El héroe de la línea 5

Era una mañana cualquiera de un día que parecía ser como otro cualquiera. Tomé la línea 5 del metro en la estación de Gavarra. Llevaba mi maletín y vestía un traje impecable de color gris marengo: soy representante de farmacia.

Al entrar en el vagón, me crucé con una muchacha que también solía subir a esa hora. Ella siempre me sonreía con ojos de deseo. Le devolví la sonrisa, la miré y pensé que un día de estos tenía que preguntarle si le apetecería salir. Dentro contemplé las extrañas caras conocidas de todas las jornadas y a las que no había visto nunca y que quizás no volvería a ver. Suele pasar en las grandes ciudades como Barcelona, dónde hay un eterno trasiego de transeúntes que vienen y vuelven en el día. Miré al que estaba sentado delante de mí. Era un hombre de raza negra acompañado por un pequeño de tres años. A mi lado, una mujer que de cuando en cuando, se sonreía leyendo una novela de Terenci Moix. El hombre que tenía al pequeño, lo tomó en brazos y lo puso delante de la webcam de su portátil. Me fijé en la pantalla, y vi que tenía abierta una ventana del programa Skype. Con esfuerzo evitando el brillo del lcd, pude vislumbrar a una bella mujer del mismo color de “La Moreneta”. La chica lloraba a lágrima viva. “Será la madre del chavalín. Deben de estar lejos y se conectan por internet”, pensé. Pero al tiempo, me chocó su gesto; pues en lugar de emoción y alegría, su cara estaba llena de angustia y de miedo. Agucé el oído, pero no pude entender lo que decían. El niño comenzó a llorar también. Levanté la vista y vi los fuertes brazos del hombre rodeando el cuerpecito del niño. Él le indicó con su mano abierta el número cinco. Ella movió la cabeza positivamente, y sin más, acabó la conversación cerrando con brusquedad la pantalla del portátil. En el fondo del vagón vi providencialmente a Jordi, un Mosso d’Esquadra que vivía en mi barrio. Fui hacia él, le dije que se fijara en el individuo del ordenador; puesto que sospechaba que algo raro tenía entre manos.

—Lo siento, no puedo detenerle por hablar con alguien que llora a través de internet.
—Entonces, ¿no vas a hacer nada? —mi voz se llenó de indignación.

Volví a mi asiento; el corazón comenzó a latirme fuerte. Estaba muy nervioso. Sin pensarlo, me levanté, y le pedí el portátil. El individuo me mostró sus grandes músculos. Yo le enseñé un carné de mi empresa como si fuera un carné de la interpol. Forcejeamos. El metro se paró en una estación y, aprovechó para apearse. Corrí tras él.

Para darle alcance, tiré mi maletín con mi muestrario de psicofármacos. De repente, el hombre se precipitó al suelo al tropezarse con un banco de la estación. El niño también cayó violentamente y lloraba con tanta fuerza que rápidamente se hizo un corro de curiosos alrededor. Le chillé pidiéndole el portátil. Sacó una pistola. Aunque parezca cobarde, salí huyendo, pues no estaba dispuesto a perder la vida. Sentí un bocado a la altura de mi muslo izquierdo. Toqué mi pierna y estaba empapada. Me derrumbé. Después de eso, sólo me acuerdo de esta habitación de hospital.

La enfermera que había escuchado toda mi historia, sonriéndose, me traía La Vanguardia. El titular rezaba: “Héroe en la línea 5: salva a un niño del secuestro y a su madre de la prostitución forzada”.

Más abajo contaba pormenorizadamente lo que me había ocurrido. Mis ojos miraban atónitos el artículo del diario; mientras tanto, la enfermera tomó mi mano sonriéndome con los mismos ojos de deseo de todas las mañanas. Finalmente hoy no iba a ser otro día cualquiera.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano

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