Al final del pasillo

(Link de la dramatización radiofónica al final del post)

Ya han pasado diez años y lo sigo recordando como si fuera hoy a pesar de que entonces tan sólo era una pequeña preadolescente de once años. Cuando aquello ocurrió no tuve más remedio que madurar de golpe, sin duda os preguntareis el motivo, os contaré qué me pasó y entenderéis lo duras que fueron aquellas circunstancias para mí…

Mi familia estaba formada únicamente por mis padres y yo. Aunque sabía que anteriormente a mí tuvieron otro hijo que desgraciadamente murió.

Por entonces, mi padre se dedicaba a la compra de casas en subastas. Un día nos anunció que había comprado, a muy bajo precio, una casa enorme que estaba a las afueras de la ciudad. Luego nos dijo, al ver nuestras caras, que no nos preocupáramos que con un poco de arreglo aquella casona se convertiría en una mansión maravillosa y afirmó que nos mudaríamos pronto.

A mí, chica de ciudad, la nueva situación me ilusionó muchísimo. Sin embargo, a mi madre acostumbrada al ajetreo de la urbe, aquello le pareció un auténtico encierro.  ¿Qué creéis que pasó? Pues que definitivamente y pese a todo, nos fuimos a vivir allí.

La casa, tenía una lánguida belleza victoriana: con un estanque lleno de nenúfares y una vegetación que escalaba las paredes produciendo una bucólica sensación de retiro… Aunque me pareció que aquella era una tranquilidad irreal debido a que aquel sosiego, se percibía extraño; como de ultratumba…

Mi casa—pensé—. Allí, sobre la colina. Única en el horizonte; sin atisbo de vecindad.

Al entrar, era fácil desorientarse. Sobre todo en la distribución del piso superior que tenía cuatro pasillos tan largos que no se llegaba a ver el final ni siquiera de día.

 Mi padre dijo tras recorrer todas las estancias:

—Tengo que poner lámparas en estos pasillos cuanto antes—. su voz sonaba trémula y vacía en la oscuridad; mientras decía esto, el vaho iba emergiendo de su boca como si fuera un torrente fantasmagórico. Lo cierto es que la soledad de aquella negrura me inspiraba una inquietud febril y primitiva.

Esa tristeza, se palpaba sobre todo en uno de los cuatro pasillos; allí pensó mi padre que la disposición de luces urgía más ya que para llegar a la planta baja había que pasar forzosamente por parte de éste…

Ya en el primer día de vivir allí, me di cuenta de que al final de ese pasillo se vislumbraba una pesada puerta que no tenía nada que ver con las del resto de la casa. Era como uno de esos portones medievales que se ven en las películas: rematados con clavos y refuerzos de hierro.

—Oye papá, ¿ has visto esa puerta del final del pasillo?

—No, no me he fijado, ¿qué le ocurre?

— Que es diferente. Podríamos mirar a ver qué hay dentro. —repliqué.

—Claro hija, vamos a ver qué hay.

Mi padre lo intentó una vez, pero no pudo; más tarde trajo todo su arsenal de herramientas. Sin embargo, todo fue en vano.
—Mira, hija… Lo siento pero desisto. Ya mañana la abriremos.

El sol caía sobre el horizonte y agotados, nos acostamos. Era la primera noche en nuestra nueva casa; noche en la que pasó lo más extraño…

Estaba durmiendo tranquilamente pero me entró mucha sed y decidí ir a la cocina. Sin saber el motivo me estremecí; quizás era porque sabía que para llegar hasta allí, tendría que atravesar el pasillo.

Iba recta y rígida e hice lo que no tenía que haber hecho: mirar hacia la puerta del final del pasillo…

—¡La puerta está abierta! —grité en el éter de la noche. Escuchando la reverberación de mi voz recorriendo las estancias de la casa.

