atón.

De repente a todos les sonó el móvil; era un mensaje. Y éste decía así:

“Seguid a vuestro corazón y allí estaré yo”.

Los cuatro desconocidos se miraron entre sí y sin decir palabra alguna se levantaron de golpe. Había una iglesia en la plaza aledaña y llegaron allí corriendo. Se pararon encima de una losa sin saber porqué. El sudor frío perló la frente de los cuatro. Miraron al suelo y vieron una lápida que rezaba:

“ Aquí yace Lucrecia Martínez del Río 1860—1878”

Entonces fue cuando aquellos desconocidos se percataron de quién era verdaderamente Ninfadríade.

Victoria Eugenia Muñoz Solano

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