Negligencia

Dos hombres que estaban sentados en sendos sillones de cuero verde, discutían haciendo amplios gestos. El más viejo, de gran nariz y pelo rubio distribuido equitativamente para disimular su amplia calvicie, alzaba la voz de forma violenta. Su sonido se volvía ronco y apagado conforme subía su grado de excitación. El otro individuo, algo más joven, era un afroamericano de hombros anchos, manos enormes y pelo que comenzaba a encanecer. No eran amigos ni trabajaban juntos sino aliados circunstanciales cuyos intereses les habían llevado a mantener aquella reunión con carácter de urgencia…

—Le hemos ingresado el dinero religiosamente y ahora quiere tirarlo todo por la borda. El tío dice que va a cantar antes de que llegue junio. —dijo el jefazo negro con ojos inyectados en sangre.

—No, no podemos permitir que hable. ¿Sabes lo que significaría?— replicó el hombre mayor.

—¡Que nuestro plan se iría a la mierda!

—¡Exactamente! Nos cerrarían el chiringuito: los fans dejarían de comprar discos y tendremos serios problemas con la justicia. —dio un puñetazo sobre la mesa. Su piel rubicunda había tornado del blanco pajizo al rojo chillón.

—No te enojes, tranquilízate. Si el cabeza de turco no quiere colaborar, a pesar de todo el dinero que le espera al salir de prisión, ya sabes que tenemos el plan B: una alternativa bastante sencilla…
— ¡Claro! Es muy fácil que un preso le coja manía… por lo que hizo. —afirmó con voz queda.

Su risa estruendosa a la par que cínica resonó en toda la estancia. Con gestos, indicaba las posibles muertes que le podían dar en la cárcel según el grupo étnico al que perteneciera el agresor: corbata colombiana, apuñalamiento en el corazón, ahorcamiento simulando un suicidio, estrangulamiento… con un puro humeante señaló su móvil. En la pantalla se podía leer la agenda de contactos: todos eran presidiarios pertenecientes a diferentes razas y clanes.

El magnate, se incorporó pesadamente para invitar con su caja de habanos a su compañero. Allí, sentados en el gran despacho de un rascacielos perdido de la ciudad de Manhattan se sentían intocables y poderosos; rodeados por ostentosos trofeos de caza, agitando prepotentes sus puros, llenando la estancia de una humareda tan inmunda como lo eran sus conciencias.

En la penitenciaría, la vida se le había hecho cuesta arriba. Era imposible acostumbrarse a que día tras día, el rancho fuera aquella masa informe de sospechosa y asquerosa procedencia: tenía un tacto blandengue que le provocaba verdaderas arcadas. Por otro lado, tenía que aguantar las palizas que le propinaban los otros presos cuando les daba la gana, la mofa y el escarnio diario o las duchas heladas con las que recibía la mañana. Además de soportar el oscuro y estrecho cubículo en el que estaba confinado…

Sin embargo, esto no representaba ni la mínima parte de lo que le estaba produciendo las grandes ojeras, las bolsas bajos los ojos, el adelgazamiento imparable por la pérdida total del apetito…

Porque lo peor en la prisión venía justo cuando caía la noche: cuando las sombras se apoderaban de los pasillos, cuando el ruido del transcurrir de las agujas de su reloj automático de pulsera, se percibía como un rumor fuerte y desasosegante: TATATATATATATATA…

Cuando las sábanas, con las que cubría su cuerpo, se levantaban ante sus ojos sin nada que las sustentara y luego, sentía su pelo mesado violentamente por un viento fantasmagórico que le helaba el rostro; mientras que su corazón latía fuerte, tan fuerte que le golpeteaba el pecho como si quisiera emerger destrozándole la caja torácica y rasgándole la piel en mil pedazos.

Sabía que aquello le iba a conducir a la muerte, algo que temía más que nada. Aunque se trataba de un miedo irracional, al fin y al cabo, su experiencia era tan real como que necesitaba el aire para vivir …

—¡Por favor, por favor! ¡Despierta! Viene a por mí, es él. —dijo el médico zarandeando a su compañero de celda—.Su piel negra se había trocado a un color grisáceo debido al pavor que estaba sintiendo.

—¿Quién va a venir? ¿Es que has perdido la cabeza? ¡Déjame dormir, idiota!

Sin embargo, tenía las manos totalmente agarrotadas por el frío. La garganta era como un estropajo, con la sensación de poseer una bola a mediación de la misma; una bola que le imposibilitaba tragar saliva y que le apretaba tanto que casi le paralizaba la respiración. La sequedad, le impedía gritar como necesitaba hacerlo.