Mi curiosidad podía más que el miedo atenazante que estaba sintiendo y con paso inseguro decidí acercarme, para ver qué guardaba la misteriosa habitación. Pero escuché algo que me paró en seco…

Era un niño sollozando y que con voz casi ininteligible decía:

–Estoy pero no estoy… Estoy pero no estoy y luego, volvía a llorar.
Entonces, inevitablemente, tuve que acercarme más pues me dije que debían de haber encerrado a un niño dentro de aquel cuarto. Cuando estaba ya a dos pasos de mirar la habitación, la puerta se cerró de golpe.  Le pregunté al niño del otro lado de la puerta si estaba bien, como respuesta sólo obtuve silencio. Le llamé otra vez, y me despedí diciéndole que no se preocupara que mi padre lo sacaría de allí.

Ni que decir tiene que me fui directa al cuarto de mis padres para sacar a mi padre de la cama. Lo zarandeé tirándole del pijama hasta que conseguí despertarlo al tiempo que le explicaba atropelladamente lo que acababa de sucederme. Mientras que con ojos somnolientos él me decía:

—Hija, eso es que has debido soñarlo; estas impresionada por la novedad de vivir en esta casa tan antigua.

—¡No papá! —le miré con impotencia—.He escuchado a un niño que lloraba desconsolado.— musité como si quisiera evitar que mi voz llegara al final del pasillo.

Al oír todo esto mi madre se mostró muy nerviosa y empezó a gritarle a mi padre:

—Me voy a marchar de esta casa. ¡Nunca debimos mudarnos!
—Cariño, tranquilízate de una vez. Seguramente ha sido un sueño de la niña.

De acuerdo, hija, — se volvió hacia mí—, vamos a ir juntos a ver esa puerta para cerciorarnos que no hay nadie.

Pero la puerta se mostró igual que el día anterior: inexpugnable.
—¿¡Qué ha ocurrido!?—me pregunté. ¿Todo había sido fruto de mi imaginación?
—Ves, ¿Carmen? Sólo fue un mal sueño. —me contestó con tono paternal.

La siguiente noche ocurrió lo mismo, pero esta vez fue mi padre el que tuvo la amarga visión del niño llorando al final del pasillo. Corrió sin pensarlo para sacarlo de aquella habitación, pero la puerta volvió a cerrarse delante de sus narices.
—¡ Cielo santo! Carmen tenía razón esto debe de ser algo más que una horrible pesadilla.

Mi padre echó a correr a la alcoba a buscar a mi madre y se lo contó, pero no le quiso creer. Ella aprovechó para volver a recriminarle el error del cambio de casa. Yo los escuchaba discutir al otro lado de la habitación pues sus voces acaloradas parecían ladridos. Me sentí en cierto modo culpable de aquella discusión.

Le dijo mi madre:

—No vuelvas a asustarme si no quieres que coja las maletas y te abandone a ti y a la niña a vuestra suerte en esta horrible casa.
Sin duda esa forma tan extraña de actuar de mi madre a mi padre le afectó y ya no volvió a mencionarle aquel fenómeno que seguía aconteciendo todas las noches…

Una mañana mi padre empezó a quejarse del estómago cosa que no era normal en él. Vomitó todo el desayuno. Después le vinieron unos dolores tan grandes que terminó retorciéndose por el suelo; comenzó a convulsionar, saliéndole por la boca una saliva espumosa y rosada. Me miró sin mirarme y los ojos se le quedaron casi fuera de las órbitas, estrábicos. Su cara estaba desencajada…

Mi madre chillaba y lloraba y yo, no sabía qué hacer ante aquella dantesca situación.
Pronto se recompuso y rápidamente llamó al médico; más tarde, a la funeraria y luego a todos los familiares.  Muy segura y sin expresar toda la pena que sería lo normal para semejante catástrofe…

Entonces pensé que si perdió a mi hermano siendo él un niño ella debía de estar endurecida ante tan luctuosas circunstancias.

Tras la salida del cuerpo sin vida de mi querido padre me dijo :

—Nos vamos de la casa esta misma noche, ni una más.

—“Normal que no quiera permanecer aquí más tiempo”. —pensé.

