El primer Rey Mago

Eran vísperas de Reyes. El hospital, no es el sitio más idóneo para vivir esa
noche mágica. Sin embargo Pepe, un pequeño de ocho años con leucemia,
no tenía más remedio que continuar allí. Estaba triste a pesar de que su madre
pasaba todo el día junto a él. Pepe quería ir al colegio, estar con sus amigos e
incluso, volver a hacer los deberes que antes siempre dejaba para el final.
Lloraba a solas, bajito, mientras su madre dormía agotada en un viejo e
incómodo sillón de acompañante. En la oscura habitación, de repente se abrió
la puerta dejando entrar la potente luz del pasillo. Como todas las noches, a
esa hora, una enfermera solía pasar para ofrecerles café, té o un caldito.

-No, no necesitamos nada. – dijo el niño con voz entrecortada por las lágrimas
disimuladas.

-¿No? Pues yo creo que sí, pues tus ojos dicen lo contrario.

No se trataba de una enfermera, sino de un hombre grandullón, barbudo y con
bata. Pepe estaba sorprendido por la cara desconocida que se encontró de
repente; en lugar de la de la enfermera de cara amable y oronda que
acostumbraba visitarle a esas horas.

-Sé que este hospital no es lugar para pasar la Noche de Reyes. Si lo deseas,
te contaré una historia que te haga olvidar y sobre todo soñar.

-Si usted quiere, cuéntemela. Pero no creo que me pueda olvidar de lo que
estoy pasando. -le respondió el niño, mientras miraba a su madre que dormía
ajena a la conversación de ambos.


Dibujo: Victoria E. Muñoz Solano

Su voz susurrante comenzó:

-Hace muchas centurias existió un sabio Astrónomo que vivió en los mismos
años que Melchor, Gaspar y Baltasar. Su nombre era Artabán.
Artabán, recibió al igual que los demás reyes la llamada de la Estrella que le
llevaría hasta el Mesías. Decidió que partiría desde Persia con tres presentes:
un magnífico diamante de tamaño y brillo excepcional, un rubí rojo como la
sangre de estupenda pureza y por ello de gran valor y, por último un precioso
jaspe bermellón que serviría como amuleto para proteger en el devenir de su
vida al Niño Dios. –Pepe dejó de sollozar pues la historia comenzó a
interesarle.
– Y… ¿qué más?…
-Pues los reyes, se carteaban para preparar el viaje y la última carta decía lo
siguiente:
“Queridos compañeros de viaje Melchor, Gaspar y Baltasar. Estoy de acuerdo
con que el punto de partida de nuestro trayecto en común sea la ciudad de
Borsippa junto a los muros del Gran Zigurat. Estaré muy complacido de veros
en persona. Pienso que será muy gratificante que compartamos la alegría que
sienten nuestros corazones, desde la llamada de la Estrella, por la ilusión de
adorar al Rey de reyes.”

Tras enviar la misiva, Artabán tomó sus dos mejores caballos. El corcel blanco
lo montaría durante la mañana y el de color de azabache sería su cabalgadura
por las noches. De esta manera, los animales podrían resistir el duro viaje ya
que mientras trabajaba uno, el otro descansaba del peso de Artabán.

En el camino, el sabio vio a un pobre hombre exhausto. Su piel y sus ojos
estaban totalmente quemados por el sol; lo que denotaba que se había
quedado ciego. Caminaba errabundo por el desierto. Parecía que la muerte se
le presentaría de un momento a otro. Artabán, apiadado, bajó de su corcel y,
entendiendo que sin su ayuda acabaría muriendo entre las dunas; le curó sus
heridas y le vistió. Por último, le brindó el gran diamante que le iba a regalar al
Hijo de Dios. El hombre, a pesar de sus pocas fuerzas agradecido le abrazó.
Con el valioso pedrusco pudo comprar todo lo que necesitaba, y ya no tendría
que mendigar comida ni vivir a la intemperie nunca más.

Artabán que había perdido toda la noche en socorrer al hombre en el desierto,
tomó al alba, las riendas de su caballo blanco para recuperar las horas de
camino perdidas.