Pero, ¿cómo describir lo que le estaba pasando? Tenía que contarlo. Sentía que se estaba volviendo loco. En los últimos días ya no sólo notaba su presencia sino que lo veía: se ponía allí, sentado a los pies de su cama; en silencio.

¿Qué hacía? No, no hacía nada. Sólo le miraba con sus grandes ojos, interrogándolo; aguardando algo que él desconocía. El pavor era febril. A veces quería conseguir el valor suficiente para terminar con todo: para suicidarse. Comenzó a pensar que únicamente de esa manera, lograría evitar que las noches se siguieran sucediendo una tras otra.

Una mañana, después de que transcurrieran muchas noches de pánico extenuante, entró acompañado por el alguacil al despacho de la psiquiatra de la prisión: la doctora Marlow.  Se le veía cabizbajo, con una voz que si antes era grave y modulada, ahora era apenas un susurro vacilante y quebrado; presentaba además grandes temblores en ambas manos, que hacían pensar que tuviera un parkinson de aparición repentina.
La cita se producía debido a que él mismo había hecho esta petición como último recurso para “curar” su alma perturbada.

El doctor, creía firmemente que aquello tenía que tratarse de un trastorno de su mente puesto que los fantasmas no existen. Como científico, tenía casi la certeza de que al morir todo lo que la persona ha sido se pierde y que nada queda más allá de los huesos en el féretro. Sin embargo, muy en el fondo, y desde el último mes, temía que esto no fuera así:

—Quizás, la vida continúe de otra forma tras la muerte.— afirmó mirando al techo tendido delante de la doctora.— ¿Podría ser que me estén infringiendo un castigo perpetuo desde el otro lado?—le preguntó a la psiquiatra. La doctora no respondió a su pregunta pues quería escuchar todo lo que le tenía que decir y continuaba tomando anotaciones mirando alternativamente a su bloc y a su paciente con el ceño fruncido; meditaba y luego escribía lo que consideraba importante para establecer el diagnóstico.

“Un castigo, que ni todo el oro del mundo podrá resarcir. ¡Había sido un imbécil ambicioso!”—se dijo mientras aguardaba la respuesta de la doctora; respuesta que ansiaba escuchar ya que quería agarrarse a cualquier afirmación que fuera racional y científica, con el objeto de lograr por fin apaciguar su conciencia. Comenzó a justificarse mentalmente:

“Cualquiera hubiese hecho lo mismo que yo por esa millonada, fue tan fácil. Una dosis de más, y ya está. Mi vida asegurada para siempre. Pero, ¿qué vida? Desconocía que todas las noches iban a ser así: terror, frío, ahogo, dolor, remordimiento: INSOMNIO.”

La doctora iba a interrumpir sus cavilaciones; parecía que respondería a su pregunta sobre la posibilidad del castigo de ultratumba. Sin embargo fue él, el que retomó la palabra:

—¡No puedo aguantar más, doctora Marlow!— exclamó cerrando los ojos. En ese instante, comenzaron a manarle sendos regueros de lágrimas.

—Le pondré un tratamiento y verá cómo dentro de pocos días ya no ve a nadie. — dijo Marlow con tono seguro.

—¡Pero es que usted no lo ha visto! ¿¡Sabe cómo me mira!? Está durante horas fijo, sentado a los pies de mi camastro. A veces sonríe, otras se queda ahí sin más, con su cara blanquecina, sus manos huesudas y crispadas y sus ojos resplandeciendo llameantes, en la oscuridad.

— Son alucinaciones que están en su mente. No tiene nada que temer. Los muertos no vuelven.

– ¡Sí que vuelven!— gritó por la impotencia de no ser creído pues la voz benevolente de su colega lejos de serenarle le ponía aún más frenético.

Llegó el día de las visitas. A veces venía su familia, la cual parecía que después de todo, le seguía “queriendo” mucho; aunque en realidad, no era ajeno a que aquel cariño se consolidaba debido a que la cuenta bancaria estaba más abultada que nunca.
Pero esta vez, no serían ni su mujer ni sus hijos los que le visitarían, puesto que a petición suya tenía que acudir a verlo su abogado.

— ¿Has entendido? Quiero que le digas a tus jefes que no voy a callar más. Que les daré hasta el último dólar que cobré y que antes de junio cuento todo lo que ha pasado a la prensa.

—¿¡Estás loco!? No vas a poder vivir en ningún sitio, te señalarán como asesino.