Cuando ya salíamos por el umbral de la puerta, de vuelta a nuestro pisito, aquel que dejamos para vivir en aquella casona; una lluvia torrencial nos sorprendió, mi madre tiró de mí con fuerza para que subiéramos pronto al coche, pero éste no arrancaba…

—¡¿Se habrá descargado la batería?! ¡Maldito coche! –exclamó mirando al vehículo y dándole una patada a una de sus ruedas mientras la lluvia burbujeaba en los charcos formados en el jardín.

Ante tanta contrariedad no tuvimos más remedio que pernoctar una vez más en la casa.
Mi madre estaba fuera de sí e irreconocible, se metió en su cuarto y se escuchaba desde fuera cómo maldecía y arrastraba muebles.

—¿Qué estará haciendo? ¿Es que se ha vuelto loca con la muerte de papá?

Otra vez en medio de la noche tuve la acuciante necesidad de beber agua, pero tenía que atravesar aquel pasillo. ¿Estaría abierta la puerta? Mis pasos fueron lentos y sonaban amortiguados como las saetas de un reloj, ya llegaba ALLÍ. No me atrevía pero inconscientemente miré de reojo…

—¿¡Qué es esto¡? …

El niño no estaba solo sino que estaba acompañado por un hombre y repetían al unísono:

—ESTAMOS PERO NO ESTAMOS… ESTAMOS PERO NO ESTAMOS…

Entonces lo comprendí todo…

Aquel niño era mi hermano fallecido y el hombre, era mi padre. Pero, ¿por qué se aparecían a mí y no a mi madre? ¿Querrían avisarme de algo?

Sonó el teléfono en la planta baja… Dando pasos hacia atrás, corrí por las escaleras. Al contestar, me dijo una voz de hombre que llamaban de la comisaría:

—Pequeña, sólo podemos decirte que no tomes nada que tu madre te ofrezca, llegaremos en cuanto las carreteras dejen de estar cortadas y sobre todo no digas que hemos llamado; di a tu madre que se han equivocado, ¿lo prometes chiquilla?

—Sí, claro. — le contesté al policía asustada.

—Hija, aquí tienes un cacao caliente para que duermas bien…

Escuché a mi madre en la lejanía.

Mi madre había asesinado a mi hermano y también a mi padre. Mi hermano persiguió después de muerto a mi madre; atormentándola a todo lugar donde ella iba, pero el caso es que sólo lo veía ella…

Hasta que llegamos a la casona dónde se nos hizo presente a mi padre y a mí. Para avisarnos del inminente peligro que nos acechaba… En parte todo había sido inútil…

A la mañana siguiente mientras ella preparaba el desayuno la policía irrumpió en la cocina .La detuvieron y la sacaron esposada. Según el informe que leí años después, mi padre fue envenenado con cicuta menor. Esta planta la hallaron en su contenido estomacal y en los aledaños del jardín…

En el caso de mi hermano, ni se sabe que mortífero veneno preparó para acabar con su vida. ¿Y ustedes? Se preguntarán cuál fue el motivo de tamaña locura. Mi madre se hacía llamar la sierva de Luzbel.

 Y yo quedé sola en el mundo hasta que una buena familia me acogió en su seno. Me criaron lo mejor que supieron e hicieron que con su cariño olvidara la mayor parte de aquellos horribles sucesos.

Pero…  ¿Saben lo que nunca olvidaré?

Lo que había al final del pasillo.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano.

Esta historia ha sido dramatizada en una grabación magistral por Carlos San José de Camelot Radio. Y fue emitida por Radio Betis de Sevilla. Si queréis escuchar “Al final del pasillo” el link es:

http://www.ivoox.com/cuentos-de-terror-al-final-del-pasillo-audios-mp3_rf_1185311_1.html
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El bandolero de la Coracha

Ocurrió en el año 1877, año desastroso en el que una plaga de pequeños insectos de la familia de los inofensivos pulgones se cernió sobre los campos de vides malagueños. El ataque de la filoxera había dejado a muchos agricultores en la miseria.

