Bajo la lluvia

Caía la lluvia. Lleno de barro, calado y gimiendo se podía distinguir a un escuálido can.Cargaba con una cadena roñosa y partida. Posiblemente, había vivido atado a un poste olvidado en un cortijo de las proximidades; pues por sus hechuras, debió de haber sido un perro guardián. Era mayor, de eso estaba seguro. Me acerqué…

BAJOLALLUVIA (Los relatos de Victoria Eugenia)

–Hola bonito. Pero, ¿qué te han hecho? –me miró. Dicen que los animales no tienen lágrimas, pero por sus ojos se vislumbraban sendos regueros que no se debían al aguacero sino a la desilusión.
-Vente conmigo. No tengo finca ni soy rico. Vivo en ese cajero.-le dije mientras se lo señalaba.- Te daré calor, y tú si quieres, me darás el tuyo.
El perro agitó el rabo como si fuera un cachorrillo. Entonces, mientras corríamos bajo la lluvia, sus ojos resplandecieron renovados por la esperanza de ser alguna vez querido.

Autora : Victoria Eugenia Muñoz Solano

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El jardín oval

Las hojas lanceoladas de los eucaliptos sombreaban los serpenteantes caminos que se cortaban en diferentes direcciones; la primavera se manifestaba en un trino reverberante emitido por los pajarillos que poblaban el lugar.

Laura ya no se recreaba en la belleza del paraje, porque distraída recogiendo flores, se había apartado del lado de sus hermanos. Angustiada, se puso a mirar los carteles indicadores pero apenas sabía leer… Después de una hora, cansada de tanto deambular, decidió tomar un camino de piedra color ocre, que le condujo a uno de los jardincitos de los mil que allí debía de haber. Por fin, tomó asiento en un banco. Miró a su alrededor: “Me gustaría que estuvieran conmigo Juanito y Pili, este jardín es tan bonito…”, pensó. En ese momento, recordando su situación; rompió a llorar.

En el fondo del jardín oval, algo en la espesura comenzó a moverse, esto hizo que la niña se apartara las lágrimas y mirara curiosa.
¿¡Hay alguien!?- preguntó.
Apareció un enanito que le tiró de la mano por el dedo pulgar…

¡Laura, Laura! – gritaban sus hermanos mientras la abrazaban llorando…
Mientras tanto, el gnomo, que los había estado mirando tras un arbusto; se marchaba sonriendo para no salir jamás de su jardín secreto.

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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