—¡Ya he sido señalado como un asesino!

—Además eres idiota, ¿no te das cuenta? Ahora sólo te identifican como a un médico negligente. Y piénsalo, hasta los fans más histéricos más o menos lo comprenden, porque las negligencias médicas ocurren todos los días a cada minuto. Pero si lo cuentas, ya no podrás sacar la cabeza de tu casa en ningún lugar del planeta.

Tras unos minutos de discusión que pasaron para el médico enseguida, el alguacil se acercó al preso para anunciarle que se acababa de cumplir el tiempo para las visitas. El hombre se levantó con la mente en un mar de dudas: por un lado el abogado tenía razón, nadie iba a perdonárselo. Su paciente, había sido un ídolo de masas tan sólo comparable con Elvis. Y por otro lado creía que la única manera de dejar de verlo era confesando su culpa. Puesto que había ocultado pruebas y para colmo negado los primeros auxilios. Había sido un ser despreciable por un puñado de dólares que todavía le esperaban a buen recaudo.

La noche se cernió sobre la penitenciaría; el corazón le golpeteaba de nuevo. Por fin después de mucho debatirse durante la tarde, tenía la decisión final: sería un maldito cobarde el resto de los malditos años que le quedaran de vida. No cargaría con el asesinato sino con la negligencia: sería un jodido médico negligente, pero también jodidamente rico y con una familia que le adoraría por siempre.

Las pisadas de la ronda nocturna se acercaban por el pasillo con el tono melódico de unos pasos de claqué. La luz que se filtraba por los barrotes tenía una coloración y un ángulo extraños. La luminosidad, era totalmente diferente a la que acostumbraba a irradiar de la linterna del alguacil. El murmullo de los ronquidos de los otros presos que solía apreciarse por las noches como soniquete de fondo; era imperceptible. Sólo se podía escuchar el furor del latido de su corazón y las pisadas de alguien que se acercaba de forma rítmica a su celda.

Los dientes comenzaron a castañetearle. En el cubículo, se había formado una espesa bruma que le impedía ver su propia mano y que había bajado notablemente la temperatura. Una opresión fortísima le sobrevino sobre su cuello. La fuerza que ahora le impedía tragar saliva no tenía nada que ver con la sensación de la bola en la garganta de las noches anteriores.

Un cuerpo se colocó encima del suyo aplastándole salvajemente; alguien le arrastraba sacándolo fuera de la parte baja de la cama litera. Notaba la cabeza apretada contra dos piernas que no le soltaban. La vista comenzó a nublársele. Y ahora le vio con total claridad. Estaba vivo: con camisa roja y pantalones negros; una sonrisa enigmática en los labios…

Sus manos blancas, hacían volar a su compañero de celda de un lado para otro mientras éste gritaba con ojos de terror. ¡Le estaba viendo al igual que él! Lo estaba sujetando fuertemente, dando violentísimos giros de derecha a izquierda. La piel clara del hombre comenzó a trocar su color a violáceo. Se estaba muriendo a ojos vista.

Y el doctor gritó:

—¡Por favor, suéltalo!

La sonrisa de él se volvió melancólica. Parecía triste y feliz al mismo tiempo. El fantasma que le estaba persiguiendo se había vuelto cercano e incluso amable. Ya no lo temía. Sus latidos disminuyeron la frecuencia, la ansiedad desapareció. Le acababa de salvar la vida. El preso que dormía junto a él iba a matarlo. No le había dicho nada pero su mirada lo decía todo: estaba perdonado.

Tocó a su compañero, y percibió que aún tenía pulso: esta vez haría los primeros auxilios y salvaría una vida.

A través de la pared se marchaba. Sus ojos le miraron por última vez chisporroteantes de vida, sonriendo ampliamente no sólo con su cara sino con su alma. A lo lejos, se escuchaban sus melódicos pasos y la extraña luz de la celda desapareció para siempre.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Para ti lector:
Espero que te haya gustado la historia. Te invito a que dejes tu opinión
Un abrazo

Victoria Eugenia

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8 thoughts on “Negligencia

  1. ¡Muchas gracias por los piropos, Edwin! ¡Me has alegrado el día! Como escritora, es muy importante para mí que otro escritor me valore tan positivamente.
    Un abrazo 🙂

  2. Hola Victoria! La trama de la historia está genial. Y como ya te han comentado, la narración invita a continuar la historia.
    Aquí mi twitter: @JoseluZafra
    Aquí mi blog: escuadrala.wordpress.com

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