Llegó a Borsippa, ciudad que actualmente se hallaría en Irak, lugar en el que
si recuerdas en la carta, era el punto de encuentro con sus compañeros.
Buscó a Melchor, Gaspar y Baltasar por todos lados. Preguntó a las gentes
pero nadie sabía decirle del paradero de los sabios. A excepción de un
muchacho que le contestó que los vio salir de madrugada, después de estar
durante varias horas junto al muro de la ciudad.

Artabán se dio cuenta de que se habían marchado sin él. A pesar de la
desorientación del momento, sin cejar en su empeño, el hombre continuó su
camino siguiendo a la Estrella.

El sol se puso varias veces cuando por fin Artabán atravesó la región
montañosa de Judea. Al llegar sólo pudo contemplar el desastre: niños
llorando asustados y padres temblando impotentes ante la horrible visión de
los soldados matando a sus hijos menores de dos años. La milicia cumplía la
orden de Herodes: terminar con la vida de todos los inocentes para así
aniquilar al que decían que sería el Rey de reyes.

Uno de los soldados sostenía a un niño boca abajo y con un gran cuchillo
estaba a punto de degollarlo. Artabán se tiró del caballo y rápidamente sostuvo
con fuerza el brazo del soldado para impedir que le diera muerte.

-¡No! No lo mates. Te doy este rubí si me lo das.

El soldado pensó que si cogía el rubí podía dejar ese sucio trabajo. Por ello, le
cedió el niño sin discutir. Artabán se lo quiso devolver a sus padres, pero
rehusaron tomar al pequeño pues sabían que si lo tenían en casa, podían
volver los soldados de Herodes y, esta vez no tener tanta suerte.

Entonces el sabio partió de Belén desesperado, pues había fracasado en su
propósito; no encontró al Niño Dios y además no llegó a conocer a los tres
reyes. Para colmo tenía que cuidar de un chiquillo sin tener mujer que pudiese
ayudarlo. A pesar de todo, Artabán continuó su viaje; aunque sin poder seguir
ninguna estrella, tan sólo una corazonada que le decía que algún día
encontraría al Salvador.

-Artabán era tan desgraciado como yo. –interrumpió Pepe.

-Espera muchacho que aún no he acabado. – contestó el hombre mientras
acariciaba con dulzura la cabeza sin pelo de Pepe.

Pasaron nada más ni nada menos que treinta y tres años. Artabán era un
anciano que cansado, terminó viviendo en Jerusalén con el niño llamado
Josef, ese que arrebató al soldado y, que ahora era un hombre fuerte y bueno
que le ayudaba en todo.

Un día estando Artabán en su casa, escuchó que su hijo le llamaba para que
viniera corriendo a la plaza. El motivo de sus prisas era que estaban
vendiendo en el mercado de esclavos a una joven de la que el muchacho
llevaba tiempo enamorado.

Artabán, al ver que los romanos le hacían daño,
tomó rápidamente su último regalo; el regalo que guardaba con la esperanza
de encontrar a Jesús: el Jaspe escarlata. Se lo ofreció al vendedor romano que
rápidamente le entregó a la joven. Con ello le devolvió la libertad. Entonces…

-¿Entonces…? Se quedó pobre y sin su hijo. Porque Josef se casaría con la
mujer, ¿no?

No te adelantes… Entonces Artabán caminó y caminó y llegó hasta la cima del
Monte Calvario. Allí se encontraba Jesús y los dos ladrones crucificados.

Artabán se dio cuenta de que ése era el Mesías que tanto había buscado y se
arrodilló ante Él. Jesús le miró y expiró.

-¿¡Cómo que expiró!?- preguntó Pepe sorprendido.

-Que en el momento que Artabán lo encontró, Jesús se murió.

-¡Qué mala suerte tiene Artabán! ¡Qué cuento más triste!

-Nada de eso. Artabán se desmayó debido a que le entró un fuerte dolor en el
brazo izquierdo y luego en el pecho. Pero, más tarde abrió los ojos y, por fin
vio a Jesús tal como tenía que haberlo contemplado aquella noche en Belén…
Era un niño resplandeciente, gordito, de piel clara y de ojos aceitunados que
le sonreía con amor.

-Señor perdóname que no tengo nada que darte.- le dijo llorando.