Fue entonces cómo Diego Hinojosa al no poder trabajar en el campo, empezó a delinquir asaltando los carruajes en los cruces de caminos, emulando a su abuelo; el famoso y admirado Tempranillo.

Diego robaba para comer y lo hacía procurando no dañar la integridad de sus asaltados. Vivía con su mujer ysu niña pequeña de tres años en el ahora desaparecido barrio de la Coracha.

El bandolero que era un hombre de facciones rudas, de ojos avispados y tez morena, penetró con caminar vacilante en Santo Domingo. Portaba una bolsa repleta de duros procedentes de la última calesa que había abordado. A lo lejos se vislumbraba envuelto en la luz tintineante de las velas, al Hijo de Dios hecho hombre. Era el Señor del Paso.

Diego conforme andaba, desnudaba su cabeza del pañuelo que lo ceñía. Luego se santiguó al tiempo que hincaba las rodillas delante del Nazareno.

– Señor aquí te dejo mi último botín. Te quiero pedir a cambio de volver a la honradez pero también a la pobreza que me salves a mi niña. Lleva varios días con calentura. Si vieras ¡cómo tiene su lengua! Parece una fresa roja.

Diego lloraba a lágrima viva. Su niña había sido diagnosticada por don Evaristo de Escarlatina, mal que si en nuestra época se soluciona con penicilina, en esos tiempos avocaba a la muerte a miles de niños.

El bandolero se enjugó las lágrimas y miró al Nazareno y Éste a su vez contempló apiadado con su mirada digna, humilde y llena de dulzura al pobre hombre arrepentido. Se mantuvo así durante largo rato una conversación de silencio sobrenatural.

Su corazón empezó a palpitarle atolondrado. Seguramente se debía a la emoción de estar ante la sobrecogedora presencia de Jesús Nazareno; pero sintió que algo había mutado y que debía de marcharse cuanto antes del Templo. Corrió sorprendentemente sin siquiera despedirse del Nazareno, corrió y corrió hasta la empinada cuesta que le llevaba a su hogar.

Distinguió en la oscuridad de la noche la silueta de su mujer en el umbral de la puerta con las manos apoyadas en la cabeza y vociferando su nombre.

-¡Diego! ¡Diego! –rompía la voz con dificultad.

Diego aligeró aún más el paso hasta encontrarse delante de su mujer.
-¿¡Qué pasa María!?

-Llegó un médico al poco de irte. Me dijo que venía de tu parte. Yo pensé con pena que otra vez habías vuelto a birlar porque las últimas pesetas se las llevó don Evaristo.
Era joven, alto, fino y de cara parecía un hombre bueno y noble. Entró, miró a la niña y me dijo que no me preocupara más que ya estaba curá. Me enfadé con él.
Le pedí gritando que se fuera que no estaba la cosa pá bromas que la niña estaba muy malita, que se estaba muriendo ya. Me dio la mano y no respondió a mis increpaciones. Y cuando menos me lo esperaba lo vi ya lejos de casa cerca del castillo y alrededor de él como unas nubecillas y unas pequeñas luces saltarinas.

Me di la vuelta y de pie estaba Esperanza diciendo entre lágrimas que tenía hambre. ¡Lloraba de hambre! ¡Estaba buena de verdad!

Comprendiéndolo todo, el antiguo bandido con los ojos desorbitados mirando al cielo de Gibralfaro dijo:

-Señor, ¡gracias por salvar mi Esperanza!

Esta ha sido la leyenda del bandolero Diego Hinojosa, el bandolero de La Coracha, aquel que un día el Señor del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso salvó al curar a su hija. Con su bendición todos los Jueves Santos tal como hiciera ese día en el cielo malagueño, Él sigue curándonos y dándonos Esperanza de salvación.

Mi relato está publicado en el boletín nº51 de la Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza; apareciendo junto a otros relatos de insignes cofrades y hermanos con motivo del IV Centenario de la Bendición de Jesús Nazareno del Paso.

He querido compartirlo con vosotros, visitantes de este blog, pues cada Semana Santa en Málaga, se vuelve a repetir el milagro de la bendición del Nazareno.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano

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