Artabán dejó de tener la visión del pequeño Niño Dios, y esta vez se le
presentó Cristo que le dijo:

“Tus regalos son los más preciosos que me han hecho, porque ayudaste al
que te ha necesitado y además has seguido durante toda tu vida la estrella
invisible de la Fe. Eres el último rey en llegar, pero ahora que estás conmigo
serás el primero. Desde este momento cada vez que se conmemore la
Adoración de los reyes, volverás a ayudar al que más me precise.”

Y esta ha sido la historia que te hace ahora soñar. Pequeño Pepe, pequeño
Josef. –le susurraba con ternura, mientras le daba un beso en la frente.

En la ludoteca del hospital, Pepe y los demás niños que estaban allí
ingresados, reían y jugaban con los juguetes que habían recibido por reyes.
La madre de Pepe le contemplaba contenta pues parecía que en esos
instantes su niño estaba de nuevo feliz. Tanto o incluso más que antes de que
empezara a estar enfermo. Y eso que el día anterior, cansado y con mal cuerpo
por la quimioterapia, no paraba de llorar. Pepe jugaba con un avión
moviéndolo y haciendo ruido con sus labios mientras que lo hacía “volar” con
su mano sobre las cabezas de los otros niños que le miraban. Más tarde se
divertía de lo lindo con un coche teledirigido que le habían regalado “los reyes
de sus abuelos.” Cuando se cansó del coche, comenzó a luchar de broma con
el niño de la quinientos once, al que hacía poco rechazaba siempre diciéndole
que no tenía ganas de jugar.

En la puerta apareció un médico que con una carpeta, se dirigió lentamente
hacia donde se encontraba sentada la madre de Pepe. Ella tragó saliva
sintiendo que tenía un nudo reseco en la garganta producido por la ansiedad.

-Deben de ser los resultados de los análisis. -pensó.

Pepe se acordó al ver al médico, del hombre que lo había visitado la pasada
noche. No sabía si era un celador, un enfermero u otro doctor pues en la
oscuridad no pudo distinguir el color de la bata que los diferenciaban.
Interrumpió la conversación que se iba a iniciar entre su madre y el médico.

-Señor, ¿usted conoce a un hombre mayor de barba blanca, más bien gordo y
alto?

-¡Sí! Papá Noel. -respondió jocoso.

-¡No! Me refiero a alguien que trabaja en el hospital por la noche. -Pepe lo miró
indignado pues estaba claro que no le tomaba en serio.

-Hijo sigue jugando que tengo que hablar con el doctor. –intervino la madre.

-Bueno lo que tengo que decirle puede escucharlo también Pepe; pues es
sobre él y tiene que saberlo.

-Pero… doctor.

-Señora, me alegra comunicarle que su hijo ha experimentado una mejoría
nunca vista. Los análisis son totalmente normales. Tan normales, que parece
que nunca haya tenido leucemia. Está fuerte y recuperado; no nos lo
explicamos, pero ante estos resultados, podrá salir de aquí esta misma tarde.

La madre abrazó a su hijo fuertemente tanto que casi le hace daño.
Acariciándole la cabeza, notó que le había crecido incluso algo de pelo.
Por la tarde, casi anocheciendo, estaba Pepe sentado en su coche
contemplando por primera vez las luces navideñas que pronto quitarían ya
que ese día, Día de Reyes, terminaban las fiestas. Miró de nuevo por la
ventanilla. Se quedó atónito; debido a que junto a su coche, estaba un policía
de barba blanca sobre un caballo negro como el azabache. El hombre le
saludó y le mandó un beso con la mano que Pepe sintió le había llegado
directo al corazón.

Foto: Alameda principal

Autora: Victoria Eugenia Muñoz Solano

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Nota de la autora:

Espero que este relato basado en la leyenda de Artabán, os haya transmitido sentimientos; pues por lo menos es lo que busco al escribir un cuento navideño.
Anhelo vuestros comentarios, ya que para una escritora novel como yo, no hay
nada mejor que el “feed-back” de los lectores.

Felices Navidades y que los Reyes ( si queréis incluís a Artabán) os colmen de
felicidad.
Victoria E.